Claves para ser feliz

Las formas importan: saber estar, saber ser

Ayer participé en un acto delicioso, relativo a la entrega en Oviedo de los premios del II Certamen Literario Vaqueiros, y me sorprendió gratamente que en uno de los discursos de los galardonados se desveló el enigma que nos tuvo al Jurado atenazados en plena deliberación.

Se trataba de un espléndido relato (de los casi seiscientos presentados) que resultaba emotivo y con mensaje, que narraba una historia en el contexto rural, lo que cumplía perfectamente con la finalidad del certamen.

El problema radicaba en que algunos miembros del Jurado considerábamos que el relato no merecía el galardón por la existencia de erratas, deficiente alineación y justificación del texto y problemas de puntuación de sintaxis (no de faltas de ortografía) pero demostraba cierto descuido del autor y provocaba en el lector un esfuerzo de recomposición mental del sentido de algunas frases. Considerábamos que el sentido de un premio literario cubría no solo el fondo sino la forma, unido a la seriedad y respeto a otros participantes que sí se habían molestado en cuidar la presentación.

Otro sector del Jurado en cambio, defendía vivamente su posición, exponiendo la sustancia del relato, su mensaje y que esas deficiencias no empañaban la belleza.

Todos nos preguntábamos si tal descuido expresivo respondía a pereza, malicia o incluso, a veleidades de originalidad.

Salimos de la encrucijada, tras un fuego cruzado en el Jurado de pros y contras, con una votación en que por ajustada mayoría se optó por premiarlo, pero bajo la condición de la minoría de que, antes de publicarlo, se contactaría con el autor para que revisase la sintaxis, o no se publicaría.

Pues bien, en el discurso del galardonado, con sencillez y sinceridad, nos confesó que las urgencias de los plazos le llevaron a realizarlo y presentarlo al filo del vencimiento del plazo, justo antes de la medianoche, con la urgencia de la Cenicienta antes de que la carroza se convirtiese en calabaza. O sea, ni desconsideración, ni frivolidad, sino una sencilla pero humana explicación.

Al final, el Jurado acertó, pero eso me llevó a pensar el valor de las formas hoy día.

De entrada, el mismo acto de entrega de galardones, contó con una ordenada entrada de los casi doscientos asistentes, acomodarse en las sillas o de pie, presentación de autoridades y miembros del Jurado, intervención de cada galardonado con breve comentario al público, una corta pero espléndida conferencia a cargo del antropólogo Adolfo García Martínez sobre los Vaqueiros, una deliciosa explicación sobre la escultura en forja por el artista César Castaño, y en definitiva, todo se desarrolló con una cuidada alternancia de intervenciones y aplausos, de confesiones y complicidad, de reflexiones y sonrisas, de talento y saber estar. Si no se cuidasen formas y tiempos, aquello sería una torre de Babel, y en cambio, se convirtió en una deliciosa sinfonía de ideas con la delicadeza propia de la Filarmónica de París.

Personalmente soy de una generación en que me inculcaron, quizá con pautas espartanas, el valor de la educación y el del trabajo bien hecho. Me importan mucho las formas, porque creo que tras ellas siempre hay valores.

No es la primera vez que reprendo a mis hijos por pequeñeces: no guardar la compostura; dirigirse a mí con compadreos que no me gustan; atropellar con palabrería a los demás; dejar la mesa como un campo de batalla o hacer la cama dejándola más deshecha que antes; o sencillamente por no saber contener las emociones y esperar a que los demás se expliquen.

Digo «pequeñeces» porque en lo que realmente les insisto es en dos cosas. Primero, que las cosas más críticas y el rechazo a lo que les parezca más absurdo lo pueden decir sin perder las formas y con educación. Y segundo,  que, cuando hagan algo, que procuren hacerlo bien. Sin chapuzas ni para salir del paso. El hábito del trabajo bien hecho, que se somete al juicio ajeno, les rendirá grandes satisfacciones en la vida. No sé si lograré inculcárselo (quizá porque yo no acabo de conseguirlo pese a que soy ya talludito).

