
David venció a Goliat. No hay que despreciar a los enemigos pequeños. El ejemplo vivo me lo brinda lo sucedido en mi finca. El picudo rojo, un pequeño escarabajo, ha anidado en una de las dos palmeras de mi finca, y poco a poco, ha herido de muerte a la palmera más grande, más sólida, de grueso tronco y que llevaba treinta años sin molestar a nadie. Mi palmera fénix o palmera canaria. Alta y con copa orgullosa, pero que prestaba acogida amistosa. De vez en cuando caía una hoja vieja, los dátiles colgaban vistosos, proyectaba una sombra maravillosa, prestaba cobijo a nidos…
El resultado del ataque del escarabajo ha sido que hemos tenido que cortar la palmera y eliminarla para que no se contagie a la otra. Y, como no, un enorme coste en euros, y cuando digo enorme, digo el suficiente coste para maldecir al picudo rojo y a quien lo haya traído desde Asia a mi finca asturiana.
Las cosas están así hasta que dejan de estar. Una versión doméstica de la primera ley de Newton, “todo cuerpo permanece en reposo o movimiento, hasta que una fuerza lo cambia”. Por ejemplo, digámoslo en poesía para suavizarlo: «Sea por un soberbio pelirrojo como presidente/ sea por un traicionero picudo rojo/ los dos generan congojo/ y truncando la paz y mi palmera inocente».

Así y todo, tengo que extraer simples enseñanzas:
- Podemos planificar nuestra vida, pero las sorpresas acechan.
- A veces el criminal gana (escarabajo) y los buenos pierden (la palmera)
- Nos encariñamos hasta de cosas y plantas, a veces más que algunos humanos que no lo parecen.
Mi palmera era una buena maestra, porque me enseñó a ser tolerante y flexible (pues ella aguantaba vientos y tormentas, a base de su tallo esponjoso); me enseñó el valor de tener una buena base formativa y de principios (pues las palmeras precisan unas sólidas, anchas y profundas raíces para mantenerse derecha y soportar la pesada copa de ramaje); me enseñó a desprenderme de lo accesorio para mantener lo principal (la palmera iba despojándose de sus ramas dañadas para mantener la vitalidad de la copa y florecer); y me enseñó a fijarme objetivos y no dispersarme ( pues las palmeras son monocotiledóneas ¬– un tallo principal y no acumulan anilllos de crecimiento como otros árboles) y crecen del brote hacia arriba en una sola dirección).

Y como no, me enseñó que nada es lo que parece, porque aunque creemos lo contrario, las palmeras no son “árboles” sino plantas ( ni su tronco crece a lo ancho toda su vida, ni tiene ramaje a media altura). Y como no, me enseñó que hay que prevenir antes de lamentar, porque la verdad, no me percaté a tiempo de que estaba siendo asediada por el escarabajo, aunque ahora he tomado medidas con la otra palmera (vacunarla, que por cierto, no es gratis).
Así es la vida, me ha tocado pensar en mi palmera, como Manolo Escobar pensaba en su carro, aunque lo de “mi” es una ficción, porque la palmera vivía su vida y jamás mantuve con ella otro diálogo que la mirada agradecida a su sombra y admiración por su majestuosidad.
Sobre esto, me vienen a la mente los conocidos versos de Rubén Darío, que son estremecedores sin pensamos en ellos, línea a línea:
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Descubre más desde Vivo y Coleando
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

¿Saben cuántos tipos de palmeras existen? ¡2600 especies! Todas son joyas naturales. Aúnan belleza, elegancia y ornamento. Con cosmética, medicina y alimento. Y, por si fuera poco, sirven de material de construcción (techos y estructuras), artesanía y moda.
Son ejemplo de convivencia (acogen, sustentan y protegen a aves, primates e insectos y éstos, a cambio, dispersan y expanden sus semillas y facilitan la polinización), sostenibilidad y cómo soportar los embates. Salvo los de la mal llamada «civilización». Esa que, movida por el veneno de la codicia, la impudicia, el desenfreno y el libertinaje, se desplaza impunemente por el mundo llevando como polizones a asesinos en serie (picudos rojos).
En nuestro país existe una catedral gigantesca de palmeras datileras formada por más de 200.000 ejemplares. Responde al nombre de El Palmeral de Elche. Y en el año 2000 fue declarado Patrimonio de la Humanidad. Su origen se remonta a los fenicios y los romanos. Pero, fueron los árabes, los que, con sus avanzadas técnicas de cultivo y riego, le dieron esplendor y desarrollo y convirtieron en símbolo de riqueza y estatus social para nuestros hermanos ilicitanos.
Esta señora de los vientos, esta garza de la llanura, esta columna fija que -parece que- camina, esta contorsionista imposible, esta mecedora solitaria es también… POESÍA.
LA PALMERA -de Leopoldo Lugones-
LAS PALMERAS de Pedro Antonio de Alarcón
Me gustaMe gusta
Aquí en Canarias ese maldito bicho ha causado estragos entre nuestras preciosas palmeras. Una auténtica lástima.
PD: la palmera se ha ido, pero sus enseñanzas quedan 😉
Me gustaMe gusta
¡Hola! Creo que ha habido un error cuando dice «las palmeras no son árboles sino plantas». Pienso que quería decir «sino hierbas» (gigantes).
¡Me sorprende que hayan palmeras canarias en Asturias! Es una región biogeográfica muy diferente.
Muchas gracias por sus reflexiones
Que tenga un buen día
Me gustaMe gusta