Ferias y festejos

Bodas de vino y rosas

En tiempos de problemas políticos, económicos, sociales y de salud, bien viene el oasis de una boda al estilo clásico, con celebración religiosa, vítores a la salida de la iglesia, ágape y baile.

Ayer sábado tuve el honor y el placer de asistir a una boda, –ceremonia deliciosa cuando no es la propia, porque no es lo mismo ser nervioso protagonista que tranquilo espectador­–.

Agradecí estar invitado por varias razones concurrentes.

Porque… siempre hay algo inspirador, vigorizante e ilusionante cuando se asiste a una boda de unos amigos, y mucho más cuando la novia es la hija de mi entrañable amigo Carlos Juan, camarada, compinche, confidente, ángel guardián y cofrade de infinidad de iniciativas con ánimo de lucro lúdico.

Porque… la pareja que contraía matrimonio es de una ejemplaridad, dulzura y saber estar admirables. Lucía y David. Ambos jóvenes, médicos, cargados de una visión positiva de la vida con benditas gotas de inocencia, con humor sano, sencillez por arrobas, y eso tan valioso como escaso que son “principios y valores”. O sea, nos devuelven la confianza en un mundo donde parece que gana la guerra el egoísmo y la insolidaridad.

Porque… estoy en una edad en que abundan más las visitas hospitalarias y funerales, que los bautizos y bodas, así que siempre es de agradecer asistir a un enlace para equilibrar la balanza.

Porque… lo bueno de una boda es que el talante y actitud de los asistentes a cualquier boda es positivo, benévolo, franco y abierto, lo que excluye sorpresas y desencuentros. Además, es una magnífica ocasión para refrescar amistades y contactos que no ves por la maldita agenda laboral.

Porque… todo enlace junta varias generaciones y bien está ser consciente de como avanza el escalafón de la vida.

Me gustaría resaltar algunas cosas, porque lo singular hay que resaltarlo, especialmente porque a mi edad, distingo los actos sociales en dos clases: de los que me quiero ir de inmediato, y de lo que me quiero quedar bastante rato, hasta que me quiero ir.

Singular fue el número de invitados porque rozábamos los trescientos, como los espartanos de Leónidas en el famoso desfiladero de las Termópilas, pero en este caso como un ejército de amigos y parientes, deseosos de festejar el enlace. Imperaba la elegancia, el saber estar y a diferencia del paisaje que observé en mi reciente visita a Ibiza, no atisbé personas ocultas tras tatuajes imposibles, vestidos estridentes, poses extravagantes ni actitudes tendentes a confundir la boda con un circo. No era “Dowton Abbey” pero me gustó.

Singular fue la duración, todo el “día de bodas”, porque el evento fue de estilo vikingo, o sea, que duraba mientras algún invitado estuviese en pie, por lo que ocupó toda la jornada, desde las 13:00 horas de la celebración religiosa hasta pasada la medianoche, en que los valientes siguieron con la fiesta “abierta hasta el amanecer”.

Singular fue la ordenación de tiempos y escenarios, como una buena coreografía, dispuesta al detalle, por los novios y bajo la imprescindible batuta de mi amigo y a la vez, padre y padrino, compartida con la vigilancia cariñosa de su esposa, y madre de la novia, mi querida Sonia.

Singular fue la ceremonia religiosa, en la bella Iglesia San Isidoro El Real, de Oviedo, con música clásica de acompañamiento, oficiante cómplice de los novios, pareja comprometiéndose con sus votos y miradas. Familia emocionada. Asistentes respetuosos. Si en todas las bodas. los novios van elegantes y bellos, en este caso, sus sonrisas radiantes elevaban la majestuosidad de la escena. También lo fue la inclusión dentro de la celebración religiosa, y a su término, la intervención de dos familiares jóvenes con anécdotas y sentimientos ante la pareja, lo que suavizó la frialdad solemne del acto religioso. También fue emotivo que el sacerdote oficiante mostrase la bendición escrita en pergamino del papa Francisco, desde el Vaticano, para los contrayentes.

