
Venía de frente por la acera. Hice como que no le veía. Levantó la mano y fingí hablar con el móvil. Se plantó frente a mí y esbozando una sonrisa me espetó el inquietante: ¡Cuánto tiempo sin verte!
Y digo inquietante, porque solo los rinocerontes y los tornados van por ti, y si te pillan, date por fastidiado hasta que se detienen. Era un mero conocido, sin alcanzar la categoría de amigo, al que tenía etiquetado bajo una palabra tan ruda como expresiva: ¡Pelmazo!
Las pocas ocasiones en que habíamos coincidido, alguna compartiendo mesa, sufrí escuchando una catarata de majaderías, y la cortesía me llevaba a asentir con mirada vacuna, o sea, mirada perdida y deseo de levitar.
La palabra “pelmazo” es redonda, porque va más allá del simple charlatán. Pelmazo es el que da la “pelma” y los que tienen esta maldición deberían llevar un crotal, luz de alerta o sambenito, por el fuego acústico cargado de sandeces que son capaces de proferir a los colindantes.
La primera vez que comprendí empíricamente lo que era un auténtico pelmazo fue cuando se incorporó a nuestra pandilla de amigos de adolescencia un joven que llamaré Kotorro (no vaya a ser que deje de hablar algún día para leer esto), quien armado de una pipa de fumar (no sé si por esnobismo o para demostrar que podía cerrar la boca para fumar), nos hablaba sin venir a cuento de la segunda guerra mundial, de la diferencia entre los guisantes y los altramuces, de la ignorancia de la gente que no sabía que la tierra era plana, de que las hamburguesas americanas provocaban control mental, o de su régimen alimenticio, etcétera. Sabía de todo y más, y lo explicaba sin que nadie le preguntase. Además escupía al hablar y si no guardabas la distancia de seguridad clamabas en tu interior por una mascarilla o paraguas.

Recuerdo que era tal la palabrería que la cabeza nos daba vueltas y el grupo de amigos nos pasábamos su compañía como una moneda falsa, hasta que descubrimos otro con su misma habilidad, y pudimos colocar a la cobra parlanchina y la mangosta cotorra en la misma jaula.
En su descargo diré que no era mal chico, y que no fabulaba pues se creía lo que decía, pero era un peligro, y me temo que sus padres se sentían liberados cuando lo soltaban a la calle. Afortunadamente (para él) tuvo una una novia, de la que llegamos a pensar que tenía algún padecimiento auditivo o, sencillamente, la magia del amor que oculta los defectos del amado.
Hace muchos años que no le veo (felizmente), y quizá está en algún programa policial para hacer hablar a los delincuentes bajo la amenaza de que él siga hablando.
Disculpen la tabarra sobre este personaje, que me ha salido en legítima defensa por lo sufrido. Después la vida te va colocando como las tormentas que te sorprenden, ocasiones en que alguno te da la tabarra.
A veces es un amigo pelmazo que cuenta con el salvoconducto de la amistad (¡para eso es nuestro amigo!).

En cambio, hay pelmazos acechando como el zorro a las gallinas, como cuando conversas con alguien que acabas de conocer en el tren, en una fiesta o en la sala de espera del médico, por ejemplo. Puede que la conversación sea sencilla, breve y no invasiva, lo que es normal, pero puede que una de las partes confunda la cortesía como una autorización para el volcado de los pensamientos y emociones. Eso es realmente grave y molesto, y muy embarazoso para quien desató la verborrea ajena, si no puede huir con presteza.
Ahora bien, no debe confundirse hablar demasiado, o sea, ser parlanchín, con ser pelmazo. Este último es el parlanchín molesto e insoportable.
El pelmazo que cuenta con atenuante es el que comparte contigo su obsesión personal. Es el que se comporta con su conversación como una avispa que pica una y otra vez, que revolotea hablando sobre el mismo tema, y que aprovecha cualquier circunstancia para traerlo a colación. Suele encajar en este tipo de pelmazos los que sufren decepciones amorosas, o frustraciones de promoción laboral o derrotas deportivas, en que la mente rumia su desesperación y queja y se desahogan compartiéndolo.
En cambio, el pelmazo que cuenta con agravante es el que habla incesantemente de cosas desagradables. Se trata de que disfruta contando chismes, vertiendo críticas y malas noticias. No molesta tanto por la cantidad, como por la calidad de lo que dice. Se tolera poco su presencia porque resulta tóxica y quien lo escucha quiere aire puro y dosis de optimismo.
Y cómo no, está el pelmazo porque le han hecho así, que agota porque toma la palabra y no la suelta pues no entiende el carácter dual o multilateral de una conversación.
Todo el mundo recuerda las intervenciones políticas de la última etapa de gobierno de FIDEL CASTRO, que le llevaban a exponer discursos por varias horas, mientras el auditorio se evadía hacia otros mundos. O la célebre interrupción del entonces Rey JUAN CARLOS quien, en 2007, en la XVII Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado, espetó en plena diarrea expresiva de HUGO CHÁVEZ, aquello de: “¿Por qué no te callas?”.