Debo admitir que en estas últimas décadas he asistido a una inundación de informalidad en cuestiones de vestido, lenguaje o modales, que además no tiene que ver con la clase social o el trabajo. Quizá las redes sociales han propiciado una comunicación más asilvestrada. O el pésimo ejemplo de algunos políticos.

Sin embargo, para mí, un mínimo de formalidad es una disciplina mental que, por un lado, me hace sentir implicado en algo serio, y hacia los demás demuestra que me importan y les respeto. No se trata de caducos formalismos que no facilitan la relación y que pretenden demostrar vanidad o distancia. No. Sencillamente se trata de demostrar el respeto hacia los demás, hacia las situaciones que se nos presentan, y aproximarnos con prudencia. Un poco de formalidad nunca hace daño y tiende puentes. No se trata de elegir como en la canción de Siniestro Total entre ser «punkie o maricón de playa». Ni lo uno ni lo otro. Nada de radicalismos: ni vale todo, ni todo artificio.

 Creo que uno de las justificaciones más estúpidas que más daño hacen a la condición humana es la que muchos estúpidos usan como justificación: «Yo soy así. Me da igual lo que piensen los demás». Uno puede ser muy libre en lo que piensa y hace, pero debería tratar a los demás con el mismo respeto que sueña para sí. No tiene ningún mérito ser extravagante ni maleducado. No se es más auténtico por decir o hacer lo que a uno le viene en gana. Lo realmente difícil y digno de aplauso, es “saber estar” y “saber ser persona”.

 Cuando vemos a los demás, debemos mirar su luz y percibir su energía, no aplastarles con el fogonazo de la nuestra. Ya el filósofo francés Blaise Pascal afirmaba que

Es supersticioso confiar en las formalidades, pero arrogante negarse a someterse a ellas”.


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1 comentario

  1. Si queremos una sociedad con principios ¡y sin final! ¿por qué la informalidad es la que manda? No, no cabe que las «autorreglas» de cada uno hagan coherente el actuar general. Es patente que se precisa de un mismo camino para no descarrilar. Normalizando el poder de saltarnos las reglas (no saludar, no contestar, dejar de cumplir plazos, ser desordenado, impuntual, desarreglado, mentir, engañar,…) acabamos haciendo de la excepción regla general y nos abocamos al conflicto permanente y la mala calidad convivencial.

    Ser formal debiera ser una sana costumbre firmemente arraigada en la sociedad gracias a la educación, los principios, la cortesía y la moral. Un compromiso personal irrenunciable que confiere credencial de seriedad y credibilidad a quien lo practica. Pero nunca debiera ser, como por desgracia es, una patente de corso para poder ser aprovechado, engañado, menospreciado o agredido por ¡informales! de todo tipo o clase.

    ¡Qué lejos quedan las formas de ver y entender la vida del John Wayne actor, cowboy y héroe clásico cinematográfico!

    1. «¿Qué cómo me gustaría que se me recordara?: feo, fuerte y FORMAL.» Piensen, por contra, en la artificiosidad, la provisionalidad y la insustancialidad de la idea actual de belleza física sin más, en su falta de correspondencia intelectiva y en su ausencia de complemento moral, franqueza y honestidad.

    2. «Habla poco, habla despacio y no hables mucho». Piensen, por contra, en las redes sociales, los influencers, los políticos y los tertulianos.

    3. «No quiero aparecer nunca en una película que pueda avergonzar al espectador. Un hombre puede llevar a su mujer, a su madre y a su hija a una de mis películas sin sentirse nunca incomodo o avergonzado». Piensen, sin embargo, como la decencia, la vergüenza y el decoro son desconocidas por los medios.

      P.D. Documental: biografía cinematográfica de John Wayne https://youtu.be/r9DfVHyM5zA

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