Hablar y comunicarse

La amabilidad es gratis y sienta bien

Hay días en que se ve a dios y al diablo en algunas manifestaciones.

Sé que las noticias nos informan de actos de violencia horrible, abuso, intolerancia y guerras. Parece que impera una suerte de histeria colectiva, de ira mal administrada y que aflora a la primera ocasión.

Me pregunto si el error está en la educación recibida, en los valores, en las experiencias buenas y malas, o quizá la notas desafinadas de la sociedad son el precio de un sistema libre que permite que tanto las abejas como las avispas prosperen… no sé.

No quiero frivolizar, pero sí reflexionar sobre un par de pequeñas anécdotas personales que demuestran que el mundo no está tan perdido aunque algunos parecen querer echarlo a perder.

El viernes pasado acudí a primera hora de la mañana a la oficina de Tráfico, con cita previa, ya que la maldita plataforma electrónica no tenía todas las respuestas a mis preguntas. Tras esperar unos minutos, el panel anunció mi turno con la eficacia de las carnicerías y me senté en una silla tras una mampara de plástico mientras enfrente una joven funcionaria me saludó con unos entusiastas «buenos días» y con amabilidad me preguntó qué podía hacer por mí.

Le correspondí con los buenos días y la jovencita esbozó una sonrisa que destilaba amabilidad por los poros. No sería modelo de pasarela pero su sonrisa emulaba a la Gioconda y la hacía resplandecer, consiguiendo adelantar en el ranking del atractivo a miles de bellezas que no fuesen corteses.

Le planteé la cuestión que me llevaba a la oficina pública, y tras escucharme asintiendo, me pidió que la disculpase pues debía consultar a otra funcionaria de una mesa lejana. De ahí deduje que era interina o estrenaba su condición de funcionario de carrera. Realizó el trámite a las mil maravillas e incluso me hizo una sugerencia para ahorrarme las tasas de otro trámite ante tráfico, así como un consejo para adaptar el domicilio en el DNI aprovechando la renovación. Además me explicó que podía pagar la tasa de ocho euros con tarjeta pero si era en metálico tendría que ir al banco y perder el tiempo. Aproveché para hacerle otras consultas conexas y me respondió con claridad, paciencia y respeto; incluso me indicó los formularios que me exigiría otra administración para un trámite fiscal colateral.

Le agradecí su amabilidad y le dije que había superado la atención electrónica, así que confiaba en que me atendiese ella misma, con ocasión del siguiente trámite que me correspondería cumplimentar el mes siguiente, pero me dijo: «Esté tranquilo, cualquiera de mis compañeros le atenderá igual o mejor que yo».

Al irme, busqué por el mostrador una de esas caritas Smiley que miden el grado de satisfacción por el servicio y no lo encontré (en cambio había un buzón de quejas).

Salí muy satisfecho de la atención recibida, lo que confirmaba que lo del maltrato de los funcionarios era una leyenda trasnochada.

Era media mañana, y tengo el vicio del café a media mañana, por lo que me senté en una terraza que estaba prácticamente vacía. El camarero, con visible cara de desgana me espetó un: «¿Qué quieres?» (más propio de matón de barrio al ver un intruso).

Me sorprendió el tuteo sin previos buenos días, y le dije que deseaba un café mediano con leche.

Me lo trajo, y cuando lo puso en la mesa, me percaté de que iba un sobrecito de azúcar, así que le dije: «puede traerme sacarina, por favor?».
La respuesta fue ésta:
-¡Tenías que habérmelo dicho antes!– y se marchó. Tres en uno: tuteo, grito y desdén.

Transcurridos cinco minutos veía al camarero trastear pero sin molestarse en traerme la sacarina, así que me levanté y tras repasar con la vista el mostrador tomé yo directamente un sobre de sacarina y me senté.

Cuando terminé, tenía al camarero sentado a la puerta del local explorando las mesas, así que me levanté y pasé a su lado sin mirarle, y me fui al final del mostrador donde estaba el que intuía era el dueño, por la edad y la actitud. Le dije: «¿puede cobrarme el café de la mesa sin sacarina por favor?»

El jefe me miró con ojos abiertos, y en ese momento se aproximó por detrás el camarero y me dijo delante de su jefe: «¡Tienes que pagarme a mí!»

Le repliqué suavemente: «Eso tenía que habérmelo dicho antes de atenderme, igual que lo de la sacarina».

Me volví hacia el dueño y le miré a los ojos, con el monedero abierto en mis manos. Me dijo el precio y le pagué exactamente el precio, y le dije, «Disculpe, pero visto lo visto, tendrá usted que poner un letrero que advierta a los clientes de pedir la sacarina al pedir el café, o enseñar a los camareros que la cortesía con los corteses es lo primero que deben saber».

