Reflexiones vigorizantes

La muerte mata, pero enseña

Cada vez la vida se me parece más a un campo de minas. Te vas librando hasta que pisas en el lugar equivocado.

La tragedia del accidente ferroviario en Adamuz se ha llevado 45 personas, y dejado otras con heridas, y a todos los pasajeros con la invisible secuela del recuerdo del horror.

Reflexionando sobre esa cita con la muerte, me vino a la mente que allá por 1984, íbamos tres amigos por la autopista hacia Madrid en un Peugeot 205 (tiempos sin ITV, sin cinturón de seguridad obligatorio en los asientos traseros, etcétera). Íbamos hacia Madrid para tomar el avión hacia nuestro primer viaje a Londres (con poco dinero –cambiado en libras– y nada de conocimiento de inglés). A la altura del penúltimo túnel de Guadarrama en la autopista del Noroeste (AP-6), fuimos adelantados por un vehículo a enorme velocidad, y al salir del túnel, un centenar de metros más adelante, súbitamente vimos horrorizados que había un camión cisterna perpendicular a la carretera y bloqueando completamente el paso. Todo fue vertiginoso. Yo iba de copiloto y el instinto me llevó a apoyar los brazos en el salpicadero mientras abría los ojos intentando neutralizar el impacto. Mi amigo del asiento trasero gritó algo, y gracias a los reflejos del conductor que clavó los frenos con un intenso chirrido y olor a quemado, frenó el coche a menos de un metro (¡Sí, de un metro!) de la panza del camión atravesado. Lo peor era que desde el interior de mi coche, veía a mi derecha, al alcance de la mano, el coche que nos había adelantado: empotrado tras un capó insertado en el camión formando un amasijo horrible; más horrible porque su conductor estaba de bruces sobre el volante sin moverse y formando una mezcolanza de sangre y muerte que jamás olvidaré.

Salté apresuradamente del coche y, como temía ser emparedado por otros vehículos que llegasen por detrás, y no era tiempo de triangulitos, fui agitando los brazos pegado al centro de la autovía para que otros vehículos frenasen. Mientras hacía eso, mis dos amigos atendían a un pasajero del vehículo siniestrado que sangraba con un brazo desmadejado y gritaba que ayudásemos a su amigo (pese a que era visible que nadie podía ayudarlo). En unos instantes llegaron más vehículos y se formó la nube propia de estos casos con presencia rápida de la Guardia Civil. Parece ser que el conductor del camión al desplazarse sin control y empotrarse, presa de los nervios, abandonó el vehículo y corrió (?). Tras las declaraciones de urgencia, seguimos viaje hacia Madrid.

Ni que decir tiene que ese último tramo del viaje lo hicimos a lenta velocidad, alerta al tráfico y con la huella en la mente de la fragilidad de la vida. Y cómo no, pensábamos en cómo nos habría cambiado la vida, con leves cambios de circunstancias:

  • (i) si hubiésemos ido un poquito más rápido hubiésemos sido los primeros en llegar… a empotrarnos;
  • (ii) si los accidentados hubiesen tomado un café, no hubiesen llegado a empotrarse;
  • (iii) cualquier detención o percance menor del conductor del camión antes del accidente o incluso días antes, nos hubiera cambiado a todos el destino…

Y así, comprendí que pequeños cambios tienen grandes efectos, y que por mucha libertad de albedrío que proclamen los filósofos, lo que manda son las circunstancias. No el destino (consuelo cómodo de que todo está escrito) sino algo más inaccesible: el maldito azar.

Y no digamos si el azar te hace nacer en el lugar equivocado en un tiempo equivocado (Ucrania, Gaza, Somalia, por ejemplo); o no cuentas con ser actor secundario de una catástrofe inopinada: inundación, terremoto, incendio, accidente, atentado, etcétera. Otras veces la equivocación es indirecta, si se anda con compañías equivocadas, por ejemplo, que te llevan a hábitos equivocados con final temprano (conozco casos demasiado cercanos).

Desde entonces, y cada vez que me entero de tragedias con muertos, como el accidente ferroviario, me bullen muchas reflexiones en torno a las siguientes ideas: ¿Será verdad la teoría de los universos paralelos, de que en cada decisión o encrucijada de la vida, se abre una posibilidad y así existirían universos donde salgo librado del accidente de Madrid y en otro quedo inválido, y en otro fallezco, etcétera? Este pensamiento, resulta bello, pero indemostrable, así que no me sirve de respuesta.

¿Podría ser que, pese a que todos nos aterrorizamos con la muerte, quizá se trata de un atajo para un mundo mejor en el más allá?. También esto es indemostrable. Es más, la inmensa mayoría de los creyentes religiosos en un mundo ideal después de la muerte, no tienen prisa por acudir.

