Claves para ser feliz

El sentido de la vida se comprende con lecciones amargas

Viendo las noticias de la guerra que sucede en Ucrania e Israel (o Somalia, Sudán, Yemen, Myanmar, Nigeria o Siria), me vuelve una egoísta reflexión: ¡Menos mal que eso no sucede aquí!… y tras aceptar el nubarrón amenazador de que nada ni nadie está libre de que su paz salte por los aires, pensé en la fragilidad de cualquier situación que imaginemos.

Como personas soñadoras, tendemos a asentar como consolidadas nuestras conquistas profesionales, deportivas, de salud o creencias. Sin embargo, a veces se cruza en el camino una desgracia (enfermedad), un accidente (problema doméstico o laboral), un sucedido perturbador (ruptura de pareja, problemas familiares o daños de amigos), o una calamidad (inundación, guerra, etcétera), y en esas circunstancias indeseadas que nos afectan de forma directa o colateral, nos vemos obligados a “resetear” nuestra conciencia de la realidad y a replantearnos quién somos realmente y nuestra debilidad congénita ante la vida cruel.

Nadie está libre de estas vicisitudes. Podrá aplicarse el mecanismo de supervivencia de la evasión, el consumismo, o la bendita amnesia del pasado negativo, pero todos, con mayor o menor impacto, sufrimos “contratiempos” que nos dejan cicatrices en la mente o el corazón.

Estaba inmerso en estos pensamientos cuando recordé algo de mi infancia que me dejó profunda huella. Tenía unos ocho años y estaba en la asturiana playa de Luanco con mis abuelos. Era un domingo soleado y la playa estaba concurrida. Mis padres paseaban por la villa y confiaban en que yo jugaría en la arena con mi cubo y pala, mientras mis abuelos vigilaban.

Total que con afán explorador me alejé de la playa y trepé a unas rocas negras que emergían en el mar y por allí anduve a mi aire largo tiempo, tan largo tiempo y tanto trepé, que fui a bajarme de la roca por el lado más alejado de la playa hacia el horizonte, y por tanto oculto de la vista de los bañistas; en ese momento perdí pié y me sumergí en las aguas. A partir de ahí lo recuerdo vivamente. No sabía nadar y tragaba agua y más agua, me hundía, botaba con mis piececitos en el fondo, y a duras penas alguien se acercó nadando a ayudarme, momento en que me aferré a su cabeza con desesperación y los dos fuimos a las profundidades.

Dicen que en esos trances toda tu vida pasa como una moviola a cámara lenta, pero se ve que como mi vida por entonces era corta, pues solo veía agua y burbujas. Afortunadamente un ángel en forma de joven valiente llegó nadando presuroso, me agarró con destreza y yo me aferré angustiado a su cuello, y el héroe continuó nadando con vigor y soportando el niño aterrorizado y aferrado como monito a la madre chimpancé, hasta que me llevó hasta la orilla. Cuando pisé la arena, en torno a un grupo de personas que comenzaba a arremolinarse, corrí hacia donde mis abuelos esperaban avizorando preocupados donde estaba yo.

Ni qué decir tiene que fue una experiencia terrible que dejó su huella.

Lo primero, sobre lo efímero de la vida, que ahora estás y mañana no estás, con la sola ventaja de que cuando no estás ni siquiera te percatas de tu propia ausencia.

Lo segundo, sobre el agradecimiento a personas anónimas y generosas. Nunca supe nada de mi benéfico salvador y mil veces habría deseado tropezármelo y agradecérselo de corazón. Gracias, gracias, gracias… con efecto retroactivo y prospectivo, por lo que hizo en el pasado y por haberme regalado el futuro.

Y lo tercero, que si generoso fueron tanto el intento infructuoso del primer salvador, como el segundo que lo consiguió con éxito, desde entonces comprendí el sentido de la solidaridad, de la ayuda a terceros y el sentido del buen samaritano. No soy ningún santo, pero pertenezco a esa secta que si puede ayudar sin esperar contraprestación, lo hago (excluyendo lógicamente, parásitos y caraduras, que los hay).

Y ello pensando en la aplicación de la “teoría de los seis grados” que he traducido personalmente a la propiedad transitiva de la generosidad:

Cuando hagas algo bueno por alguien, ese alguien lo hará por un tercero, que quizá lo hará a su vez por alguien que tú quieres.

Y funciona. Se lo aseguro. No hay que pensar en la ayuda que prestamos como una inversión o esperando recompensa. Si no existe recompensa directa, la habrá indirecta, y si no conocemos el resultado, bastante alegría da hacer algo que resulta útil o benéfico a terceros.

En fin, que ese incidente playero de los años setenta cambió mi vida, o más bien la prorrogó, y de rebote ha cambiado como una compleja carambola la vida de todos y cada uno de los que se han relacionado conmigo en la vida posterior, para lo bueno y para lo malo. Una lección única de la teoría del caos que, para explicar que pequeñas causas traen grandes efectos, ejemplificaba diciendo que “el aleteo de una mariposa en Sri Lanka puede provocar un huracán en Estados Unidos”.

En definitiva, la moraleja de lo expuesto es lo siguiente. No somos tan dueños de nuestra vida y albedrío como creíamos. Y debemos agradecer que estemos donde estamos a infinidad de sujetos anónimos que se han cruzado en nuestra vida cotidiana y no tan cotidiana.

Con estas conclusiones nos sentiremos más pequeños como actores del teatro de la vida pero más grandes en nuestra propia e íntima estimación.


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2 comentarios

  1. EL SENTIDO DE LA VIDA ESTA EN VIVIR CADA DÍA TAL COMO SE NOS PRESENTA -Anthony Hopkins-

    La vida es un desafío. La posibilidad de ser. Un jeroglífico repleto de incógnitas que debes resolver para encontrar tu camino (verdades, propósitos, compañías y metas).

    En su tránsito pasaremos por crisis y desorientaciones. Nos tragaremos discursos incómodos o vacuos. Derribaremos fantasías y quimeras. Levantaremos empeños e ilusiones. Y, pasado un tiempo, gracias a la domesticación, el aprendizaje, la evolución natural y el abono emocional, daremos el estirón y tomaremos conciencia real de nosotros mismos.

    Decía Vila-Matas que “uno escribe siempre bordeando lo que ama”. Con la vida ocurre igual. Al final, lo más importante en este mundo es tener algo que comer, algo que beber y alguien que te quiera. Es simple y básico. Después viene todo lo demás. La suma de momentos que nos hagan sentir vivos y den vida a nuestra vida.

    El sentido de la vida se lo das tu. Es tu actitud ante la vida. Lo que le atribuyes que sea. Elegir tu camino.

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