La metamorfosis, la novela de Franz Kafka, arranca con estas palabras: «Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto».
Esa es la sensación que he tenido hoy a primera hora, cuando he escuchado las noticias. Los que nos creíamos seres humanos, los civilizados protagonistas del mundo, somos simples insectos en medio de un caos.
Me entero que Donald Trump, que no es un particular, sino el gobernante más imprevisible y necio del mundo, manifiesta que el único límite a su poder es su propia moral (lo que es preocupante, porque algo me dice que su “conciencia” no coincide con la moral o ética general, y que confunde “conciencia” con “instintos” (más bien “bajos instintos”) .
Por si fuera poco, Vladimir Putin, tampoco es un particular, sino el discípulo más aventajado de su predecesor Iván el Terrible (zar brutal, despiadado y paranoico). Aquí, no hay problema de conciencia, porque me temo que no tiene, ni le importa.
En medio, estamos las ovejitas, unos cientos de ciudadanos de estados medios, que intentan sobrevivir con la ilusión de que todos somos buenos, y podemos vivir felices y en paz.
Para que no existan equívocos, al igual que a Julio César le traicionó su fiel Bruto, en este caso, a la Unión Europea le aguarda la traición del gobierno de EE.UU., que le presiona, amenaza y se permite afirmar que Groelandia será suya, sí o sí.
Por eso, cuando me despierto me siento un insecto, que poco puede hacer más que voltearse, avanzar pasito o pasito, y soportar que le fumiguen, aplasten, o encierren.
Insecto que puede revolotear en su pequeño mundo feliz, en torno a las rebajas, Netflix, Eurovisión, vacaciones todo incluido, o celebrar un año nuevo que poco tiene que celebrar.
No descarto que realmente no somos insectos, sino que puede que todo sea un mal sueño o pesadilla. El problema es que la pesadilla dura, y resulta demasiado real. No está bien que si la vida es corta («el sueño de una sombra», como decía el poeta Píndaro), buena parte de ella se pase en medio de una pesadilla.
El gran problema es que cada día que pasa, la alegría de vivir mengua, porque no sabemos que será de nuestro futuro, ni del de nuestra familia, ni de nuestro país. Nada bueno para la próxima generación. No hablamos del cambio climático, que es una amenaza constante y con la que convivimos, sino de una guerra mundial de efecto devastador e indiscriminado. Era convincente la sencillez con que el filósofo Blaise Pascal afirmaba hace tres siglos que «¿Puede haber algo más estúpido que el hecho de que un hombre tenga derecho a matarme porque vive al otro lado del río y su gobernante tiene una disputa con el mío, aunque yo no me he peleado con él?»
¿Qué hacer? Lo triste es que, como los pasajeros de un buque en medio de la tormenta, poco podemos hacer más que esperar. Solo queda el refugio de los estoicos: no preocuparse por los problemas que no puedes resolver, si está fuera de tu mano. Aunque algo se puede hacer. Poco, pero importante, quejarse con la palabra y no caer en la trampa del frívolo cálculo: “Ya pasará y con suerte no me pasará nada”, “Al fin y al cabo, que un gobernante decida por todos y ponga orden en el mundo, no está mal”, “Siempre hubo guerras y dictadores”, “Peor está la política interna”, etcétera….
No. Ni hablar. Eso son frivolidades. Lo suyo es seguir lo que el filósofo Bertrand Russell aconsejaba en su viejo libro, titulado “Realidad y ficción” (Aguilar, 1967) que compré en una librería de viejo.
Primero trazaba con sencillez un panorama sombrío, pero que resulta demasiado actual y mucho más inquietante (lo escribió en tiempos de la “guerra fría” y ahora hay “guerra palpitante”):
Estudiemos lo que probablemente ocurriría la primera semana de una guerra mundial Es probable que Nueva York, Washington, Londres y Moscú resultasen completamente destruidas. Quienes sobreviviesen a las bombas se morirían de hambre, y el gobierno ordenado sería sustituido por la violencia anárquica. Todos los grandes estados se desintegrarian, tal y como se desintegró Roma en el siglo V. Los Estados Unidos, la Europa occidental y China sufrirían una verdadera catástrofe, y nada surgiría de ella de cuanto deseasen sus gobiernos.
Ante ese escenario, que deja claro que en ninguna guerra hay vencedores, sino un puñado de supervivientes, finalmente recomienda:
Si usted aprecia a sus amigos, a sus hijos o a las espléndidas realizaciones de que los individuos y las naciones han demostrado ser capaces, es deber suyo – mejor dicho, es prerrogativa suya– protestar de cuantas maneras es posible que resulten eficaces. Es probable que usted sufra actuando de esa amanera. Pero aún sufriendo, usted podrá conservar una profunda felicidad, que no es accesible a los prósperos ingenieros del desastre.
