Claves para ser feliz

No somos nada, pero podemos ser algo

La semana pasada cuando paseaba por Salerno (Italia) entré en su Catedral, y paseando por el interior me tropecé con el sepulcro, o más bien tumba con efigie yacente incluida, de Gregorio VII, monje benedictino elegido papa en 1072, quien sería uno de los papas más célebres de la historia. No solo combatió la simonía (mercadeo de oficios espirituales) sino el concubinato de los clérigos, repartiendo excomuniones a diestro y siniestro.

Recordemos que fue el que provocó la célebre guerra de las investiduras pues el papa excomulgó a Enrique IV, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico por atreverse éste a nombrar obispos, y profirió la célebre y escalofriante maldición:

En el nombre de Dios Omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo, privo al rey Enrique del gobierno de todo el reino de Alemania e Italia, libro a todos los cristianos del juramento de fidelidad que le han dado y prohíbo a todos que le sirvan como rey.

Puedo imaginarme hoy día a Putin o Trump, si recibiesen una amonestación similar. Ni caso. Putin entraría con sus tanques en Roma pretextando que un tal Nicolai estuvo allí hace tres mil años, y Trump pondría aranceles o impuestos por asistir a misa.

Sin embargo, el emperador Enrique IV, para mantener el juramento de fidelidad de sus leales, hizo la célebre puesta en escena de presentarse en pleno invierno, vestido con sayal y descalzo a las puertas del castillo de Canossa, donde estaba el papa, y tras tres días de espera, Gregorio lo recibió y lo absolvió. Pero Enrique como buen gobernante maquiavélico, pronto nombró al antipapa, Clemente III y envío el ejército a Roma. Y aunque fue excomulgado nuevamente, el papa se retiró a la abadía de Montecasino, donde murió en el exilio.

Es aquí donde un asturiano tiene el privilegio de estar ante los restos de tan célebre papa que tuvo al mundo en vilo, y la reflexión brota: ¿a eso nos quedamos reducidos?, ¿acaso la muerte no igualó a Gregorio VII y Enrique IV dándoles un lugar en el reino del silencio eterno, donde todos son iguales?

Recordé que el día anterior, en el Museo Arqueológico de Nápoles, pude contemplar cientos de esculturas de emperadores romanos (la mayoría son de los primeros doscientos años de nuesta era, o sea de Augusto y sus sucesores inmediatos). Pero no debemos engañarnos, son obras de arte, pero no personas, pues nada queda del gobernante soberbio que encumbrado en el poder romano se creía inmortal. Hasta algunos eran declarados dioses por el senado a su muerte, como si un puñado de senadores pudieran otorgar inmortalidad al emperador fallecido.

Y así, pude estar cara a cara, frente a frente, de Augusto, Tiberio, Caligula o Claudio. Sin embargo, yo agitado de pensamientos, experimentado emociones, y ellos convertidos en un trozo de piedra con un rótulo de letras para ayudar a identificarlos, sin nada que decir ni hacer.

Me vino a la mente mi visita el año pasado a París, al mausoleo donde se custodia la tumba de Napoleón (quizá para que no se escape y vuelva a la batalla).

Es así como reducimos la historia a una serie de personajes, con olvido de la masa anónima de ciudadanos con su intrahistoria, con el día a día.

Como una de mis aficiones favoritas es la antigüedad griega, me viene a la mente el fenómeno de Aquiles, protagonista de la «Ilíada» (por la ciudad de «Ilión», aunque el título original es “la cólera de Aquiles”), cuya madre Tetis se angustiaba con la profecía que emplazaba a Aquiles a elegir su destino: podía quedarse en casa y vivir hasta la vejez, en el anonimato; o bien acudir a la guerra de Troya y morir joven, pero ganando la gloria. Aunque Aquiles eligió la gloria y su arrojo en Troya se la granjeó, lo cierto es que en «La Odisea», se relata como Ulises desciende al inframundo y encuentra a su compañero de ejército griego, Aquiles, quien lamenta su elección, pues le confiesa:

Preferiría ser el más pobre y sucio de los rudos campesinos que se revuelcan en los estercoleros sobre la tierra, que ser el gran rey Aquiles en este mundo de sombras subterráneas.

He ahí el mensaje: ¿Debemos perseguir sombras, metas costosas, ansiar ser el primero y mejor o más laureado?, ¿debemos reconcomernos por no conseguirlo? ¿o debemos vivir con serenidad y disfrutar del presente de lo que tenemos y somos?, ¿quién nos devolverá todo el tiempo, energías y placer que sacrificamos persiguiendo una meta terrenal para ser más que otro o tener más que otros? Nadie. Vanitas, vanitatis.

Y es que, como decía Umberto Eco, de la rosa marchita, que ya no está, solo nos queda el nombre. Ni su perfume, ni su suavidad, ni su pinchazo, ni su color. Nada. La evocamos por el nombre y éste será el ancla que rebusque en nuestra memoria y nos traiga unas sombras de lo que fue. Y lo dicho para la rosa, vale para las cosas y las personas.

No sé que darían los emperadores enterrados por las arenas del tiempo, por asomarse a nuestro mundo y poder como yo, tomarse esta mañana, sin prisas, cómodamente sentado, sin peligros acechando, un chocolate con churros (que por cierto, con todo su poder romano, jamás pudieron paladearlo porque el chocolate tiene su origen en la América descubierta, y los churros proceden del ingenio pastelero español del siglo XVI).

Algo tan sencillo y placentero, que nos parece tan normal, se convierte en algo tan delicioso si le prestamos atención, instalándonos en una nube de serenidad, que debe llevarnos a comprender la ventaja vital de saborear cada instante y situación, pues el crédito horario (“tus días están contados”) no dejará de agotarse, se use o no. Eso sí, como nadie nos devolverá el tiempo perdido o mal aprovechado, debemos velar por no estar donde no nos quieren, ni estar con quien no queremos, que somos dueños de nuestro tiempo, y mientras lo perdemos con otros (malvados o no interesantes), no lo disfrutamos con quien nos valora o valoramos.

Por eso, debo confesar que al salir de la Catedral de Salerno, respiré hondo y procedí a sentarme a mangiare una deliciosa pizza bien acompañado, sin agobios de turistas, sin frío ni calor, sin apremios de tiempo, sin dolores ni urgencias, sin llamadas telefónicas ni interrupciones. Auténtico placer de dioses.

Pienso que esa sensación placentera no hay escultura ni mausoleo capaz de captarla, porque siempre, siempre, lo vivo es mejor que lo pintado.


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2 comentarios

  1. Hola vivo!

    y el titulo al revés???

    podemos ser algo, pero no somos nada. pues no cambia nada, es así.

    Con lo cual es una reduccion al absurdo sin pena ni gloria. Es nuestro sino, hacer y deshacer.

    gracias maestro.

    carlos

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