Creo que lo que se aprende o debe aprenderse de estas tragedias es:

  • A reordenar nuestras prioridades en la vida. Basta pensar en lo que haríamos si supiésemos que nos queda una semana o un mes.
  • A aclarar los valores de lo que es realmente importante.
  • A robustecer nuestra resiliencia o capacidad de encajar la adversidad.
  • A mirar el pasado como una mochila de experiencias, y el futuro como una ramificación de caminos y posibilidades, donde aguardan cimas y valles, lo bueno y lo malo.
  • A no acostumbrarse a la muerte, pues aunque sabemos que todos acabaremos convertidos en polvo, cuando afecta a un ser querido nos sorprende y enoja.

Al final me ayuda el pensamiento de los estoicos (el griego Epicteto y el romano Marco Aurelio):

Preocúpate solo de lo que puedes controlar. No eres responsable de lo que está fuera de tu capacidad de decisión. No debes sufrir por saber si llega la hora o no, ni hay motivo para ser un hipocondríaco o encerrarse en una burbuja. Vive la vida.

En este punto me viene el pensamiento de otros filósofos griegos, los discípulos de Epicuro que decía:

La muerte no debe preocuparte, porque mientras existimos, la muerte no está aquí. Y cuando llega, ya no existimos.

Por eso, solo nos queda ser agradecidos con cada minuto que. tenemos, que no debemos desaprovechar, sino disfrutarlo con otros que están vivos. Nada de desafueros ni perseguir paraísos artificiales, ni entregarse a un consumismo atroz, sino vivir con los ojos abiertos, con los poros alerta, usando la mente para captar la belleza de cada instante.

Cada minuto aturdido, cada minuto despilfarrado, cada minuto soportando situaciones estúpidas o a estúpidos, es un minuto menos del cheque vital que se nos da cuando nacemos. ¡Qué no hubiera dado por nuestros minutos despilfarrados el conductor fallecido contra el camión!

En fin, por dar una nota alegre a este artículo, ahí está la cita de Woody Allen al respecto:

No le tengo miedo a la muerte; simplemente no quiero estar allí cuando suceda.


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1 comentario

  1. Las tragedias como la de Adamuz nos recuerdan lo frágil, absurda y —sobre todo— incierta que es la vida. Podemos recurrir a filosofías que intentan dar sentido a la muerte, verla como marco y no solo como final, pero cuando ataca a traición, cuando sorprende y arrasa, toda teoría se vuelve insuficiente. Lo que queda es la herida.

    Carlos Fuentes lo expresó con una exactitud y crudeza difíciles de igualar: «Qué injusta, qué maldita, qué cabrona la muerte que no nos mata a nosotros sino a los que amamos».

    Quizá lo más difícil de aceptar en estos casos es que el duelo no es solo tristeza. Es desconcierto. Es incredulidad. Es una especie de suspensión del mundo. La persona que pierde a alguien así no solo llora: se desorienta.

    En The Year of Magical Thinking, la gran escritora americana Joan Didion narra el año posterior a la muerte repentina de su marido, el escritor John Gregory Dunne. Es una obra fundamental para comprender la psicología del duelo, porque entrelaza mente humana, memoria y pérdida con una lucidez que desarma.

    El libro explora magistralmente cómo la mente intenta encontrar sentido —o control— en medio del caos emocional. A ese proceso lo denomina “pensamiento mágico”: la tendencia a creer, incluso de forma irracional, que ciertos actos o decisiones pueden revertir lo irreversible. Es un modo de protegernos mientras la mente aprende a superar el impacto inicial y a vivir en un mundo que ha cambiado para siempre.

    Permítanme compartir algunos párrafos que condensan esa experiencia:

    Las personas que han perdido a un ser amado parecen desnudas. Lo parecen porque se sienten invisibles. La suya es la expresión de la vulnerabilidad extrema, de la indefensión, de la fragilidad, de la flaqueza.

    Sé que la muerte se convertirá en algo que pasó, que cada vez me resultará más remota, desdibujada. Sé que intentaré mantener con vida a mis muertos para tenerlos más tiempo conmigo. Y que llegará el momento en que tenga que dejarlos ir, dejar que se los lleve el agua y los diluya el tiempo.

    Pero el momento no ha llegado. No quiero que llegue aún ese momento. Quiero más noches de recuerdos y de suspiros. No quiero reconocerme en la palabra viuda. No es así como me siento. Desnuda, sí. Indefensa, sí. Frágil, ya lo creo. Es esta expresión, en el rostro, en la mirada, la que tal vez solo pueden reconocer quienes la han visto antes —y la han sufrido— dibujada en sus propios rostros. La muerte no escribe a lápiz. No se puede borrar. El trazo de la muerte es indeleble. La ausencia es irreversible. La mancha que deja —que te deja— es imborrable.

    Después de ese torrente de verdad doliente, solo resta asumir lo que viene.

    Al final —y este añadido es personal— lo único que, llegado el momento, cabe hacer es escribir encima de la muerte. No para borrar, sino para poder seguir. No para olvidar, sino para integrar. No para reemplazar, sino para convivir con la ausencia sin que esta nos devore.

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