Claves para ser feliz

Mentir a los niños: ¿crimen sin castigo?

El otro día un amigo me decía orgulloso que nunca le había mentido a sus hijos, pero cerró la boca cuando le dije que si los pequeños habían creído en los Reyes Magos, o en la cigüeña, o si le habían informado con realismo sus padres de la muerte de seres queridos.

Eso me dio qué pensar… y recordar las mentiras que les había dicho a mis hijos siendo pequeños, y sonreía recordándolo porque siempre han sido mentirijillas con humor. Voy a inventariar las que recuerdo y compartirlas.

La clásica de que los Reyes Magos habían venido y comido las galletas, para que cuando despertasen, se encontrasen las huellas de su paso.

El del dientecito que dejó Lara bajo la almohada y como olvidamos depositarle una moneda, le dije que “el ratoncito Pérez no trabaja el domingo, pero seguro que mañana sí”.

El quitarle el hábito del chupete a Álex en plena acera, al que se lo arrebaté y escondí rápidamente como un mago, mientras gritaba apuntando a un autobús que se alejaba: ¡Álex, el conductor del autobús te ha quitado el tete! Puso una cara de tristeza inmensa y apuntaba con su dedito al autobús. Creo que le ha dejado una huella de trauma y prejuicio hacia los conductores de autobús.

El caso de las tres gallinas que teníamos en el pueblo leonés de Miñambres de la Valduerna, cuando veraneábamos, y como los niños correteaban a ver si habían puesto huevos. Tuve que intervenir colocando a escondidas unos huevos comprados, que los peques encontraron con gran alborozo… hasta que leyeron la fecha de caducidad en la cáscara.

También tuvimos que explicarles el destino final de las mascotas que teníamos en el pueblo leonés durante el verano, que fueron sucesivamente un pato, un conejito y una ovejita… explicándoles que ¡Se habían quedado con el veterinario! La cosa nos hizo sonrojarnos cuando Alex preguntó: «¿por qué la gente lleva los animales al veterinario si nunca vuelven?»

Eso sí, cuando murió uno de los dos pececitos naranja de la pecera mientras estaban en el colegio, rápidamente compré otro y lo sustituí, sin que se percatasen del cambio. ¿Para qué darles disgustos?

Mi hijo Adrián tendría unos 12 años y estábamos veraneando en el pueblo. A primera hora fui en coche a la Bañeza por eso de comprar churros y cuando atravesaba lentamente el campo castellano, en un lado de la carretera descubrí un erizo enorme. Detuve el vehículo rápidamente y pude comprobar que era un erizo muerto recientemente por algún coche ya que estaba levemente aplastado y absolutamente inmóvil. Lo cogí con un trapo y lo guardé en el maletero, porque sabía que le gustaría verlo a Adrián, pero me pareció que la emoción sería mayor si creía que estaba vivo.

Así que cuando regresé a la casa lo puse en la huerta entre las hierbas. Poco después mi hijo Adrián salió al patio y cogí una vara para mostrarle los árboles de la huerta. Mi hijo me seguía atento y yo le indicaba cada árbol y fui dirigiéndome hacia donde estaba el erizo inmóvil, con la esperanza de que lo descubriese por sus propios ojos, sin mi ayuda. A un paso del erizo, no era capaz de verlo y yo afirmaba sin moverme para darle pistas: ¿Te has fijado cómo crece la hierba hijo?… ¿que si te has fijado cómo crece la hierba aquí mismo, aquí delanteeeeee…? Nada. Insistí: «Además entre la hierba siempre hay animales». Nada. Me cansé y grité: «Eh, hijo, ¿qué es eso –y apunté con la vara al erizo–?. Mi hijo despertó: ¡Ah, papa, –gritó– un animal!. Rápidamente, dije: «Atrás hijo» –le asesté con la vara al erizo— quieto, fiera, no te acerques». El inmóvil animal iba de un lado a otro con el empuje de la vara, y entonces hice como torero que le asesta el golpe de gracia. Y le mentí al pequeño: «¿has visto cómo se movía? ¡Quería venir por nosotros!». Y mi hijo luego contaba y juraba que lo había visto moverse, y que pese a que el animalito se batía bravamente, finalmente cayó frente al valiente padre y cazador.

