
La comida oriental es respetable. Seguro que además es buena y sabrosa. Incluso saludable. Pero conmigo, que no cuenten.
Quizá soy de la vieja escuela. Quizá me sacan de mi cocidito o de la paella, de mis chuletillas de cordero, o del buen queso, y me sentiré como Bambi perdido en el bosque. Lo que estoy seguro es que Bambi no tomaría cocina oriental, ni siquiera como última cena antes de que se lo zampase un lobo.
Viene al caso porque últimamente, personas que quiero de mi entorno familiar muestran una extraña debilidad por ir a restaurantes japoneses o restaurantes coreanos o del ámbito asiático.
No hablo de esos restaurantes chinos que están en calles perdidas que ofrecen un menú descolorido con cuatro fotos, y de los que nadie sabe cómo sobreviven, ni ellos ni los gatos de la zona, y donde no falta el glutamato ni camareros de mirada triste (no sabes si por su vida o por la que te espera a ti tras comer).
Se trata de unos restaurantes japoneses o coreanos (que curiosamente suelen estar regentados por “chinos”) en los que el sushi es la pieza estelar (suelen llamarse Sushi &Bar, Wabi Sabi, Sushi& fusión, Sushi Salvaje, Sushi Tokatela noise, o algo así) donde te ves envuelto en un ambiente de luz, color y decorado propio de “Chinatown”. Con mucha amabilidad por un precio cerrado, te traen todos los platitos que desees, bebida aparte. Normalmente cuentan con adelantos tecnológicos para hacer los pedidos, con tabletas, e incluso robots salidos de la guerra de las galaxias para acercar los pedidos.

¿Por qué no me gustan? Sobre gustos no hay nada escrito, suele paradójicamente escribirse, pero lo cierto es que el gusto o disgusto por la comida es algo personalísimo que no requiere explicación. Es algo binario, como la informática, 1 o 0, o te gusta o no te gusta. Da igual que te cuenten los ingredientes, la forma de cocinar o la presentación, o a qué personaje le encanta, pues del paladar para adentro el Jurado es insobornable.
Sin embargo, intentaré racionalizar lo que no me gusta.
No me gusta apartar los palillos y solicitar un tenedor.
No me gusta que todos los platos me parecen igual.
No me gusta que la oferta de vinos sea similar a la que tienen de hígado de unicornio.
No me gusta que muchos platos tengan picante, o salsas o especias, elementos que son el equivalente al maquillaje, ya que suelen disimular la esencia o nada bueno.
No me gusta no saber qué diantres como.

No me gusta no poder reclamar si el plato no es el que pedí, porque realmente es difícil saber qué he pedido realmente tras teclear en la pantallita, o si ya han lo traído todo.
No me gusta que me den Ramen (¿por qué me sabe a repollo?), kimchi (¿un nombre tan pichi para algo tan picante?), Wabi Sabi (¿significa “a guevo sabe”?) ni sopa de aleta de tiburón (¡pobrecito!).
No me gusta que me expliquen que una cosa es un alga, una raíz, una hoja u hormigas salvajes, ni tampoco me siento tranquilo ante fideos transparentes.
No me gusta pensar que todo el océano Pacífico solo tiene salmón o raya cruda, a juzgar por el pescado que puede identificarse.
No me gusta la mesa repleta de platitos con verduras, arroz, carne y pescado, todo hacinado como en la bandeja de comida de un avión.
No me gusta una barbacoa en el centro de la mesa con una aspiradora colgante para el humo.
No me gusta no saber si estoy al inicio, al medio o al final de la comida, o sea, cuando se alcanza el plato doce y catorce, la desorientación está servida.
No me gusta salir del establecimiento saciado por mi debilidad ante las viandas, pero con la sensación de haber sido cebado a buen precio de pienso oriental.
Una amiga coreana me dijo que el arroz siempre se debe colocar a la izquierda, el tazón de sopa a la derecha, y el tapeo al centro, pues si te equivocas, significa que la muerte se acerca. Por eso me temo que los clientes de los restaurantes coreanos son cada vez menos, a extinguir.
Así y todo, creo que ha sido una experiencia única. Única porque no quiero otra.

Ya sé que mucho me dirán que no tengo ni idea, que no se puede generalizar, que no tengo paladar, que a saber a qué sitio barato fui, que la comida oriental es sana y sabrosa, o que no tiene nada que ver la comida japonesa con la coreana. Quizá tengan razón, pero hay algo en que la tengo yo: no me gustan esos restaurantes y no me gusta su comida, ni la forma de presentación. Y soy felizmente libre de opinar y decidir. Incluso tengo derecho a equivocarme.
Así y todo, esa comida debe generar adicción a los que les gusta, y por eso, me temo que seguiré negociando el tipo de restaurante al que podemos ir. Al menos lo de los orientales lo voy capeando pero temo que en la próxima década tendré que acudir a modas de restaurantes árabes, que sin duda que tienen valor exótico, pero tras mi viaje a Egipto, tampoco dudo que el cliente exótico con cara de preocupación seré yo.
Lo que si me gustará, y soy de gustos sencillos, será la cuchipanda que me espera el próximo jueves noche en Las Caballerizas, en Salamanca. Comida casera y buena compañía, sin límite de tiempo y sin contener las sonrisas. Eso es vida.
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