En suma, no podemos vivir aletargados, ni aparcar la reflexión o sana crítica; nada de vivir como el avestruz ignorando que todo puede estallar a su alrededor. Debemos ser conscientes del enorme regalo de la vida en una civilización avanzada, y que está sacudido por intereses y negras sombras. Seré ingenuo, pero creo que como ciudadanos debemos hacer oír la voz ante los gobiernos, y conseguir activar las alarmas de todos los Estados de segunda fila, de los que no tienen bombas nucleares, y que las instituciones internacionales salgan de su ninguneo y debilidad.
No sé si la solución pasa por un rayo fulminante de accidente o enfermedad que inhabilite a los locos con poder demoníaco (por desgracia, el número de estúpidos con acceso al poder tiende a infinito).
O si pasa por un cataclismo o pandemia tan brutal que deje en segundo plano la lucha territorial y de intereses (me temo que desde la ayuda de Jehová a los hebreos frente a los egipcios con las epidemias y el Mar Rojo, la humanidad no está en la agenda de ningún dios).
O quizá en este contexto brote una personalidad arrolladora, cautivadora, con sensatez y liderazgo, que consiga reconducir la histeria colectiva y hacernos mejores (hay voces valiosas de mentes claras, pero su vida se apaga cuando representan amenazas para el poder).
O quizá nos acostumbremos a vivir en zozobra, como decía la letra de una vieja canción “agotados de esperar el fin”.
Quizá cada generación recibe su dosis de realidad soportando una guerra. Me temo que no hay dos sin tres y la tercera guerra mundial está llamando. Es verdad que podíamos vivir felices sobre un análisis de probabilidades de confrontación nuclear y aliviarnos pensando que son reducidas, pero nada tranquilizaría que algún analista ni político minimice el riesgo , cuando ningún economista ni gobernante fue capaz de anticipar las crisis económicas inmobiliarias, ni la pandemia, ni mucho menos pudo nadie aventurar que Estados Unidos se confesaría aliado de Rusia. Nadie lo pronosticó. y nadie puede garantizar que no existirá una contienda global a corto plazo.
Es más, hay gobernantes y militares que no solo la esperan sino que la anhelan y la ven inevitable, y por supuesto ayuda poco saber que los gobernantes que tienen “el gatillo fácil” tienen más de 70 años y mal carácter (Putin, Trump, Xi Jinping).
En fin, cuando suceda algo terrible, demoledor y grave, no nos consolará decir que «ellos empezaron primero», ni «se veía venir».
Me encanta la lucidez con que advertía Albert Einstein del riesgo de las guerras:
No sé con qué armas se librará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta Guerra Mundial se librará con palos y piedras.
Quisiera compartir risas y alegrías, pero lo siento. Hoy tocó ser pesimista, y creo que tenía razón quien decía que “un pesimista es un optimista bien informado”. Ojalá me equivoque, y ojalá que ante el estruendo de las primeras bombas, pueda decir: ¿Qué ha sido eso?
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«En tu lucha contra el mundo, apóyate en el mundo.» — Franz Kafka
Hoy, querido José Ramón, ante tu poderoso desahogo —tan lúcido como sombrío— me veo, casi sin quererlo, en la incómoda tarea de hacer de abogado del diablo. No, no he elegido esta causa, pero me toca defenderla porque representa el espíritu de esta casa. Vivo y Coleando siempre ha tenido como faros la positividad —incluso en los peores momentos—, la alegría —sostenida por la ironía cuando todo se tuerce—, la esperanza —qué seríamos sin ella— y el contraste de pareceres y de lectores, su verdadera riqueza. Por fidelidad —a su autor, a la publicación y a quienes la leen— alguien debe intentar defender por esta vía ese espíritu y ese equilibrio editorial: eso es, al fin y al cabo, lo que nos has enseñado.
Cuando trato de aportar otra visión no lo hago desde un optimismo ingenuo, sino a partir de hechos concretos que a menudo pasamos por alto. Mientras algunos líderes tensan el mundo, millones de personas lo sostienen desde frentes mucho más decisivos: científicos que comparten hallazgos con países enfrentados y logran avances que salvan vidas; profesionales de la salud que, día tras día, empujan los límites de lo posible; ingenieros y técnicos que diseñan soluciones para un planeta más habitable; jóvenes que exigen futuro; ciudadanos que votan, protestan y vigilan; voluntarios que ayudan sin esperar nada. Y, sobre todo, esa mayoría silenciosa que se levanta cada mañana para trabajar, cuidar, estudiar, resistir y construir una vida un poco mejor que la del día anterior. No son gestos menores: son la red que mantiene la civilización en pie cuando la política flaquea.
