Reflexiones vigorizantes

Ser honesto consigo mismo: autenticidad y amistad

Leo una entrevista al novelista John Grisham y confiesa que “No se puede vender libros y ser amado por los críticos. Hay que ser honesto con uno mismo. Si vendes muchos libros, los críticos te desestiman. Yo me decidí hace mucho tiempo; cogí el dinero y me largué”.

Me recordó la lección magistral de Sócrates, quien al ser juzgado en el año 399 a.C. podía librarse de la pena de muerte si hubiese aceptado su culpa y una pena de destierro, pero en cambio, se negó a reconocer que su labor fuera nociva y a cambiar de conducta, e incluso propuso que las arcas públicas cubriesen sus gastos. Ello provocó las iras del Jurado. Además, sus discípulos le facilitaron la huida y Sócrates se negó porque las leyes y las sentencias estaban para cumplirlas, y replicó que «jamás es bueno ni cometer injusticia, ni responder a la injusticia con la injusticia, ni responder haciendo mal cuando se recibe el mal».

Ser honesto con uno mismo. Ese es un gran reto. Creo que es el gran reto de toda vida. Cuestión de amor propio.

Se empieza admitiendo que un plato de comida carísimo es bueno porque se supone que si no lo aplaudimos no somos sofisticados. Se sigue aplaudiendo a autores de obras absurdas o aburridas porque la publicidad precocinada de algunos premios o editoriales así nos lo dicen. Y se continua intentando no ir en dirección contraria en cualquier cosa.

Admitiré que no soy ejemplo de honestidad pues he optado y opto infinidad de veces por no dar mi opinión cuando me tropiezo un fanático, ignorante o soberbio, que me expone vehementemente y con seguridad sus verdades sobre cualquier tema. Ciertamente me callo, con actitud zorruna,– aunque seguramente mi silencio es tan explícito como mi mirada displicente–, porque sé que ni está dispuesto a cambiar de opinión (ni yo tengo el más mínimo interés en cambiársela).

Tampoco ayuda a ser honesto el panorama político donde impera la mentira, la media verdad, la negación del previo compromiso asumido y el sacrificio de todo para fines personales.

Si nos engañamos a nosotros mismos, aunque el ser humano intenta siempre salir airoso de su estupidez buscando coartadas (“lo hice por el bien de…”, “lo hace todo el mundo…”, etcétera ), perderemos nuestra propia dignidad. 

Quizá podemos justificar nuestra actuación explicándola a otras personas, pero no nos podemos engañar a nosotros mismos. Y así es difícil encontrarse en paz.

Viene al caso porque el otro día un conocido me confesó que no podía asistir a un próximo almuerzo de fraternal homenaje de despedida a un amigo común, porque le podía parecer mal a un tercero que era mal bicho. Me dijo que sentía gran amistad por nuestro amigo pero que tenía que comprender sus razones para no asistir por evitar las iras del cafre, que para mas inri, no es superior suyo sino mero compañero de trabajo y además, notorio indeseable.

Le dije que le respetaba sus razones pero que no las comprendía, y que algún día se arrepentiría de vender su amistad real por no quedar mal con quien representa el ídem. Me vino a la mente la Fábula de los dos amigos y el oso, en la versión de Félix de Samaniego. Sabia y sin desperdicio:

A dos Amigos se aparece un Oso:
El uno, muy medroso,
En las ramas de un árbol se asegura;
El otro, abandonado a la ventura,
Se finge muerto repentinamente.
El Oso se le acerca lentamente;
Mas como este animal, según se cuenta,
De cadáveres nunca se alimenta,
Sin ofenderlo lo registra y toca,
Huélele las narices y la boca;
No le siente el aliento,
Ni el menor movimiento;
Y así, se fue diciendo sin recelo:
«Este tan muerto está como mi abuelo.»

Entonces el cobarde,
De su grande amistad haciendo alarde,
Del árbol se desprende muy ligero,
Corre, llega y abraza al compañero,
Pondera la fortuna
De haberle hallado sin lesión alguna,
Y al fin le dice:
«Sepas que he notado
Que el Oso te decía algún recado.
¿Qué pudo ser?»
«Diréte lo que ha sido;
Estas dos palabritas al oído:
Aparta tu amistad de la persona
Que si te ve en el riesgo, te abandona

Nuevamente Sócrates nos da la clave en pasaje de Lisis “Sobre la amistad”Platón):

Contéstame, Menéxeno, a lo que te pregunto. Hay algo que deseo desde niño, como otros desean otras cosas. Quién desea tener caballos, quién perros, quién oro, quién honores. A mí, sin embargo, estas cosas me dejan frío, no así el tener amigos, cosa que me apasiona; y tener un buen amigo me gustaría más que la mejor codorniz del mundo o el mejor gallo, e incluso, por Zeus, más que el mejor caballo, que el mejor perro. Y creo, por el perro, que preferiría, con mucho, tener un compañero, a todo el oro de Darío. ¡Tan amigo de los amigos soy!

