Curiosidades maravillosas

Crónica de un partido de fútbol por un profano

Voy al fútbol periódicamente: cada cincuenta años. En efecto, antes del segundo partido de mi vida al que asistí el pasado domingo,  había acudido en Oviedo a otro partido en el que tuvimos que guardar un minuto de silencio en pie, porque un tal Franco había fallecido dos semanas antes.

Ahora puede ver el partido del Real Oviedo contra el Real Madrid (duelo “regio”) por aquello de acompañar a mi hijo y algo “sobornado” por un buen amigo que me invitó a verlo desde un palco. Pese a que mis conocimientos de fútbol son similares a los de taxidermia de batracios, confesaré que me gustó el espectáculo y me sorprendió gratamente contemplar un fenómeno de enorme carga psicológica colectiva. Veamos.

El encuentro deportivo tenía lugar al anochecer, a las 21:30 horas. Me impresionó el estadio. Inmenso, flamante, con varias plantas e infinidad de hileras de asientos. Repleto. Casi treinta mil personas que coincidían en dedicar dos horas largas de su vida en seguir el encuentro de fútbol. Me maravilló que momentos antes del encuentro se respiraba un ambiente festivo, alegre e ilusionado. Saludos, sonrisas, abrazos, expectativas ilusionadas. Falta hacía de la evasión, por cierto, dado el panorama exterior de incendios, guerras, enfermedades y penuria, que vive el mundo. Sin embargo, en una suerte de hipnosis colectiva, todos los allí encerrados teníamos puesta la atención y el corazón en lo que iba a suceder.

Me asombraba ver niños, jóvenes, maduros y ancianos; varones y hembras; hinchas, aficionados y curiosos; todos con un sano interés común (cosa difícil hoy día donde las brechas generacionales de gustos son enormes). Me sorprendía ver como la inmensa mayoría de los asistentes (aficionados del Oviedo, que para eso era el club anfitrión) iban con sus flamantes camisetas azules de su equipo, y con dorsales alusivos a jugadores o club, además de bufandas y otros objetos que demostraban su religión. Bajo la indumentaria azul de su equipo se desvanecían las diferencias profesionales, culturales o sociales. Y digo “religión” porque pude comprobar que me recordaba las fiestas de los bautizos colectivos de algunas confesiones, donde la pasión y la alegría reinaba, o las misas Gospel estadounidenses, donde los feligreses palmean y cantan canciones en frenesí próximo a la levitación.

El partido era único para los aficionados del Real Oviedo, tras 24 años «en el banquillo» sin poder competir en primera división, y además tener la oportunidad de enfrentarse al todopoderoso Real Madrid. Todos sabían de la dificultad de que un David pobre pudiese vencer a un Goliat rico, pero también es cierto que los atenienses (de la ciudad de Atenas) con tan solo diez mil soldados consiguieron derrotar a los cuarenta mil persas (del Imperio persa) en la batalla de Maratón (490 a.C.)

El ritual de comienzo emocionaba. Los jugadores salían al campo a “calentar”, recibiendo abucheos los jugadores del Madrid y aplausos los del Oviedo. Cuando árbitros y linieres saltaron al campo, también fueron recibidos con silbidos (extraña estrategia del público la de criticar a quien va a juzgar a tu equipo). No faltó una banda de gaitas para tocar un emocionante “Asturias patria querida”, ni el himno del equipo. Tampoco un minuto de silencio por los socios fallecidos en el año anterior y por los bomberos que encontraron la muerte con la extinción de los incendios. Se añadió un breve homenaje a un antiguo jugador de renombre cuyo nombre no recuerdo. En el campo, instantes antes de comenzar el partido, un oso pardo daba saltos en el campo, pues parece ser que “Garra” es la mascota oficial del Oviedo, papel que desempeñaba bajo el disfraz un sudoroso pero inagotable aficionado.

Me percaté de la publicidad constante desde lugares imposibles, que unido a tantas personas que habían pagado por asistir o ser socios, demostraba que además de juego aquello era un gran negocio.

También me llamó la atención que había dos zonas de graderío. Una en lugar esquinado, elevado y poco agradecida para el espectador, que parece ser estaba destinada a los aficionados del equipo visitante que habían adquirido las entradas del lote reservado por el equipo anfitrión (allí dominaba el color blanco de la camiseta de su equipo). Otra en lugar privilegiado, más centrado y cercana al campo, ocupada por los que pueden calificarse de “ultras” del Real Oviedo. Esta negativa etiqueta se explicaba porque durante todo el encuentro estuvieron vociferando, cantando, gritando, insultando al equipo contrario o jaleando al propio, y un puñado de ellos liberándose de las camisetas como si fuese un ritual tribal.