Y tampoco estamos tan indefensos como a veces parece. Frente a los gobernantes imprevisibles no hay escudos perfectos, pero sí mecanismos que, aunque funcionen con irregularidad, siguen operando: instituciones que resisten por estructura e inercia, tribunales que introducen límites cuando ya no queda margen, parlamentos que discuten, una opinión pública que presiona a su manera, instituciones internacionales debilitadas pero aún presentes, y sociedades civiles que, pese al cansancio, no se dejan arrastrar del todo. No es un sistema admirable, pero es el que tenemos, y a veces basta para evitar que un mal momento vaya a peor.
Por eso, cuando tú ves insectos indefensos, yo quiero ver personas que, aun sintiéndose insignificantes, siguen actuando. Personas que no se resignan. Personas que, como tú al escribir y como nosotros al debatir o al comentar, se niegan a aceptar que el futuro lo dicten unos pocos. No podemos evitar todas las tormentas, pero sí decidir cómo atravesarlas. Y ahí está nuestra fuerza: en la palabra que ilumina, en la crítica que incomoda, en la ironía que engaña al miedo, en la alegría que resiste y en la esperanza que empuja. En seguir vivos y coleando, incluso cuando el mundo parece torcido y a punto de desmoronarse.
Don Pedro Muñoz Seca, autor de la divertidísima La venganza de Don Mendo, momentos antes de ser fusilado, pronunció unas palabras que aún estremecen: “Podéis quitarme todo… menos el miedo”. Ese miedo, cuando se transforma en impulso y no en parálisis, es precisamente lo que debería movilizarnos y ayudarnos a evitar el desastre.
«En tu lucha contra el mundo, apóyate en el mundo.» — Franz Kafka
Hoy, querido José Ramón, ante tu poderoso desahogo —tan lúcido como sombrío— me veo, casi sin quererlo, en la incómoda tarea de hacer de abogado del diablo. No, no he elegido esta causa, pero me toca defenderla porque representa el espíritu de esta casa. Vivo y Coleando siempre ha tenido como faros la positividad —incluso en los peores momentos—, la alegría —sostenida por la ironía cuando todo se tuerce—, la esperanza —qué seríamos sin ella— y el contraste de pareceres y de lectores, su verdadera riqueza. Por fidelidad —a su autor, a la publicación y a quienes la leen— alguien debe intentar defender por esta vía ese espíritu y ese equilibrio editorial: eso es, al fin y al cabo, lo que nos has enseñado.
Cuando trato de aportar otra visión no lo hago desde un optimismo ingenuo, sino a partir de hechos concretos que a menudo pasamos por alto. Mientras algunos líderes tensan el mundo, millones de personas lo sostienen desde frentes mucho más decisivos: científicos que comparten hallazgos con países enfrentados y logran avances que salvan vidas; profesionales de la salud que, día tras día, empujan los límites de lo posible; ingenieros y técnicos que diseñan soluciones para un planeta más habitable; jóvenes que exigen futuro; ciudadanos que votan, protestan y vigilan; voluntarios que ayudan sin esperar nada. Y, sobre todo, esa mayoría silenciosa que se levanta cada mañana para trabajar, cuidar, estudiar, resistir y construir una vida un poco mejor que la del día anterior. No son gestos menores: son la red que mantiene la civilización en pie cuando la política flaquea.
Y tampoco estamos tan indefensos como a veces parece. Frente a los gobernantes imprevisibles no hay escudos perfectos, pero sí mecanismos que, aunque funcionen con irregularidad, siguen operando: instituciones que resisten por estructura e inercia, tribunales que introducen límites cuando ya no queda margen, parlamentos que discuten, una opinión pública que presiona a su manera, instituciones internacionales debilitadas pero aún presentes, y sociedades civiles que, pese al cansancio, no se dejan arrastrar del todo. No es un sistema admirable, pero es el que tenemos, y a veces basta para evitar que un mal momento vaya a peor.
Por eso, cuando tú ves insectos indefensos, yo quiero ver personas que, aun sintiéndose insignificantes, siguen actuando. Personas que no se resignan. Personas que, como tú al escribir y como nosotros al debatir o al comentar, se niegan a aceptar que el futuro lo dicten unos pocos. No podemos evitar todas las tormentas, pero sí decidir cómo atravesarlas. Y ahí está nuestra fuerza: en la palabra que ilumina, en la crítica que incomoda, en la ironía que engaña al miedo, en la alegría que resiste y en la esperanza que empuja. En seguir vivos y coleando, incluso cuando el mundo parece torcido y a punto de desmoronarse.
Don Pedro Muñoz Seca, autor de la divertidísima La venganza de Don Mendo, momentos antes de ser fusilado, pronunció unas palabras que aún estremecen: “Podéis quitarme todo… menos el miedo”. Ese miedo, cuando se transforma en impulso y no en parálisis, es precisamente lo que debería movilizarnos y ayudarnos a evitar el desastre.
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