También había un trasfondo de mentirijilla piadosa cuando le aplicaba castigos al pobre Adrián en su niñez consistentes en “contar hasta 100 en una esquina en voz alta”. Mientras recitaba los números, yo aprovechaba para que aprendiese mediante el truco de cambiarle rápidamente el número que decía; por ejemplo, cuando decía 50, 51… yo decía en voz alta a la vez 31, 32… y el incauto seguía 33, 34.. y al llegar a 40, 41.. yo rápidamente le decía: 31 y le preguntaba… ¿cuál viene después?, y el pobre Adrián raudo decía: 32, y resignado seguía con esa letanía, 32, 33…etcétera. El castigo se hacía interminable pero aprendía que daba gusto. Sí, pobre niño que ahora es brillante médico endocrino, quien me decía no hace mucho: «Papá, nunca olvidaré que todos los juegos de ordenador que tuve de niño eran didácticos: sumar o restar, componer palabras con letras, acertar rutas o respuestas, problemas de colorines… nada de disparos ni mecánico. Siempre me decías que no había otro tipo de juegos en la tienda”.

Era el mismo encantador niño al que apliqué con éxito un sistema de puntos: por cada cosa que hacía bien le daba uno o varios puntos y si lo hacía mal le restaba uno o varios, y cuando llegaba a 30 se lo cambiaba por un regalo. El truco radicaba en que cuando llegaba al tope bastaba con hacerle una oferta que no podía rechazar mostrándole algún juguete barato o algún dulce, y el pobre vendía todos sus ahorros con buena conducta de meses, por un plato de lentejas en un fugaz instante.

Acabo de recordar otra mentirijilla divertida. En este caso estábamos veraneando en un hotel en Canarias con una enorme piscina. Adrián tenía 16 años y me retó a una carrera nadando cuando los dos estábamos en el agua en un extremo de la piscina. El nadaba bien, pero nunca me había ganado. Pero hacía un año largo que no competíamos y se había fortalecido y nadaba con la cabeza bajo el agua a gran velocidad. Mi honor de padre estaba en juego. Le dije: “Vale, cuando diga ya”, dije mientras sutilmente me puse del lado más próximo a la escalerilla. ¡Ya! Y vi a a Adrián dejándose la piel nadando mientras yo trepaba por la escalerilla y corría por el lateral de la piscina hasta la meta próxima y rápidamente saltaba al agua y me agarraba al borde de la meta, momento en que llegaba Adrián y yo le día: «Casi me alcanzas». Adrián me miraba estupefacto. Le dije: «si quieres te doy la revancha». Descansamos un minuto y competimos en dirección contraria. Lo aceptó y puso gesto de concentración y nadar como un delfín cuya vida peligrase. ¡Ya! Repetí el truco y llegué justamente antes, aunque casi resbalo por correr fuera de la piscina. Funcionó tres veces, y ya no competimos más. Tardé tiempo en confesárselo, y fue casi más divertido cuando se lo dije.

En fin, seguramente he usado con ellos muchas más mentiras piadosas, debidas a que en ocasiones los niños entienden mejor una mentira que una explicación.

Lo curioso es que la naturaleza es sabia y estoy seguro que con la adolescencia, quienes me han mentido de forma piadosa han sido ellos, quizá por la misma razón, porque temían que yo no entendiese la explicación, así que mejor una mentirijilla.

En fin, creo que todo padre tiene dentro un Pinocho bondadoso. No es algo ejemplar, pero si se usa para el bien, y evitar males mayores, y nunca por sistema, creo que funciona. El mayor castigo para el abuso de las mentiras de los padres es que el niño las descubra y, bien por su intensidad, reiteración o la torpeza al cometerla, aquéllos sufran una desmitificación y desconfianza futura de sus hijos, o peor aún, que los hijos aprendan prematuramente esa técnica como moralmente válida para el futuro de sus vidas.

