Claves para ser feliz

Cuidado con los zalameros

En pleno inicio de la jornada laboral postveraniega recibí una llamada telefónica en mi despacho. Una voz de desconocido se presentó cortésmente por un nombre también desconocido y sin mayores precisiones me dedicó una catarata de elogios, lo que agradecí estupefacto, y a continuación como el torero que tiene el toro bien colocado, entró a matar y me dijo que “le encantaría conocerme personalmente e invitarme a un café, porque quería consultarme un asunto que le preocupaba y que seguramente yo le iluminaría“.

En ese momento me cambió el gesto, aunque mi interlocutor no podía verlo, y le dije: “Se lo agradezco pero comprenderá que precisamente suelen elogiarme porque me abstengo rigurosamente de asesorar jurídicamente a nadie, pues en mi profesión está prohibido, y además no tomo café con desconocidos” (no añadí que incluso no lo tomo con los “conocidos” que no son “amigos”, pues en su día comenté “la delicia de elegir con quien se toma café”). Insistió volviendo a lanzar elogios y minimizando la extensión del asesoramiento pretendido, y muchas más alabanzas porque comprendería su caso, pero ya con firmeza (no voy a exponer los términos) puse fin a la conversación.

Es cierto que no es la primera llamada que recibo así, ni será la última, como tampoco faltan los correos electrónicos que primero endulzan la píldora del venablo que viene.

El caso es que reflexionando sobre este fenómeno de la adulación como ariete, me vino a la mente la condición humana y la fascinante fábula del zorro y el cuervo, de ESOPO, en que la zorra elogia al cuervo sobre sus dotes de canto y éste lo intenta, dejando caer el queso que llevaba en el pico, del que se apropió el astuto zorro, ultimándose con la moraleja: “No confíe en los aduladores”.

Pues bien, una cosa es la cortesía o la demostración de cariño y otra muy distinta la zalamería. Nada debe objetarse a la alabanza sincera y desinteresada que pretende mostrar empatía o aprecio hacia quien la recibe, o ayudar a incrementar el déficit de autoestima o salir de un mal trago de quien lo escucha. El problema radica en las demostraciones de afecto falsas que perjudican al destinatario, o que solo benefician a quien las profiere.

Creo necesario distinguir las lisonjas de presentación, las lisonjas de seducción, y las lisonjas estratégicas.

Las «lisonjas de presentación» pretenden ofrecer una imagen del presentado favorable para que sea bien recibido por quien la escucha. Se trata de generar una predisposición benévola. Por ejemplo, cuando se está presentando a un conferenciante, o un niño a nuestros hijos, o un conocido a nuestros amigos para que lo acojan.

Tales lisonjas se entienden en el contexto concreto y con finalidad legítima pues suavizan o desactivan recelos, cautelas o eventuales conflictos.

Las «lisonjas de seducción» pretenden captar el favor e interés de la pareja posible o actual, y pertenecen al “juego de los sexos”.

En cambio, las «lisonjas estratégicas» persiguen obtener un favor, trato o actitud en quien las escucha hacia quien la profiere, a sabiendas de que se incurre en un exceso de dulcificación para halagar a quien lo escucha. En estos casos, estamos ante un adulador que pretende manipular al adulado. Se manifiesta en frases del tipo: «Tú que sabes tanto, podrías…», «Tú que eres tan comprensivo, ¿no crees que tengo razón cuando digo que…?», «Como sé que puedo confiar en ti, te diré algo para que me ayudes…», «Sé que puedo confiar en ti», «Todo el mundo te admira, y lo entiendo, por eso quiero comentarte…», etcétera. Y con este género de sutilezas, advertía PLUTARCO que «los cazadores atrapan a las liebres con los perros, pero muchos hombres atrapan a los ignorantes con la adulación”.