El dueño me miró, suspiró mirando a su vez al camarero (lo que significaba que quizá había precedentes), y me pidió disculpas.

Vale, acepto que son cosas que pueden parecer simples y sin importancia, pero he contado ambas anécdotas porque sucedieron el mismo día y porque desde su simpleza, reflejan el modelo de sociedad en que vivimos, donde hay personas que saben cumplir su trabajo con laboriosidad, ilusión y respeto, y otras que piensan que el mundo les debe algo y si han tenido un mal día, lo paga el cliente.

Se ve que tengo una edad en que hay cosas que tolero y otras que no. Cosa negociables y cosas que no. Y desde luego, lo que no soporto es la mala educación, venga del rey Agamenon o de su porquero.

La moraleja de ambas historias es la importancia de un “por favor”, “gracias”, «disculpe», sonreír, asentir con atención… Son palabras y gestos sencillos, aparentemente insignificantes pero de gran impacto, pues demuestran respeto y empatía hacia los demás. Esos pequeños gestos producen un efecto dominó pues luego practicarás lo que recibes hacia los demás… Quiero imaginar a la funcionaria de tráfico reanudando su trabajo si tuviese un incidente con el camarero (¿sería igual de amable?), o quizá al camarero siendo bien atendido en la administración (¿demostraría luego en su trabajo mayor respeto?). ¡Quién sabe!

Creo que si alguien es descortés, y no sabe que la amabilidad es gratuita, poco puede esperarse de su ayuda si la necesitas, de actos de bondad o de empatía ante auténticas catástrofes. Incluso me he planteado si existe un virus de mala educación que está en expansión.

Gran razón tenía el gran escritor britiánico Aldous Huxley cuando confesaba:

Es un poco vergonzoso que después de 45 años de investigación y estudio, el mejor consejo que puedo dar a la gente es que sean un poco más amables entre sí.


Descubre más desde Vivo y Coleando

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

2 comentarios

  1. Lo triste es que, por lo que cuenta, la actitud del camarero parece repetitiva y la resignación del dueño, parece mostrar que o no tiene remedio, o no se atreve a aplicarle la sanción que el desganado merece (despido). Tal vez, como empresario, ha sufrido en sus carnes el peso de una sentencia anterior de improcedencia por un caso similar.

    Me gusta

  2. Como decía Aldous Huxley: “Lo más importante que puedo decir es que seamos un poco más amables entre nosotros.” No hay consejo más simple. Ni más urgente.

    Después de toda una vida dedicada al pensamiento, la ciencia, la literatura y la observación del ser humano, su conclusión no fue técnica ni filosófica… sino humana: la amabilidad como principio esencial.

    La amabilidad es una fuerza invisible y sutil que transforma lo que toca sin ruido ni aplausos. No exige dinero, ni poder ni reconocimiento público; basta el deseo sincero de tratar al otro como nos gustaría ser tratados, para que se dé esa conexión capaz de convertir un momento monótono en memorable; un instante rutinario en extraordinario; una situación incómoda en tolerable; y una circunstancia oscura, al menos, en gris.

    Esa transformación empieza en lo cotidiano: en un saludo al llegar y una despedida al partir; en una escucha atenta incluso cuando el tiempo apremia; en un gesto de paciencia; en un “por favor” dicho con intención; en una «sonrisa» al que atiende -o es atendido-, al que duda, al que pasa; en un “gracias” que no cuesta nada y vale mucho.

    En tiempos donde la prisa, la polarización y el ruido parecen dominar, ese ‘seamos un poco más amables’ puede parecer casi revolucionario. Pero en absoluto lo es, porque la amabilidad no es debilidad, es fuerza contenida. Es sembrar paz donde otros siembran indiferencia. Es elegir el respeto frente al desprecio.

    ¿Quién sabe cuántos momentos, cuántos problemas, cuántos conflictos, cuántas relaciones —y cuántas vidas— se han salvado por una palabra o un gesto amable dichos o mostrados a tiempo?

    Hay días en que uno ve a Dios y al diablo en una misma jornada. Lo cuenta la crónica dominical de nuestro reportero favorito, y lo confirma la vida cuando nos pone frente a gestos opuestos: la cortesía luminosa de una funcionaria que sonríe como la Gioconda, y el desdén de un camarero que parece haber olvidado que atender también es respetar.

    Y un recordatorio más: mantén la paciencia ante cada gesto descortés, porque cada oportunidad es un acto de amabilidad.

    La amabilidad es una necesidad. Y está al alcance de todos.

    Me gusta

Replica a eduardoruizsite Cancelar la respuesta

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.