Reflexiones vigorizantes

Inmersiones saludables de cuerpo y alma

Siempre me ha llamado la atención la ceremonia del bautizo por inmersión en agua. Creo que pretende la limpieza y la renovación del creyente.

Una sensación similar intenté otorgar a mi primer baño playero de este año (23 de mayo). Un día soleado en una playa limpia encerrada entre montañas. El Aguilar (Asturias).

Se trataba de zambullirme en el mar después del período duro de la pandemia, de un contexto político preocupante, de una sensación propia de la edad en la que tiempo y salud se escapan por el mismo sendero. En suma, si la rana huye del peligro saltando a la seguridad de la charca, yo huía del ruido para adentrarme en el mar.

  No creo en horóscopos, sortilegios ni rituales de velas. En cambio, me parece un regalo disfrutar de un domingo soleado con mis hijos pequeños, en una hermosa playa; o sea día de descanso, con la naturaleza en todo su esplendor. ¿Qué más se puede pedir?

Es verdad que tuve la ocasión maravillosa de hacer esnórkel en Colombia, en aguas cristalinas, corales brillantes y peces increíbles. Heráclito decía aquello de que “nadie se baña dos veces en el mismo río”, y creo que excluyó al mar deliberadamente, porque realmente todos los mares son el mismo, un manto líquido que cubre tres cuartos de la tierra.

Ahora estaba al borde del agua con mis polluelos. Era fácil sospechar que el problema de entrar en el agua requería algo más que avanzar hacia ella. No había un solo bañista en el agua salvo cuatro surfistas bien equipados con trajes de neopreno. No había que ser un lince para comprender que el agua estaba dispuesta al gusto de pingüinos y focas, no de homínidos.

Así que ahí estamos frente al mar, en bañador y con mirada de respeto,  la representación de la familia Chaves: mi hijo Alex (13 años), mi hija Lara (12 años) y el menda. Buena ocasión para mostrarles el valor de los retos, la importancia de ser consecuente ( para eso habíamos ido), el fin justicia los medios, ¿somos hombres o ratones?, etcétera.

Así que, sin retroceder, el agua nos recibió: primero, Lara, luego Alex, y finalmente el general, como en la guerra.

El agua estaba gélida y turbulenta. Cortaba. Sumergirse propiciaba una reflexión breve propia de los tibetanos: me sentía rodando dentro de una lavadora de sal, juguete de las fuerzas de la naturaleza, desafiando las leyes de la gravedad…Una sensación maravillosa.

Tras la primera zambullida, para escapar del doloroso pinchazo del frío, deseaba caminar sobre las aguas como Jesucristo en el lago Tiberíades, pero tras las sucesivas zambullidas, llegó al sentimiento plácido en el que paradójicamente, se siente más calor en la parte sumergida que la que está fuera del agua expuesta al aire.

Sobre todo, era agradable salir angustiado a la superficie para comprobar lo gélido del aire y volver a zambullirse para notar lo frío del agua. El corazón palpitaba aceleradamente para mantener la temperatura corporal; los pulmones buscaban ampliar su capacidad persiguiendo oxígeno; la piel se sentía masajeada por sal y ondas y disfrutaba de la hidratación global. El estrés semanal se iba por el sumidero del océano. Músculos y huesos se amoldaban al vaivén.

Del frío congelador pasé al frío abrasador. Estaba disfrutando de un momento mágico. Nada que ver con el baño en piscina cubierta o jacuzzi. Solo con el océano, sin gobiernos, móviles, interferencias, ni tonterías. El hombre y la naturaleza abrazados en el mar.

Pensé en lo curioso que en la evolución de las especies tenemos huellas de un pasado acuático como los ojos húmedos o el surco entre labios y nariz, aunque la demostración más clara la ofrece el eslabón encontrado de algunos besugos y merluzos con cuerpo humano, que los hay y pueden reconocerse por su intolerancia y majadería.

Duró poco el ritual marino, pero la dosis de autoestima de salir hacia la arena era enorme y valiosa.

Otros acudirán a psicólogos, expertos en coaching, los oídos de un camarero, el apoyo de un amigo paciente, la pareja… A mí bastó mi inmersión playera para regenerar la confianza en mí mismo y mejorar mi estado de ánimo en las turbulencias actuales. Por algo decía Platón aquello de “Lava el mar las dolencias de los hombres”.

Es cierto que algunas experiencias marinas serán penosas como el divertido relato del novelista Jerome K. Jerome (Tres hombres en una barca, sin contar al perro)-1889-:

una enorme ola me coge haciéndome caer sentado en una roca – colocada a este solo efecto, — y antes de poder prorrumpir en un “ay” tan enérgico como doloroso y comprobar los “perjuicios” sufridos, la ola regresa, llevándome casi a alta mar, me esfuerzo frenéticamente en ganar la orilla, preguntándome si volveré a ver mi hogar y mis amigos; me arrepiento de no haber sido más bueno con mi hermanita cuando chico (quiero decir cuando era niño), y en el instante en que abandonaba toda esperanza, resignándome a lo irremediable, otra ola se retira dejándome sobre la arena igual que un caracol marino. Me pongo de pie, y mirando en torno a mí hago el triste descubrimiento, ¡triste para mi amor propio!, de que estaba nadando frenéticamente para salvar mi vida en cuatro palmos de agua. Vuelvo a regresar a la pata coja, me visto y llego a casa, fatigadísimo y cabizbajo, caminando con la elegancia de un cangrejo, aunque afirmando, naturalmente, que he tomado un baño delicioso.

Pero yo no tengo queja. El baño ha sido sano y gratificante. El día maravilloso y la compañía inmejorable. El agua envolvente. Otro día tocarán baños de bosque y mente azul, pero hoy tocó zambullida de fusión con el líquido elemento.

Y ahora sí, ya puedo seguir sintiéndome más cerca de los cuarenta que de los ochenta.

Así que seguiré aprovechando esa bendición de playas maravillosas asturianas en régimen de gratis total, dato importante ya que me temo que algún día cobrarán impuestos por bañarse en la playa, o limitarán el acceso por la cacicada de turno,  o se descubrirá un virus dañino en el medio acuático, o quizá triunfe algún grupo radical que defienda los derechos fundamentales de los granos de playa o las algas… Mientras ese momento llega…¡ Al agua, humanos!

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