Encrucijadas vitales

Limpiando el trastero de nuestras vidas

Ayer dediqué la tarde a limpiar mi enorme trastero, un local de garaje cerrado, con cientos de objetos que fueron allí hospedados en la idea de usarlos algún día del futuro, pero que realmente jamás llegaría la ocasión. Tiene razón el refrán británico: «Lo que guardes durante más de un año sin usarlo, tíralo sin miedo».

Los seres humanos tenemos una fuerza centrífuga hacia todo lo que nos rodea en afán de poseerlo y no perderlo. En el caso de la memoria, intentamos fijar sucedidos y datos relevantes, pero antes o después, sucede como con los trastos viejos, se evaporan, y lo más curioso es que a veces olvidamos cosas pero nunca seremos conscientes de que las hemos olvidado… ¡precisamente por eso!.

Un punto de encuentro de la memoria perdida y los objetos “jubilados” de nuestra vida son los trasteros. A la vista de los trastos, nuestra memoria rememora el pasado.

Mi trastero había que limpiarlo porque había colapsado. Cada vez que entraba en él, me preguntaba para mis adentros ¿es normal que venga más a traer que a llevar objetos?, ¿cuando fue la última vez que me fue útil el descenso a los infiernos del trastero?, ¿utilizaré algún día esa bicicleta estática o debo seguir engañándome?, ¿brotará algún tipo de vida de esta cochambre?, ¿padezco el síndrome de Diógenes?…

Allí dentro estaban los cuadros que no figuran en las paredes de mi hogar actual pero que decoraron mi vida en anteriores residencias: una marina con su barquito eternamente anclado, dos cuadros abstractos para todos menos para su autor, dos láminas enmarcadas de películas de Chaplin, un cuadro en relieve de madera de un marinero en plena borrasca (que tuve la paciencia de portear desde el mercado londinense de Portobello hasta Oviedo), varios grabados de autor (cuyo nombre no tengo grabado, pero si un certificado expedido por un desconocido cuyo nombre nadie certifica…)… Y dos esculturas que intentan emular por sus mutilaciones a la Venus de Milo, y cómo no, algunos jarrones que alguien con mal gusto me regaló y no tuve la valentía de tirarlos de inmediato.

También contabilicé cuatro bicicletas pequeñas, dos patinetes, un saltador, unos treinta muñequitos (la mayor parte mutilados), cochecitos y cachivaches apartados porque su luminosa tecnología dejo de hacerlos funcionar, rompecabezas descabezados, etcétera.

Sacos de dormir, tienda de campaña y colchoneta incluida (polvorientos y carcomidos), dos aspiradoras que expiraron, bolsas de ropa y zapatos que se guardaron por un “por si acaso” que nunca llegará, dos cafeteras que nunca madrugarán para su dueño, dos impresoras apartadas porque costaba más repararlas que renovarlas, tres ordenadores que nada ordenan, un televisor con pantalla más gorda que los ordenadores, y la adquisición más acusadora de mi ingenuidad: dos esquíes con bastones flamantes tras un único y aterrador uso.

Y libros, muchos libros, sobre todo de derecho. Aquí tuve que “hacer de tripas corazón” y acometer una labor similar a la que acometieron el barbero y el cura con los libros del Quijote, así que puse en la lista negra de la eliminación los que no estaban actualizados, los que estaban deteriorados o víctima de hongos, los que eran malos de solemnidad, o los que ya encuentro en formato electrónico…

No quise salvar del naufragio algunas cosas que podía vender por internet, ni siquiera llamar a quienes podrían revender algo en el rastro, pues bastante tiempo había dedicado a custodiar los objetos en este sarcófago urbano como para perderlo negociando miserias. Comprendí la simplicidad de la cultura japonesa cuando se aferran a los objetos que tienen un significado personal y un propósito actual, porque si no lo tienen, pero los guardamos, se convertirán en fuente de culpa y vergüenza que nos mantendrán anclados en un pasado que no volverá.

En esta misión propia de Savonarola, cuando quemaba en Florencia en el siglo XV lo que representaba la vanidad humana (“vanitas vanitatis”), conté con dos ayudantes de lujo (mis dos hijos de 11 y 12 años) a los que aproveché para ilustrar sobre la necesidad de valorar las cosas, de no comprar alegremente por los anuncios o folletos atractivos, de los que no tenían nada que tirar porque desgraciadamente nada poseían o lo poco que tenían lo utilizaban (y sermones similares porque yo había sido un buen ejemplo).

El caso es que los pequeños me acompañaron en tres viajes consecutivos porteando cosas con mi vehículo atestado en forma inverosímil, hacia el punto limpio, o centro de residuos público, en las afueras de la ciudad, donde nos aguardaban más personas que habían ido a enterrar retazos de su memoria.

Allí se quedaron mis cosas que en su día fueron útiles o deseadas y hoy día ya no sirven a su amo. En el caso de los objetos del trastero, no tengo remordimientos porque no tienen alma ni personalidad (o eso creo) aunque tienen la ventaja de que muchos se beneficiarán de esa especie de reencarnación que es el reciclaje, y lo que eran vetustos e inútiles trastos volverán como flamante metal, celulosa de papel o pasta de plástico que cobrarán forma de objetos nuevos y útiles, que finalmente desembocarán en otro trastero, como en un ciclo eterno.

Lo cierto es que me queda un sabor agridulce, e incluso trágico. Lo dulce porque se ha limpiado y eliminado lo inútil, sucio o imperfecto, y me inunda una atmósfera de renovación. Lo agrio porque nos da la sensación de haber traicionado a objetos que fueron nuestros fieles servidores sin protestar en el pasado. Y lo trágico porque cada día que pasa siento que me aproximo más al destino de los objetos de trastero.

1 comentario

  1. Las cosas de nuestro pasado son como educadores que nos forman como los océanos forman a los continentes: retirándose. Si las aguas no se retiran no hay continente.

    Sin embargo, la tentación es que sigan anegando. Pero, guste o no, sin ese retroceder de las aguas, seguimos estancados e inundados, no evolucionamos, ni llegamos a alcanzar el grado progresivo de desarrollo, responsabilidad y autonomía que en cada momento exige nuestra vida.

    La acumulación de cosas viejas acaba encharcando nuestras vidas y hogares, al ser fuente de desorden, energía ya agotada, pensamiento negativo y melancolía (de la mala), perturbando nuestro bienestar personal y bloqueando nuestra energía vital. Es por ello que debemos actuar de forma realista, sí, pero generosa y agradecida, también, con estos objetos: sea dándoles una segunda vida a través de su regalo (versión Toy Story) o reciclaje; bien otorgándoles el descanso definitivo que merecen (aún cuando en la despedida se nos escape alguna lágrima); ya manteniendo aquellos que conservan vida útil, y, por tanto presente, para nosotros.

    PD. Cuando leo siempre busco encontrar…una chispa emocional, una sorpresa, un arrebato, un escalofrío. Hoy, el tono de la narración de su aventura -submarina- al pasado, a través de su visita a objetos antiguos humanizados -que tiene amontonados en su trastero-, me ha enternecido. Pero, en especial, la frase “dos cafeteras que nunca madrugarán para su dueño” me ha pellizcado y conmovido.

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