Reflexiones vigorizantes

Tener bastante para ser bastante feliz

Personas queridas me preguntan qué quiero de regalo de reyes. Mi respuesta suele ser: «Nada. Tengo lo que necesito». Al final acabo sonriendo bobamente ante los regalos recibidos, más complacido por sentir que importo a alguien, que por su utilidad.

En cambio, mi hija menor con sus diecisiete años es un volcán de peticiones todas encabezadas con un “Lo necesito…” seguido de un “te lo juro, papá”, y algún amago de rebeldía bajo el consabido chantaje sentimental: “Nunca me compras nada”.

No recuerdo que de pequeño fuese un niño ambicioso pidiendo regalos. Para nada. Era feliz con pequeñas cosas porque tenía pocas cosas, eran pequeñas y frágiles. No me cautivaban por entonces, ni en la adolescencia ni en la madurez, eso de las marcas, las tendencias, las modas de influyentes. No me podían cautivar porque no las podía comprar, así que de nada me servía quererlo. Tampoco ansiaba nada extravagante. Me gustaba más “estar” que “tener”. Estar en la calle, estar divirtiéndome, estar participando de una charla o juego, estar presente, estar observando…

Creo que es un regalo de la vida el que no tenga incluida de serie la mano extendida, ni suplicante, ni la rabieta interna por no tener algo, ni la envidia a flor de piel por cosas materiales. Es verdad que hoy día tengo muchas cosas, pero ninguna es imprescindible ni tan valiosa que figure entre los objetivos de las bandas de ladrones. Lo que tengo, está pagado o está pendiente de pago, y si no lo tuviese, no sufriría gran cosa.

En cambio, poseo pequeñas y baratas cosas, como son libros y más libros; y muñecos chiquitines, y cedés o videos, y barajas de cartas, y miles de archivos con escritos que nunca se publicarán… Y paro de contar. O sea, que mis adicciones cuestan poco y no hago mal a nadie.

Por eso el otro día, viendo una película de Netflix (otro lujo “barato” que me permito) me impactó una frase que le dirige una persona humilde a otra soberbia:

– Al menos yo tengo algo que tú no tienes.

– ¿El qué?– repuso desafiante.

– Al menos yo tengo BASTANTE.

Esa es la clave. Tener bastante. Porque no todos tenemos el mismo umbral a partir del cual nos plantamos y consideramos que tenemos bastante. El que no tiene bastante, por mucho que gane más dinero, tenga más poder o coleccione más cosas que no disfruta, siempre será un personaje interiormente insatisfecho y enfermo. Un estúpido galgo que persigue una liebre mecánica.

En cambio, los que tenemos bastante, –nuestro “bastante” nos parece mucho con los tiempos que corren y con las penurias de tanta gente–, nos sentimos felices.

Por eso, no soy arrogante si digo que no necesito nada, porque claro que necesito algo: necesito amistad, amor, compañía, debate intelectual, placeres artísticos, etcétera. Lo que no necesito son cosas materiales. Es más, comprendo la respuesta de esa pieza viviente de arqueología humana que es Keith Richards (78 años), cuando le entrevistaron y le preguntaron: ¿Y usted donde quiere estar el año que viene?.

Respondió: «Sencillamente quiero estar, y no me importa dónde».

Con la edad uno comprende eso de que resulta mas importante que “tener” lo de “ser”. Es cierto que si llegan fechas de regalos y alegría, me devuelve a la cara amarga de la realidad la noticia de esas cuarenta personas fallecidas en el centro de esquí de Suiza, la inquietante guerra de Ucrania o los rescoldos de Gaza, o esos titulares espeluznantes de accidentes o violencia doméstica y/o callejera que hasta en navidades afloran… Sin embargo, eso no debe llevarme al pesimismo y tristeza sino al contrario, a intentar salvar del naufragio de la condición humana, lo está en nuestra mano… Debemos salvar nuestro pequeño circulo familiar y social, y sentir el efecto benéfico de la sonrisa, la palmada, el reencuentro, la llamada, el recuerdo… Qué pequeñas cosas, tan inmediatas y accesibles, poseen tan benéfico impacto.