Comenzó el partido. Mi paciente amigo iba explicándome quién era quién, qué regla aplicaban y como se desarrollaba el encuentro, lo que me permitió seguirlo con interés, aunque fue decayendo tras la primera media hora, porque a partir de ahí con el primer gol del Real Madrid y una situación de hostigamiento constante al equipo local, me convencí de que yo no había aprendido bien aquello de que lo importante no es ganar sino participar. Eso sí, jugadores incansables subían y bajaban a lo largo del campo, jugadores  al primer roce simulaban zancadillas o empujones, jugadores que parecían librarse de la pelota como un virus lanzándola lejos… de todo. Y todos, jugadores y público, concentrados en un balón, sorprendiendo que ante tanta energía concentrada no explotase o fuese reorientado por esa invisible fuerza de miles de ojos abiertos de par en par.

Resultaba grato para alguien tan curioso como yo, el poder proyectar mi mirada de explorador escudriñando sujetos extraños en las gradas, que los había. Aunque había mujeres, la mayoría eran hombres, y aunque había parejas, la mayoría eran cuadrillas. Eso sí, se notaba y era contagioso el júbilo de la afición.

Debo decir que, puertas adentro del palco, el lujo esperaba. Bebida, canapés, luz y televisores. Además, los asientos del palco para ver el partido eran cómodos, y estaban flanqueados por dos televisores que permitían revisar las jugadas de inmediato. El interior del palco sirvió de guarida soñada para el tiempo de descanso, antes de volver al asiento en medio del rugido de expectación para reanudar el partido.

Todo era perfecto, aunque he de confesar que para mis gustos personales (no mejores, pero son míos) más hubiese disfrutado si en el campo se hubiese desarrollado un buen concierto, obra de teatro u ópera (cada uno tenemos nuestras manías). Eso sí, bien mirado, las gradas según los compases del juego, ofrecían un vivo concierto de instrumentos, con actuaciones teatrales de alegría y desesperación y numerosos aullidos operísticos. Especialmente llamativos eran los altibajos colectivos de emociones entusiasmadas cuando el balón estaba en la mitad del campo cerca de la portería contraria, y como las emociones de alarma imperaban cuando estaba cerca de la del propio equipo. Ni que decir tiene que, desde mi ignorancia, si el partido fuese una batalla, habría sido una carnicería, no porque ganase el Madrid por tres goles a cero, sino porque el equipo visitante jugaba con parsimonia, casi delicadeza, con un equipo que sabían estaba desesperado por empatar o perder con dignidad.

Me asombraba saber que había alta tecnología para detectar si alguien empujaba a otro, si la jugada era correcta, o si algún aficionado se extralimitaba y pretendía saltar al campo. En cambio, se ve que “los grupos que corean insultos” vuelan bajo radar”y libres de control.

Finalizó el partido, y pese a la derrota (sin peros ni matices: 0-3), el griterío y apoyo al Oviedo retornó. Era mágico sentir que la pasión no decae, y percibir el enamoramiento del aficionado por su equipo. Estaban tristes por la ocasión perdida, pero felices por haber visto al Real Oviedo perder con dignidad.

Los aficionados tenían un motivo para hablar durante los próximos días, semanas e incluso meses. El encuentro del año. Pasto para la prensa local y las redes sociales. Cada uno lo contaría con pasión, con lo que el árbitro no pitó, con lo que saben ellos de quien es buen jugador y quien un manta (“digótelo yo”), con su recuerdo del partido que se va alterando según pasa el tiempo para favorecer a su equipo. Somos humanos y es comprensible que las vicisitudes del equipo de fútbol para mucha gente son la razón de vida, lo que se la alegra o deprime…Recuerdo que, en una reciente visita a un tanatorio, entre las urnas para las cenizas las más vendidas eran las que tenían el logotipo del equipo del finado.

El balance del encuentro fue positivo. Si las olimpiadas griegas cumplían la misión de concentrar la atención en eventos deportivos, dejando aparcados odios y malicias, el fútbol cumple la función similar de alejar las tensiones cotidianas, y en algunos aficionados, creo que sirve para canalizar la mala leche, la energía negativa o descargar la agresividad. Es cierto que bajo la superficie del deporte hay un tráfico económico inmenso, y me temo que el mercado se satura y la mente de los aficionados también con tantos campeonatos nacionales e internacionales, copas y premios, paquetes televisivos de fútbol, prensa destinada exclusivamente a los dimes y diretes de encuentros y jugadores o noticias televisivas sobre el día a día futbolero. Supongo que se alimenta viva la llama de la ilusión, la indignación o la competición, por los dirigentes de los equipos y los intereses económicos que hay detrás,  a fuerza de promover debates, sugerir errores arbitrales e ingeniándoselas para que la masa siga elevando el valor del club y de lo que comporta.

Así y todo, creo que bajo la superficie del océano de multitud en el estadio hay mucho sentimiento y bondad, y por eso me alegra pensar que nunca la inteligencia artificial conseguírá generar partidos que sustituyan el asistir en persona a este hermoso circo del siglo XXI.

