Claves para ser feliz

Cosas que aprendí de las mascotas de mis hijos

miraLo confieso: hace unos días compré tres hámster rusos para mis niños de 8 y 9 años. Uno para cada uno de ellos y otro “de repuesto”.

No me gustan los animales en cautividad pero tranquilicé mi conciencia pensando que si no los compraba su destino no sería mejor.

Además su adquisición fue fruto de una dura negociación en que me negaba a comprarles un perrito (se ve que el perro de peluche que les compré no les satisfacía y mi propuesta de un perro disecado no les hizo gracia).

También ayuda que son baratos, que se entretienen solos y que, con garantizarles agua y comida, no estás esclavizado para pasearlos. De hecho, no conseguí engañar al dueño de la tienda de animales pues intenté infructuosamente cambiar mis peques por los hámster.

serpienteBromas aparte, tampoco tenía argumentos frente al poderoso precedente de “nuestro hermano lo tuvo”, afirmación que incluso se quedaba corta en su desarrollo pues Adrián, quien ahora tiene 17 años, tuvo como mascota en casa los siguientes animalitos: tortugas de agua (inolvidable cambio de la pestilente agua), tortuga de tierra (protagonizó con éxito la gran evasión en el jardín), hámster (cuyo ruidillo nocturno sacaba la agresividad del vecino a relucir), ratones de laboratorio (ni sentían ni padecían), un jerbo (fue devuelto a la tienda de animales por su agresividad), peces (por cierto, uno de los dos falleció y lo sustituí hábilmente por otro sin que se percatase el peque), un conejo blanco (abandonado por su tamaño en el campo para que se hiciese amigo de algún zorro hambriento), un pato (en la terraza, el mayor productor de excremento que he conocido) y un corderito (este lo tenía en la casa de la Bañeza, regalado por un pastor ya que su madre no lo amamantaba), sin olvidar las tres gallinas que anualmente adquiría al inicio del verano y que al fin del mismo eran donadas para el día de acción de gracias… de gracias por el regalo.

O sea, que Frank de la jungla podía aprender mucho de mí.

De estas gallinas solo contaré la anécdota cierta de que me sugirieron los vecinos que además de darle buen maíz los primeros días, había que estimular a las gallinas para que pusieran huevos colocándole otro huevo como reclamo; y así lo hice…¡ y funcionaba! Ponían un huevo cada día, pero lo mejor fue cuando le dije a los niños en la primera ocasión que fuesen a comprobar si habían puesto huevos, al tropezarse con el huevo comprado en el supermercado y acariciarlo con arrobo, les hice notar que habían avanzado tanto las cosas… ¡que los huevos recién puestos llevaban ya impresa la fecha de caducidad!

Menos mal que tales animales fueron sucesivos en el tiempo porque su atención simultánea me hubiese generado un complejo de Noé, además de problemas para regularizar el zoo casero.

Lo cierto es que ahora tengo tres pequeños inquilinos en una jaula (heredada del malvado jerbo) en una vivienda en la ciudad. Veamos sensaciones y reflexiones.

Son tres hámster enanos, y lo primero que indagué es el origen de tal palabra, así que gracias a wikipedia me enteré que son originarios de Siria y que el nombre “hámster” viene de una palabra alemana muy antigua “hamstern” que traducido significa “tesoro” (por lo dorado) aunque también significa “acaparar” (por su costumbre de acumular cosas). ¡Buen comienzo!

hamster_sleep-300x300Son tres hembras (por aquello de que “macho y hembra pronto se convierten en multitud”) y con imaginación mis peques las han bautizado como Daisy (nombre de pata novia de Donald), Lila (nombre de flor con inaccesible mérito para denominar a un roedor), y Rambo ( nombre de evocación varonil donde los haya).

Y debo confesar que son muy útiles.

  • Me permiten educar a mis peques en algo vivo y espontáneo, alejado de las pantallitas y maquinitas tecnológicas.
  • Se educan en la responsabilidad de cuidar y atender a otros seres vivos, lo que es mucho.
  • Me ofrecen un nuevo incentivo o castigo: “Si hacéis… compraré para la jaula…”, o “Si no…. devolveré los hámster”, etc.
  • Me ofrecen una maniobra de distracción frente a las rabietas de los peques: “¿Qué fue eso? ¡Algo ocurre con los hámster… ¡rápido!
  • He podido simular el estado de alarma en mi vivienda cuando Daisy protagonizó la huida correteando por los pasillos en pos de una libertad truncada por una garra de niño sonriente.
  • Me mantienen alerta como un comanche porque cuando creo que estoy solo tecleando en el ordenador suelo sobresaltarme al escuchar ruidos, mordisqueos y agites, hasta que me percato que no son extraños sino mis pequeños roedores.
  • Me enseñan, cuando dan vueltas incesantemente a la rueda, que no están tan distantes de las rutinas que los humanos asumimos.
  • Me enseñan, cuando duermen por el día y se lanzan a actividad frenética nocturna, que no están tan distantes de los hábitos de los adolescentes.
  • Me enseñan, cuando se limpian, asean y lamen, que son mas higiénicos que muchos seres humanos.
  • Me enseñan, cuando les veo tan vivos dentro de la jaula, que quizá los seres humanos estamos en esa jaula que es el globo terráqueo y quizá desde algún lugar somos el juguete o mascota de algo o alguien. Si mis hámster no pueden imaginar ni concebir que hay unos seres grandotes con ruido que les controlan, quizá los humanos tampoco podemos concebir que somos juguete de algo muy grande.

En fin, sé que tendrán compañero por tres años, y luego ya veremos como le explico la razón de que no se muevan. Hoy día, Adrián sonríe cuando me dice: “Ahora comprendo, papá, porqué cuando preguntaba por mis mascotas y me decías que estaban en el veterinario, nunca regresaban”.

Para finalizar, y hacerles esbozar una sonrisa, contaré un chiste con un hámster de protagonista.

pianoUn individuo desastrado y con gabardina llega a un bar y le pide una cerveza al camarero pero como no tiene dinero, le propone que le salga gratis si le puede mostrar algo insólito. El camarero acepta y entonces el cliente saca un hámster del bolsillo derecho, que corre hasta el final de la barra y salta al teclado del piano donde toca una melodía hermosa. El camarero le invita, y nuevamente le reta el cliente por la segunda cerveza, lo que acepta. Entonces saca una rana del bolsillo derecho la pone en la barra y comienza el batracio a cantar con maravillosa voz. Un cliente al extremo de la barra le ofrece 3000 euros por la rana y el cliente se la vende. Cuando se ha ido el comprador con la rana, el camarero le reprocha haber vendido tan extraordinario animal, y replica el cliente: “No se preocupe, el hámster también es ventrílocuo”.

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