El pelmazo olvida que la conversación es bidireccional e incluye los ojos, las sonrisas, los silencios y el respeto. Por eso, el pelmazo es fuente de problemas para los demás y para sí mismo.
Para los demás, porque no entienden una mirada, un gesto, ni una interrupción deliberada o desviación de tema. Ellos siguen su hora de ruta hacia lo que les ocupa.
Para sí mismo, porque le acompaña el virus del aburrimiento ajeno. Una vez identificado, los conocidos y amigos huyen de ellos.
Así que, querido lector, si hablas mucho de ti mismo (o de lo que nadie te ha preguntado), y ves que los demás callan con los labios apretados, y te dedican una mirada que cruza lo fulminante y lo lastimoso, considera seriamente la posibilidad de que estás siendo un pelmazo. Me incluyo, por supuesto.
En todo caso, para prevenir, basta que tengamos en cuenta que cuanto más hablemos, más probabilidades tendremos de decir tonterías, y muchas más de agotar a los demás… Insisto, me incluyo en los obligados a refrenar la lengua y no me extiendo más porque ya veo que están leyendo esto con labios apretados, mirada fulminante y cara de pena…
Para provocar una sonrisa, nada mejor que recordar la respuesta de Buba, el compañero afroamericano de guerra de FORREST GUMP (1994), cuando éste le pregunta por la empresa de sus sueños?. Le responde con las recetas de su ansiado restaurante mientras su amigo pacientemente le escucha….
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Para prolongar la sonrisa: https://youtu.be/e0pgMAgxU6g?feature=shared
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Don Pelmazo fue un personaje popular de las décadas 50 y 60 del siglo pasado, creado por el historietista Raf (Joan Rafart i Roldán, autor también de Sir Tim O´Theo) para la editorial Bruguera (Pulgarcito, DDT, Olé, Mortadelo). Por su carácter y modo de actuar presentaba similitudes con Don Cloroformo (de Nadal), con Don Polillo y con el inolvidable Abuelo Cebolleta (ambos del gran Vázquez). Se inspiraba en un familiar del autor. Era alto, calvo, con bigote y nariz alargada y vestía abrigo, bufanda y sombrero (en los últimos tiempos bastón o paraguas). Aparecía siempre dando interminables paseos, de lo cual se deducía que carecía de oficio, para provocar encuentros casuales con quien fuera (conocido y desconocido). Y, una vez interceptada la víctima, le «regalaba» extensas y pesadas peroratas (conocimientos y opiniones) concluidas con consejos que, llevados a la práctica, acababan en desastre.
Si siempre se dijo que más vale tonto callado que listo pesado, con los pelmazos esa verdad se duplica. Los pelmazos no soportan el silencio. Da igual lo que puedan saber (o ignorar) sobre determinado/s tema/s porque son in-so-por-ta-bles. No paran de hablar (aunque sea para explicar lo simple lo obvio o lo que a nadie importa, o para repetirse), no dejan hablar (para poder debatir o contrastar lo que dicen) y no escuchan (al emboscado retenido). Su camino oratorio es una tortura pues su discurso nunca se detiene y acaba taladrándonos el cerebro. Por eso sus encuentros suelen ser fatídicos.
Hay pelmazos que alcanzan la categoría Premium. Dentro de la misma se encuentra una variedad bochornosa (extremadamente egocéntrica, autocomplaciente y temeraria) que cree saber más que cualquier profesional con el que se topa y se permite el lujo de corregirle. Como no oyen (ni ven, ni entienden), no son conscientes de que sus rebuznos caen por el precipicio del disparate y se escuchan hasta en la luna. Si los has detectado (no es difícil) contén toda respuesta racional a lo que dicen (les dará igual y dilatará la incómoda situación), y, por el bien de tu seguridad, salud y supervivencia y la de los que dependen de ti y te quieren, huye despavorido inventándote cualquier excusa.
Están, por último, los matrimonios y las parejas de hecho de pelmazos. Aquí la igualdad es absoluta. Por extraño que parezca suelen llevarse bien (cuestión distinta es si tan condición solo la tiene uno de los afectados) y muestran capaces de construirse una vida en común basándose en el respeto mutuo y… ¡la sordera recíproca! Sin embargo, este tipo de unión es peligroso para el resto de la sociedad. Razones de convivencia, interés, seguridad y salud públicas abocan sin remedio a su rechazo social. Por eso se encuentran abocados a la clandestinidad, a vivir aislados y/o a la caridad y beneficencia de amigos y buenas personas. Y es que nadie deja tirado a un amigo (o a una pareja de amigos) por el hecho que sea un pelmazo. Aunque a veces, francamente, no sea por falta de ganas.
P.D. Viñetas de Don Pelmazo https://www.bing.com/ck/a?!&&p=a01e7d0c65896270JmltdHM9MTcyODc3NzYwMCZpZ3VpZD0yNDliN2M5Yi0wNTkzLTY0MzAtMmQyYS02OThjMDRlMDY1NmQmaW5zaWQ9NTEyNw&ptn=3&ver=2&hsh=3&fclid=249b7c9b-0593-6430-2d2a-698c04e0656d&u=a1L2ltYWdlcy9zZWFyY2g_cT1kb24rcGVsbWF6bytyb2xsb3MrYStwb3JyaWxsbyZxcHZ0PWRvbitwZWxtYXpvK3JvbGxvcythK3BvcnJpbGxvJkZPUk09SUdSRQ&ntb=1
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