
Que el tiempo parece correr más rápido conforme nos hacemos mayores es algo que todos aprendemos por la experiencia. De niños el tiempo era elástico, pausado e inacabable. El año escolar parecía eterno y las vacaciones larguísimas. Muchas veces buscamos ese tiempo perdido, lento y sabroso.
Pero no solo el tiempo es relativo, también el espacio. De niños pasamos de la cuna, a la cama, al cuarto, al territorio de “la calle”, a asomarnos a la ciudad, y finalmente a elegir el lugar dónde nos gustaría estar y vamos si ponemos permitírnoslo. Conforme los años se acumulan, se frena la curiosidad por conocer en persona las fronteras del mundo, y nos resistimos a viajar agotadoramente para experimentar otros lugares y gentes. Curiosamente volvemos a añorar nuestro refugio, nuestro espacio dominado y de seguridad. Nos empieza a gustar más el viaje de regreso que el viaje de ida.
También las relaciones con los demás adquieren elasticidad. Cuando eres niño o adolescente crees en aquello de la familia para toda la vida, los amigos para siempre, el amor indefinido… Y sin embargo, cuando miras atrás desde la madurez bien madurada, te das cuenta de la inmensa movilidad que ha existido en tu vida social, en que las personas entran y salen de tu vida, como actores que intervienen en su escena y la trama sigue con otros. El problema es que nosotros también somos actores en la vida de los demás, protagonistas por un tiempo en la de tus padres y de tus hijos, pero actores secundarios en el trabajo e incluso puros comparsas en el resto de lo que hacemos.
Y no digamos como cambiamos a lo largo de la vida de manera de pensar (toleramos lo que no tolerábamos, y a la inversa). Claro que lo terrible sería que no cambiásemos (aunque como decía Churchill, “cambiar no significa mejorar”)

De la salud poco puedo decir que nadie no sepa por experiencia propia. De niños o jóvenes nos creemos irrompibles e inmunes a todo mal, y en la tercera edad somos el licenciado vidriera, que nos rompemos a la primera de cambio.
Y físicamente hemos cambiado, y que nadie se engañe: las fotos del pasado son crueles.
Lo que no cambia es mi torpeza para aprender idiomas, pues sigo con el inglés a medias y el italiano a cuartos. Curiosamente, estudiando esta lengua me tropecé con la llamativa letra de la canción de un tal Vasco Rossi, cuya canción titulada «Cambiamenti», afirma:
“Cambiar un coche es muy fácil (si tienes el dinero, claro…)
cambiar a una mujer es un poco más difícil
cambiar el mundo es casi imposible
sólo puedes cambiarte a ti mismo
parece poco pero si lo consiguieras provocarías
una revolución!”
O sea, las cosas que no son como antes, o que no volverán, hay que aceptar con resignación franciscana, con estoicismo, o incluso con una botella de vino y unos buenos amigos.
Acepto que todo cambia y no para bien, pero lo que me preocupa y me ha cambiado mis esquemas e ideas, es la deriva del mundo en estas últimas semanas. En efecto, pero me resulta realmente inquietante es que hasta fechas recientes tenía interiorizado que vivía en un mundo con errores pero estable, con la mayor parte de los países en paz, con iniciativas de solidaridad para conservar la naturaleza y la salud, y que eso del progreso hacia un mundo mejor era una letanía creíble.
El revolcón a la cómoda estabilidad de Europa, que infantilmente creíamos Xanadú.

El juego con la vida de millones de personas, directa o indirectamente, por tres personas encumbradas al poder con la conciencia de una serpiente y con elevadísimos rasgos de psicopatía (Putin, Trump, Munsk), sin olvidar los malvados con menor radio de acción (Kim Jong-un, Corea del Norte; Teodoro Obiang Nguema, en Guinea Ecuatorial, y otros reyezuelos sanguinarios que por desgracia me llevarían a una larga lista de dictadores de derecho o de hecho) y que me hacen rogar por una especie de motín del Bounty para desalojarlos del mundo.
La inestabilidad e incertidumbre de la economía (no nos matará, pero nos quitará el sueño y los sueños). No podemos ser tan inocentes de pensar que viajando en la misma barca, los agujeros en la madera que están en otro lado, nos salvarán del hundimiento.
La percepción de que los valores se han devaluado e impera una conducta propia de la egoísta y desenfrenada carrera de los ñus en el desierto del Kalahari (sálvese quien pueda)
Y como no, la vertiginosa deriva de la tecnología e inteligencia artificial que nos lleva a donde nadie podría pronosticar, pues me temo que “la inteligencia natural”(la que por cierto, también va a la baja con los años) no puede competir con aquélla.
Es aquí donde recuerdo la frase del periodista francés Michel Bosquet que decía que
A la humanidad le ha llevado treinta siglos tomar impulso, y apenas le quedan treinta años para frenar ante el precipicio”.
Y mira que quiero ser optimista, pero me cuesta…

Decía la canción de Víctor Manuel –«Todo lo que amo»–:“Que paren el mundo, que me bajo…”, pero creo que esta es una visión suave, pues más realista es sentirnos jinetes de rodeo cabalgando el toro de la vida, que nos sacude, corcovea, gira y …muy posiblemente nos arrojará al suelo con contusiones …. o algo peor (en Texas suele decirse que los jinetes de rodeo nunca se jubilan… ¡no alcanzan la edad de jubilación!).
Pero hay que levantarse del desánimo, del pozo y de la amargura. Admito que a veces me siento como Cary Grant en «Con la muerte en los talones», película de Hitchcock, cuando corre en campo abierto, perseguido por una avioneta fumigadora y sin tener donde esconderse.
Sin embargo, comparto con el que fuere también gran director de cine Billy Wilder, en cuya boca se pone la siguiente confesión de su última etapa, «He comprendido que la nostalgia puede ser seductora, pero también muy peligrosa. Mirar al pasado no es una buena manera de vivir la vida que te queda».
Por mi parte, soy de los que piensan que, para protegernos de esta sobrecarga de cruel realidad, además de esforzarme en ser indulgente con los errores ajenos y los propios (difícil) bien está mostrar coraje anímico para mirar de frente el cambio y hacerlo con un toque de humor (fácil), y así sacar partido del absurdo, quizá una de las pocas armas para luchar contra las adversidades de la vida. Que no nos falte. A remar, amigos…no queda otra
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Taal cuál. La Vida sólo es un viaje de ida. Lo contrario, es empezar a morir. Abrazo
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