Sí, decididamente, tengo bastante con pocas cosas. Creo que el reto de la vida es saber fijarse metas y límites en la vida y conseguir “bastante” (o si se quiere, “suficiente”). Por eso, me encantaría conseguir comprender lo que resulta bastante en cada etapa de mi vida y alcanzarlo: no más, pero tampoco menos. Fijarse los propios niveles de bienestar es irrenunciable y no debemos jamás sucumbir a las que nos marcan los demás. Somos los timoneles de nuestro destino y hacemos bien en escuchar, pero mal en aceptar acríticamente lo escuchado.

Se trata de luchar por conseguir “bastante” de lo que necesitamos para mirarnos al espejo y sentirnos satisfechos. Ser bastante bueno en el trabajo. Ser bastante tolerante con los demás. Ser bastante responsable. Ser bastante modesto sin ser falso, y ser bastante soberbio sin ser vanidoso. Ser bastante delgado para no arrastrar peso indebido y ser lo bastante gordo para tener reservas energéticas. Ser bastante limpio y elegante sin caer en la extravagancia ridícula. Ser bastante saludable para atarse los zapatos por sí mismo y poder moverse sin ayuda. Ser bastante memorioso para recordar lo bueno y olvidar lo malo. Ser bastante generoso. Ser bastante social para tener un puñado de teléfonos de amigos a los que llamar o de los que recibir llamadas, sin cita previa. Ser bastante honesto para reconocer los errores. Ser bastante firme para no estar donde no se quiere estar ni con quien no se desea estar. Ser bastante valiente para decir “basta” cuando te quema la sangre, hierve el corazón o sufre la razón.

Lo único de lo que no tenemos bastante, pero todos lo percibimos tarde, es… tiempo. Lo único que no se compra, regala ni da lotería. Lo único por lo que el más rico del mundo daría todo su patrimonio. Y pese a ello, seguimos siendo pésimos administradores de nuestro tiempo…

Se entiende muy bien el epitafio que decían lucia la tumba de Alejandro el Magno, en Alejandría:

Una tumba ahora le basta a quien no le bastó el mundo.

En fin, le deseo que los reyes magos le traigan bastante… o si no se lo traen, que considere usted que ya tiene bastante. Por lo pronto, yo tengo bastante con valerme por mí mismo ahora para irme a tomar un café y leer el periódico, sin prisas. El tiempo sin reloj, la imaginación libre y de momento, ningún dolorcillo molesto. Tengo bastante. Más que suficiente.


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2 comentarios

  1. “Lo que es suficiente siempre llega a tiempo» —John Berger—

    Sí, José Ramón, “tener bastante” y saber hasta dónde alcanza para vivir bien es un privilegio silencioso, pero también una habilidad que no todos desarrollamos al mismo ritmo. Más que un umbral natural, es una conquista: algo que se aprende —o se desaprende— con los años, los golpes y las renuncias.

    A veces ese “bastante” no es cantidad, sino una sensación de equilibrio: la tranquilidad que no hace ruido, los vínculos que sostienen, el tiempo que no se escapa, la salud que permite vivir sin sobresaltos y un propósito que orienta. Es como un semáforo en ámbar que te invita a detenerte un instante antes de decidir si esperar o cruzar: ese punto de claridad donde sientes que la vida deja de empujarte y empieza a acompañarte.

    Ese “bastante” es profundamente humano porque es imperfecto, frágil y muy cercano. Se construye a base de pequeños gestos y presencias que importan, y de ser nosotros mismos y estar donde nos corresponde sin perdernos.

    Sin embargo, no es estático. Lo que hoy basta, mañana puede no ser suficiente; lo que ayer parecía imprescindible, hoy puede pesar. Por eso el “bastante” se mide en lo que somos capaces de sostener sin desbordarnos y en lo que dejamos atrás cuando ya no encaja con nosotros.

    Tu reflexión apunta a un “bastante” que libera, pero también delimita. Marca el punto en que uno deja de compararse y empieza a reconocerse. Al final, el bastante no es un destino, sino una forma de caminar con cierta normalidad por la vida, procurando que esta no sea ni ancha ni estrecha, ni un empedrado ni una cuesta continua, sino un camino razonablemente propio y llano.

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