
Me he puesto un acolchamiento en la barriga.
He abultado la papada.
He apagado el brillo de mis ojos.
He puesto unas gafas de cristal ancho.
He realzado los coloretes del rostro y algunas manchitas en la piel.
He trazado unas arrugas en frente y pómulos.
He alargado levemente la nariz y las orejas.
He espolvoreado el pelo con motas blancas.
He encogido mis músculos.
He adoptado una pose levemente encorvada.
He abierto los pies al estilo pingüino.
He encanecido las cejas.
Y he sembrado de pelos insolentes las orejas y la nariz.
Camino con lentitud.
Llevo un pastillero y uso billetes y monedas, además de un móvil que infrautilizo.

Menos voltaje al corazón.
Menos cara de asombro y hago como que soy duro de oído.
Menos atención a lo que dicen los políticos o la prensa, o cualquiera que no me interese.
Simulo olvidarme de los nombres… que olvido realmente.
Adoro los ascensores y espacios sin gente.
Me molestan colas, tumulto, ruido y caos… y los idiotas.
Adopto gesto de “no te cruces en mi camino”.
Para estar mejor en el papel, no me rodeo de chicas jóvenes, ni voy a conciertos, ni tomo copas de madrugada ni de tarde, ni piso discotecas, y en general no me gustan las juergas que no se ajustan a mi horario, ganas o cartera.
Para estar más acorde con mi nuevo personaje, en vez de entonar “canciones protesta” entono “canciones próstata” como decía Javier Krahe.
Me ha llevado cuarenta años ponerme este disfraz de señor mayor con algo de sobrepeso. Lo peor es que no puedo quitármelo. Aquí está la foto comparativa de antes de disfrazarme y después.

Me pregunto dónde se habrá ido ese joven, dispuesto a cambiar de opinión, dispuesto a aprender, dispuesto a luchar contra todo, dispuesto a vivir intensamente. Con mirada altanera y pose chulesca, para comerse el mundo. Y el mundo se lo ha comido a él, o quizá se lo ha comido ese de la tercera edad con camisa de tinte hawaiano.
¡Albricias! Finalmente he encontrado la manera de quitarme el disfraz: rodearme de buena gente, no perder de vista el valor de la familia, seguir entusiasmado por pequeñas cosas y cómo no, adoptar una actitud de reciprocidad en cuanto a a amistad y amor. Se reduce a dos mandamientos: primero, vive y deja vivir; y segundo, estar «con» y «dónde» quiero estar en cada momento. Esta sencilla fórmula me proporciona el combustible de alegría por seguir cumpliendo años… aunque sea “la edad de los daños”.
Descubre más desde Vivo y Coleando
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Querido José Ramón:
Tu texto comienza chancero y distendido, dibujando con trazos vivos un peculiar retrato de ti mismo: hay gracia en la caricatura, exageración deliberada en cada detalle físico y una autoparodia que convierte el inventario de achaques en un catálogo cómico, pero también en un gesto de valentía: adelantarse a la risa ajena con la propia.
Plantea la madurez como especie de disfraz carnavalesco que uno se pone con esmero para poder transitar, casi de incógnito, por nuestra cada vez más esperpéntica vida.
Sin embargo, pronto descubrimos que esa capa de ironía, lejos de restar hondura, abre la puerta a una lectura más tierna y lúcida: la de alguien que sabe mirarse con distancia y con la seriedad del que no acaba de tomarse en serio.
Lo que aflora, bajo esa máscara grotesca, es una verdad más honda: sí, el cuerpo se encoge, pero la mirada se expande; sí, la memoria falla —o finge hacerlo— en los nombres, pero acierta en lo esencial. Ese joven que parecía dispuesto a devorar el mundo ha cambiado en la foto, pero no ha desaparecido: se ha transformado en alguien que lo saborea con más precisión y ahora prefiere la intensidad de un sorbo a la voracidad de un banquete.
Y en ese tránsito de la sátira al lirismo, demuestras que la edad no es solo pérdida, sino también paladar, resistencia, conciencia, selección y, sobre todo, descubrir —no dar por supuesto— quién y cómo eres hasta lograr acabar siéndolo: más pulido, más formado, más afinado por el tiempo.
Logras que el lector no vea solo el disfraz del señor «mayor”, sino la inteligencia de quien lo describe con gracia y la libertad de quien, al final, se sabe aceptar, querer y, cuando toca —gracias al humor—, soportar.
La edad no se presenta como condena, sino como semilla de una juventud distinta: la del espíritu que no caduca, la que convierte el paso del tiempo en cosecha, en memoria fértil, en alegría que aún germina. Todo eso, al final, se refleja en tu escritura.
Gracias, como siempre, por tu semanal regalo.
Me gustaLe gusta a 1 persona