En cambio, esas mentirijillas bien dosificadas y bien desveladas, pueden generar en el niño la valiosa enseñanza de que no se crean todo lo que dicen quien va investido de autoridad (familiar, laboral, científica, política, etcétera), sino que sometan a un mínimo test de verosimilitud lo que otros dan por cierto. O sea, que crean menos en el relato y más en el dato, o sea en las pruebas.

Quizá por experiencia, le hacen afirmar al televisivo doctor House, lo de que “todos los pacientes mienten” (lo que el médico Adrián estará comprendiendo ahora), cosa que vale para los políticos o para poderosos como Putin o Trump. O para el niño que quiere evitar un castigo de sus padres, o adolescente que no quiere desmerecer ante su novia, o empleado que evita la reprimenda de su jefe, o de su jefe que no quiere desagradar a su pareja, ¡Quién sabe la razón que anida en cada corazón! Lo que sí es seguro es que se miente por una razón, y lo importante es que esa razón sea moralmente admisible. Es más, en la vida se dan muchos litigios y si alguien dice una cosa y otra lo contrario, o bien alguien está mal informado o quizá miente.

Como siempre, y recuerdan nuestros filósofos griegos, la virtud está en la moderación, en la mentira bienintencionada y para fin legítimo, pero en la justa medida, y esa medida es aquélla en que quien la dice puede mirarse con dignidad ante el espejo y quien la sufre no anida rencor en su corazón.


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5 comentarios

  1. la verdad es que te veo mucho mejor jurista que padre. Algunas cosas que cuentas como el maltrato animal o la humillación a los hijos hubiera preferido no leerlas.

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    1. Pues si lo lees bien, verás que no hay maltrato a ningún animal, pues el erizo ya estaba aplastado y muerto por un coche, y los animales que iban al “veterinario” eran regalados a un granjero del pueblo. Y de humillación a mis hijos, nada de nada.. solo hay que escucharles como disfrutan recordándolo, pero bueno, cada uno es muy libre de elegir el modelo responsable de padre, o de valorar los ajenos. No soy perfecto pero eso me hace humano, Saludos

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  2. A veces hay que mentir para cuidar, para proteger, para forjar… para vivir.

    Los padres sabemos que el mundo es demasiado grande para entenderlo de golpe. Por eso, dejamos pequeñas mentiras dobladas cuidadosamente bajo la almohada de ciertos momentos, etapas y edades de nuestros hijos.

    Si temen a la oscuridad, ¿qué padre no ha inventado una “luz mágica” que ahuyenta monstruos para que puedan dormir tranquilos?

    Si se les cae un diente, ¿por qué no convertirlo en una celebración del crecimiento, con la visita obsequiosa del ratoncito Pérez?

    Si presencian una discusión entre sus padres, ¿por qué no restarle dramatismo explicando que los adultos, a veces, simplemente olvidan bajar el volumen… incluso cuando presumimos de maduros?

    Cuando ya son adolescentes, si regresan con esa mezcla de tristeza y fracaso que dejan las primeras derrotas sociales, sentimentales o académicas, ¿cómo no regalarles un “no pasa nada”, aunque sepamos que esa mentira piadosa es, en realidad, la forma más antigua de decirles: “estoy contigo… y esto también pasará”?

    Y si el abuelo o la abuela muere, ¿qué hay de malo en decirles que se han ido a un lugar donde ya nada les incomoda o duele?

    Así, entre pequeñas verdades disfrazadas, su infancia y su juventud avanzan.

    Con el tiempo, los hijos crecen y descubren que aquellas mentiras no eran trampas, sino puentes. Puentes para cruzar el dolor, la incertidumbre, la vergüenza o el miedo. Puentes que los llevaron, paso a paso, hacia la verdad. Una verdad que, por fin, ya no podía herirlos.

    Un día, cuando los padres envejecen, la historia se da la vuelta. Son los hijos quienes empiezan a hacer de padres y a doblar pequeñas mentiras bajo la almohada de los días frágiles de la vejez: para que no sufran, para que no se preocupen, para que no sientan miedo.

    Entonces entendemos que la vida es un intercambio de cuidados… y que algunas mentiras, dichas con amor, no esconden nada: solo acompañan.

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