Para mí fue una ocasión única, y digna de recordar. Aunque al terminar, agradecido a mi amigo por invitarme, le dije lo mismo que en mi pasado viaje a Egipto: un viaje maravilloso pero no lo repetiré.

P.D. Y con esto doy por finalizadas mis vacaciones y el blog vivoycoleando.com arranca de nuevo. Bienvenidos, queridos lectores


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1 comentario

  1. Querido José Ramón, tus vivocoleantes lectores te saludan: bienvenido de vuelta a casa. En tu ausencia, el balón siguió rodando, pero faltaba la voz que lo cuenta.

    Decía Jorge Valdano que el fútbol es la cosa más importante entre las cosas menos importantes. Es lenguaje universal, fuente de identidad, de alegría, de drama… y a veces, casi de religión. No salvará vidas, ni solventará crisis, pero tiene un poder inmenso, absoluto y, a veces, absurdo, para unir, emocionar y dar sentido a millones de personas.

    Luego están los poetas del balón, los arquitectos de metáforas, los biógrafos del césped y los glorificadores de cancerberos, defensas, medios y delanteros. Son quienes, más allá de la consideración de deporte, llevan el fútbol al papel y lo transforman en literatura en movimiento.

    Hablo de Eduardo Galeano, que escribió que el fútbol es la única religión sin ateos. Dio voz al balón y al estadio, y tomó cada partido como espejo de luchas sociales y esperanzas populares. .

    Pienso en Roberto Fontanarrosa, que pintó el humor en la cara del hincha, la ternura en la derrota y convirtió el gol en una carcajada infinita. Para él, el fútbol es lienzo para la risa y refugio donde el dolor se disfraza de emoción.

    Recuerdo a Albert Camus, ex portero y filósofo del absurdo, que desde el arco entendió la ética del mundo: detener un disparo no es solo reflejo, es desafío al sinsentido. En cada parada celebraba la dignidad del hombre.

    Revivo a mi paisano Manuel Alcántara que describía el césped como “un altar verde donde se oficia la pasión”, al balón como “mensajero de esperanzas rodantes” y al silbato como “campana de vigilia”. Su prosa sensorial acercaba el fútbol a la vida cotidiana.

    Miro a Javier Marías, que en Salvajes y sentimentales ve el fútbol como mezcla de sentimentalidad y salvajismo, escuela de comportamiento y nostalgia, escenificación de una épica al alcance de todos

    Observo a Osvaldo Soriano, que narró cada partido como quien cuenta su infancia, con la ternura de quien guarda un balón gastado como amuleto.

    Admiro a Pier Paolo Pasolini, que practicaba el fútbol con pasión y lo entendía como un lenguaje con sus propios poetas y prosistas.

    Y no olvido a Vladimir Nabokov ni a Arthur Conan Doyle, que siempre recordaban sus días de porteros en Cambridge y el colegio, respectivamente, como uno de los primeros ensayos de libertad y disciplina.

    Todos y muchos más nos enseñaron que el fútbol es mucho más que todo.

    P.D. 1 EL LEGENDARIO PARTIDO DE PASOLINI -SALÓ- VS BERTOLUCCI -NOVECENTO-

    Fecha: 16 de marzo de 1975, cumpleaños 44 de Bernardo Bertolucci

    Lugar: Parco della Cittadella, Parma

    Equipos enfrentados:

    • Brigada de rodaje de Saló o los 120 días de Sodoma (Pier Paolo Pasolini)
    • Brigada de rodaje de Novecento (Bernardo Bertolucci), reforzada con dos juveniles del Parma Calcio

    Capitanes en el terreno de juego:

    • Pier Paolo Pasolini, a sus 53 años, con la camiseta rojiblanca del Bologna
    • Bernardo Bertolucci, en el banquillo, animando y gestionando la táctica desde la banda

    Marcador: 5-2 a favor de Novecento

    Polémica tras el pitido final:

    • Bertolucci incorporó futbolistas profesionales —entre ellos un joven Carlo Ancelotti— sin avisar a Pasolini
    • Durante el encuentro, Pasolini sufrió una entrada dura que le obligó a retirarse antes de la conclusión

    El triunfo moral de Pasolini: Aun vencido en el marcador, Pasolini convirtió aquella derrota en un acto casi mítico. La imagen de Bertolucci alzando la copa sin haber tocado un balón simboliza la victoria ética y poética de un creador que transformó el césped en altar de la pasión. Él mismo calificó el partido como “la última representación sagrada de nuestros tiempos”, apenas unos meses antes de su trágico fin en noviembre de 1975.

    (Para leer la crónica original, busca en internet: “Pasolini versus Bertolucci el partido de fútbol más icónico de la historia del cine» Naiz. O «Novecento vs. Centoventi, el partido que Pasolini perdió contra Bertolucci» El Confidencial)

    P.D. 2 Que el eco de la grada siga vibrando en tus palabras y en tus sueños, José Ramón. Gracias por regalarnos tu pasión en cada crónica. Hasta el próximo encuentro.

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