El mismísimo BILL CLINTON afirmaba que “Rodearse de aduladores y lameculos es la ruta más segura al fracaso”. Quizá lo decía quien ha tenido mucho poder y ha tenido que afrontar escenarios de incertidumbre, situaciones en que necesitaba conocer la verdad, el juicio de las situaciones de forma certera y sin disfrazar lo negativo. En ese contexto, cualquier gobernante sabe, como en el cuento de HANS CHRISTIAN ANDERSEN, “El traje nuevo del emperador”, que si el rey está desnudo, casi nadie se atreve a decírselo. El caso extremo es el de los dictadores, que no toleran quien no les adule, lo que expone brillantemente RICHARD W. SONNENFELDT, quien fuere jefe de los intérpretes durante los juicios a los oficiales nazis en Nuremberg, tras la segunda guerra mundial (Testigo de Nuremberg, 2006):

Los dictadores no tienen iguales; sólo aduladores que cumplen sus órdenes. Así era en la Alemania nazi. Y lo mismo sucede dondequiera que los autócratas gobiernan en el gobierno o en los negocios. Los dictadores y los fanfarrones causan su propia desaparición, porque cuando finalmente están en un punto crítico, sólo pueden recurrir a sus lacayos, mientras que sus adversarios atraen a los mejores hombres.

Es verdad que todos tenemos nuestro pequeño (o gran) ego. Y no nos disgusta que nos digan cosas bonitas. Incluso puede que nos alegre el día escuchar algo sencillo pero agradable. Además personalmente no me freno para hacer elogios merecidos, pero me contengo para hacer críticas duras, porque lo de juzgar a los demás y hundirles hay que dejarlo para quienes no entienden de compasión ni sensibilidad (y no merecen elogios por ello, ni siquiera cuando enarbolan la sinceridad para criticar ferozmente al otro).

Es bello e inofensivo creer algún exceso verbal elogioso, pero la prudencia se impone ante el riesgo desvelado por el filósofo griego ANTÍSTENES: “Los cuervos devoran a los muertos y los aduladores a los vivos”.

El problema radica en si esas cosas bonitas que nos dicen, resultan ser falsas, porque entonces es malo si nos enteramos de que no eran ciertas, pero mucho peor no haberlo sabido y que continuemos engañados cual pavo real.

Por eso, DANTE ALIGHIERI colocó a los aduladores en la segunda fosa del octavo círculo, el penúltimo de los círculos del Infierno. Allí, la adulación es considerada la más grave de todas las formas de violencia, incluso superior al asesinato, y sólo superada por la traición. Por tanto, el castigo para los aduladores consiste en ser sumergidos en estiércol hasta el cuello, como se puede leer en el siguiente pasaje: «Aquí vinimos, y luego abajo en el foso/ Vi gente sumergida en estiércol/ cual de humanas letrinas recogido”.

No es fácil descubrir el mal cuando estamos cegados por la luz de un elogio, pero debemos estar alerta para no ser un juguete de manipuladores.

Por tanto, bueno es someter al tamiz de la duda todo elogio que nos dedican. No ser desconfiado sino prudente, y recelar del exceso de palabrería, que puede ser hojarasca retórica que disfraza aviesas intenciones. Bueno es aplicar al elogio que recibimos el examen de la seriedad y condición de quien lo emite (mirar sus ojos e intentar descifrar su corazón, e incluso como se recomienda en las novelas policíacas para investigar un crimen, preguntarse realmente ese elogio “en qué beneficia y a quién”.

Para ilustrar la necesidad de perder de vista la necesaria valoración del elogio en función de quien lo hace, no me resisto a recomendar otra espléndida fábula, tan conocida como utilísima, debida a Tomás de Iriarte:

EL OSO, LA MONA Y EL CERDO

Un oso, con que la vida
se ganaba un piamontés,
la no muy bien aprendida
danza ensayaba en dos pies.

Queriendo hacer de persona,
dijo a una mona: «¿Qué tal?»
Era perita la mona,
y respondióle: «Muy mal».

«Yo creo», replicó el oso,
«que me haces poco favor.
Pues ¿qué?, ¿mi aire no es garboso?
¿no hago el paso con primor?».

Estaba el cerdo presente,
y dijo: «¡Bravo! ¡Bien va!
Bailarín más excelente
no se ha visto, ni verá!».

Echó el oso, al oír esto,
sus cuentas allá entre sí,
y con ademán modesto
hubo de exclamar así:

«Cuando me desaprobaba
la mona, llegué a dudar;
mas ya que el cerdo me alaba,
muy mal debo de bailar».

Guarde para su regalo
esta sentencia el autor:
si el sabio no aprueba, ¡malo!
si el necio aplaude, ¡peor!