Es verdad que hoy día ganan por goleadas los matrimonios civiles, que oficia el Alcalde o el juez, pero éstos son como un MacDonalds, o sea, trance rápido y despersonalizado; además, cuando menor es la solemnidad parece que menores son las garantías de estabilidad, como caricaturizó Groucho Marx cuando confesaba: «Me casó un juez. Debería haber pedido un jurado».

Singular fue el tentempié de bienvenida al restaurante, en zona paradisíaca, bajo sol cálido y con paisaje hermoso, donde se nos ofrecieron viandas y productos autóctonos, e incluso una enorme cata de deliciosos quesos. Excelente coartada para aparcar la dieta.

Singular fue el bellísimo y llamativo detalle fue la tarjetita personalizada y cariñosa para cada uno de los asistentes, manuscrita por novio/novia y entregada al tiempo de sentarse y esperar las viandas.

De la comida no hablamos. A la asturiana, o sea, sabrosoa y abundante (langosta del cantábrico, lubina al champagne, entrecot, etcétera). Ante tamaño atracón, resultaba tranquilizador ser consciente que, por la profesión de los novios, en el restaurante había más médicos que en un hospital, lo que garantizaría pronta atención en caso de emergencia.

Tras los postres, la pareja recién casada fue mesa a mesa, silla a silla, cambiando impresiones con cada invitado, acompañado de constantes intervenciones sentidas desde la zona centro, con final homenaje a sus padres y parientes, todo con música de fondo o discontinua, con trasiego de invitados, creando una atmósfera festiva y de sincera alegría. No faltó el detallito para invitados de regalito con lacito, para saborear en la soledad posterior (botellita de sidra dulce y cecina para untar).

Mas tarde sesión de video de la pareja, desde su niñez hasta el enlace, pero en formato breve y simpático, punto entrañable que desembocó en el consabido baile de pista con barra libre (o mas bien “barra atestada”).

Hasta yo salté a la pista cual espontáneo taurino para ofrecer mis torpes bailes y vaivenes. Algo tan inusual como deseable que no repita. Además, es regla de experiencia, que cuando alguien se siente observado y que divierte a los demás, es hora de irse.

Así que, a estas alturas, tras observar el clásico baile desenfrenado de Paquito, el Chocolatero, nosotros ya estábamos agotados (es notorio que soy hombre sociable pero más amigo de soledades que de romerías y multitudes), o sea que nos despedimos y nos fuimos felizmente agradecidos de que se hubiese contado con nosotros en ese encuentro.

Pero lo que fue realmente hermoso fueron las sonrisas de novia y novio, que inundaron todo el tiempo la atmosfera del local, sin escatimar saludos, abrazos, miradas cómplices, besos, derrochando felicidad y bailando sin asomo de agotamiento. Un día cargado de amor, fraternidad, brindis y alegría. Una pareja feliz, que además merece serlo. Además tuve ocasión de saludar, abrazar y confraternizar con mi puñado de “amigos de toda la vida”, a los que recordé «que no hace falta que nadie se case o muera para volver a vernos».

Sé que cada boda resulta especial para los novios, como cada boda se ofrece única para los asistentes, pero esta permanecerá en mi mente como una gran y memorable experiencia. Para los novios la celebración es la puerta de un trabajo “a tiempo completo”, y el matrimonio comienza. Realmente el día más importante de su vida no será la celebración del matrimonio sino cada día a partir de entonces. Ese es el reto tan maravilloso como difícil, aunque el punto de partida de esta joven pareja, permite aventurar que la luna de miel durará muchísimas lunas. Para después, bien está el consejo de Benjamín Franklin: «Mantén los ojos bien abiertos antes del matrimonio. Medio cerrados después».


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1 comentario

  1. En hora buena Carlos. Que sigáis disfrutando de ese gran día en el que tu hija ha decidido dar continuidad con su matrimonio a tu excepcional familia. Un gran abrazo de Gabriel y Maricha

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