Difícil ser verdadero y auténtico, pero muy rentable en términos de autoestima y paz, así que por lo menos, intentémoslo.

NOTA SOCIAL.- Con ocasión de la jubilación de mi gran amigo Antonio Arias, le hemos organizado los amigos un almuerzo homenaje no oficial que se celebrará a la asturiana, con una buena espicha en el Llagar Casa Quelo, en Tiñana, Oviedo, el día 24 de noviembre de 2023, viernes a las 14.30 horas.

Si te sientes su amigo, y deseas participar, por favor, reserva con rapidez tu plaza – se está agotando ya la capacidad máxima del local– en el correo electrónico asturchaves@gmail.com

Pero si por razones de agenda u otra explicación siempre respetable, no puedes asistir, pero deseas testimoniar tu recuerdo, ánimo o agradecimiento, por favor, envía un breve video grabado desde por tu propio móvil, comenzando diciendo tu nombre y seguido de tus ideas en unos treinta segundos como máximo, sobre el gran hombre, por WhatsApp a nuestro común amigo Virgil, en el telf. 639 821 763 (si es desde fuera de España, el prefijo es +34). Se ruega que se grabe en horizontal, y se envíe antes del 15 de noviembre de 2023 para facilitar la composición (intentaremos sea una docuserie en Netflix). Venga, anímate, que si eres funcionario, síndico, jurista, académico o seguidor de Don Antonio, bien merece tus palabras de reconocimiento.


Descubre más desde Vivo y Coleando

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

2 comentarios

  1. “Vivir correctamente ya no es una demanda ética o religiosa. Por primera vez en la historia, la supervivencia física de la especie humana depende de un cambio radical del corazón humano» – Erich Fromm–.

    La honestidad es una obligación de uno consigo mismo, inseparable de su conciencia, que se acaba extendiendo a sus relaciones con los demás. Por eso, aquél que pierde el miedo a la verdad nada tiene que temer de la mentira. Es cierto que la honestidad tiene un alto precio: es la forma más segura de no hacerse rico, tener más dificultades para ascender o mantenerse y perder o no poder aprovechar oportunidades. Pero, por contra, siempre tiene premio: la posibilidad de respetarte, dormir por las noches de un tirón, no tener que recordar (lo que dijiste para evitar contradecirte), ni ensayar (que decir), ser respetado y estimado socialmente y tener amigos honestos (a los que admirar, seguir, acompañar y… ¡homenajear!).

    Lo anterior no significa que callar o no decir todo lo que se piensa nos haga ser deshonestos. Muy al contrario, en ocasiones, es lo que resulta prudente hacer para convivir. Cosa distinta es manifestar justo lo contrario de lo que se piensa. Eso sí es fingir o mentir. En estos casos, salvo que previamente hayamos sido presionados o violentados, cualquier causa de justificación que pretendamos esgrimir (el propio interés, el evitar discutir, el parecer mejor o el no desmentir) no servirá de eximente.

    Hoy, la deriva del ser humano y la sociedad hacia lo material (el consumismo y lo superficial) y lo animal (la razón de la fuerza, las guerras), la han convertido en un «valor» raro y escaso que ha pasado a ser, en palabras de Mark Twain, la mejor de todas las artes perdidas. Por no existir, hasta ha desaparecido la histórica figura del «hombre bueno». O la señorial costumbre de «darse la mano» para cerrar los tratos.

    P.D. Antes de fallecer Franco, Adolfo Marsillach estrenó para TVE una serie que parodiaba a la Censura de la época. Contaba la historia de un escritor que había escrito una obra sobre alguien que había encontrado y devuelto un billete de cien pesetas. Quería titularla «La Honradez». Pero como la Censura veía cosas raras, hubo de retitularla y añadir la palabra «recompensada». Como las pegas seguían, le hubo de adicionar el término «siempre». Pero como los inconvenientes no cesaban, hubo de agregarle la expresión «en España». «La honradez recompensada, siempre, en España» fue su título final. No sé a ustedes, pero, a mí, lo de los cambios forzados de título por lo políticamente correcto y el mensaje de fondo final, me recuerdan mucho la situación actual. Mucha mentira y palabrería vacua. Poca honradez y nula autenticidad.

    Le gusta a 2 personas

Gracias por comentar con el fin de mejorar

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.