Estas dos últimas líneas son oro puro. No las olviden y recítelas para sus adentros cuando expongan una idea, sometan un trabajo o muestren una obra orgullosa y reciban una respuesta que les parezca excesivamente edulcorada. Y por supuesto, si le dice un elogio algún amigo, alguien que usted admira, o alguien que no espera nada a cambio… ¡Disfrútelo! Nada malo hay en cosechar si se siembra algo bueno.


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3 comentarios

  1. zalema, lagotería, tiralevitas, garatusa, angulemas, zanguanga 

    El origen etimológico del término lo encontramos en el árabe (como otros tantísimos vocablos que han enriquecido nuestra lengua y forman parte de ella) ‘salaam’ cuyo significado es ‘paz’ y que es ampliamente utilizado (entre otras cosas) como saludo, por ejemplo el famoso ‘salam aleikum’ (Que la paz esté contigo) con el que inician su saludo los musulmanes. De ahí pasó a ‘zalama’ (desear la paz) siendo utilizado con el sufijo –ero (zalamero) para llamar así a aquel que estaba continuamente deseando la paz, de manera exagerada, repetitiva y aduladora.

    La zalamería es una forma de comportamiento que se caracteriza por exagerar las muestras de afecto y halagos hacia otra persona con el propósito de obtener algún beneficio o favor.

    Esta actitud suele ser vista como falsa y manipuladora, ya que no surge de un sentimiento genuino, sino de una estrategia calculada para alcanzar un objetivo.

    Quienes recurren a la zalamería buscan ganarse la simpatía o el favor de los demás mediante elogios exagerados y gestos afectados, pero esta conducta puede resultar contraproducente al revelar falta de autenticidad y sinceridad, generando desconfianza en quienes la reciben.

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  2. La adulación es una moneda falsa que tiene curso gracias sólo a nuestra vanidad (F. de la Rochefoucauld)

    Debemos cuidar la salud de nuestro ego tanto o más que la de nuestro propio organismo e intelecto. Porque, si no sabemos preservarlo, resguardarlo y ponerlo en su sitio (a eso ayudan, y mucho, pareja, familia y/o amigos…si de verdad nos quieren y están comprometidos con nosotros), corre el riesgo de necesitar oír constantemente el dulce sonido envenenado de la lisonja, el jabón y el incienso. Acabar convertido en un Narciso dependiente del falso hechizo de la palabra halagadora y carantoñera e incapaz de ver y oler el humo de su falsedad y engaño. Y ser presa fácil de raposeadores, camelantes, pelotas y zalameros.

    El adulador (cobista, lisonjero, garatusa, lagotero, cucamonas, tiralevitas o zalamero) es enemigo de la peor especie. No solo porque sea un peligroso depredador (humano y social) y un maestro en el arte del ardid, la simulación y la manipulación. Sino porque, desde su convincente y ajustada actuación actoral, construida a base de experiencia, ensayos, gestos muy estudiados, tonos muy modulados y un trabajado guion donde destacan los elogios exagerados y los gestos afectados, te hace bajar la guardia y quedar indefenso. De este modo, sin sufrir ningún tipo de riesgo ni asumir coste alguno, obtiene su propio beneficio. Estamos, por tanto, ante un auténtico farsante, estafador y ladrón de guante «negro».  

    Nuestro refranero popular, siempre sabio, hace un completo recorrido alrededor de la figura. Así, nos enseña que, debemos oír el mal con una oreja, el bien con las dos, y la lisonja con ninguna. Nos advierte que, algo debe de querer, quien te hace fiestas, que no te suele hacer. Y, a modo de corolario, nos concluye, por una parte, que el exceso de cortesía es descortesía, y, por otra, que miel en la boca y hiel en el corazón es de falso hipocritón.

    P.D. El origen etimológico de la palabra zalamero es árabe. Proviene del término «salaam» cuyo significado es paz, muy usado como saludo «salaam aleikum» (traducido que la paz esté contigo). De ahí pasó a zalema (desear la paz). Siendo utilizado con el sufijo –ero (zalamero) para señalar a aquel que estaba continuamente deseando la paz, de manera exagerada, repetitiva y pelotillera.

    La zalamería se afianza, como mala hierba, allá donde hay poder, riqueza o conocimiento, como método reprobable de ganar influencia o favores.

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