Claves para ser feliz

No nos falta tiempo, sino que lo perdemos

El pasado jueves tuve tres anécdotas sucesivas sobre el valor del tiempo que quiero compartir. El valor de “tu” tiempo.

Primera. A las 8:40 horas me persone en una oficina de la Caja Rural para abonar el recibo del IBI; la empleada me dijo que hasta las 9:00 horas no podía hacerlo. Le indique que era cliente de Caja Rural y que el cartel verde indicaba que para clientes el horario era de 8:30 a 14:00 horas, pero me dijo que «no para ese tipo de gestiones o pagos»; repuse que el cartel no distinguía y le pregunté si había algún problema técnico para el cobro en ese momento. Me dijo que el único problema era que no era posible incumplir la regla de la hora, y que “ si se da un paseo o toma un café y vuelve a las nueve, le atenderé”. Amablemente le indiqué que a esa hora tenía que estar trabajando, que faltaban ya solo quince minutos, que no había nadie esperando y que con buena fe podíamos solucionarlo. Nada, ni flores. Sé que solo eran quince minutos sin rumbo por la calle esperando que “la reina abriese la corte al pueblo” pero ese puñado de minutos son valiosos para mí.

Dado que no había ningún directivo ni otra persona para quejarme, quedé en volver al día siguiente de 9:00 horas a 11_00 horas (horario para “no clientes” pese a que soy “cliente”). La empleada había sido todo un prodigio de empatía, tolerancia y flexibilidad. Se ve que el “vuelva usted mañana” no es solo de la Administración. A veces tras esa rigidez, hay problemas personales, psicológicos o como alertaba Platón y expreso el denominado principio de Hanlon:

No debemos atribuir a la maldad lo que se puede explicar de forma simple por la estupidez.


Segunda. Ese mismo día tenía que decidir si asistía a media mañana a un plúmbeo acto oficial acartonado, cuajado de palabrería y datos inútiles, o acudir a la misma hora a una charla sobre “Inteligencia Artificial” a cargo del eminente ingeniero Ramón López de Mántaras en el Paraninfo de la Universidad de Oviedo. Sencillamente valoré en mi fuero interno, el coste de aguantar “rollos” frente al beneficio de “amenidades” alternativas; comparé situaciones en que no solo no se aprende nada sino que se “aguanta” impasible un acto (el tiempo parece transcurrir con lentitud) con situaciones en que se aprende con asombro (el tiempo pasa con rapidez).

Tomada mi decisión de rentabilizar mi tiempo, me encontré con un compañero al que pensaba acudir a la charla sobre inteligencia artificial y no a la charla de autobombo vacío; me sugirió que tuviese en cuenta que en “el acto plúmbeo” se ofrecería a su término un “vino español”. Ni lo dudé: Esaú se vendió por un plato de lentejas, pero yo no vendería mi tiempo por un “vino español”, a codazos luchando por una croqueta mientras haces cola por un vino y pones cara de circunstancias cuando hablas con quien no te importa.


Tercera. Ya presente en la charla de la Universidad, la hora transcurrió con velocidad, aplaudimos a rabiar el público que atestaba la sala. Cuando ya esperaba que se disolviese el acto, me encontré con que quien lo presidía expuso desde el Paraninfo que su corporación había otorgado un premio a un químico prestigioso y tras exponer sus sobresalientes méritos le dio la palabra, quien subió a la tarima y desde el atril, con bellas palabras agradeció el premio, y nos anunció que comenzaría su breve exposición sobre su trabajo que versaba sobre “las técnicas de capturas de CO2 en la atmósfera”, y que limitaría el tiempo de su charla por indicación de la presidencia a unos… 25 minutos. Me quedé aterrado. El tema seguramente era apasionante pero para un jurista como yo, el aluvión de tecnicismos serían como clavos en sarcófagos de tortura.

Transcurridos cinco minutos de exposición (que debo admitir fueron interesantes por su generalidad introductoria), cuando se disponía a continuar por los derroteros técnicos, me dije:«Ahora o nunca»; con lentitud, discreción y cabeza baja, salí del local, siendo observado por el público con ojos inquisitivos y tal vez críticos.

Sin embargo, me sentí feliz y coherente. La cortesía me llevó a esperar el momento oportuno y actuar con delicadeza en la huida, pero no a sacrificar media hora de mi tiempo, que seguramente emplearía en la meditación sobre otros temas (lo que sería poco respetuoso con el ponente, quien tiene derecho a que le atiendan y no a que los despistados levitemos). Al fin y al cabo, lo mismo hubiera sucedido si un químico tuviese que soportar una charla mía sobre derecho.

La moraleja radica en que, al igual que “tacita a tacita” o moneda a moneda, se ahorra para lo que interesa, si sabemos decidir sobre nuestro tiempo, conseguiremos no derrochar, o lo que es lo mismo, ganar tiempo para emplearlo en el cheque limitado de horas que es nuestra vida. Recordemos que se atribuye a la reina Isabel I (1533-1603) de Inglaterra cuando agonizaba en su lecho de muerte la frase: “Mi reino por un minuto más de vida”.


Es cierto que la vida está cuajada de compromisos sociales, personales y éticos que nos llevan a sacrificar el tiempo en cosas que no nos aportan o entretienen. Es un ineludible pago temporal: (i) por la leve carga de vivir en sociedad y actuar con civismo y/o cortesía; (ii) por tener principios éticos para hacer lo que debemos aunque no queramos. Sin embargo fuera de esa carga necesaria, hay muchos tiempos muertos, muchos tiempos perdidos, muchos tiempos en compañías o labores absurdas… Y ahí hay que aplicar el bisturí. De forma suave, elegante, pero implacable. Cortar lo sano. De no hacerlo, nos lamentaremos en busca del tiempo robado…

Téngalo en cuenta la próxima vez que decida ahorrarse el pago por el montaje de un mueble de iKea o un equipamiento para armar, o cuando caiga en la herejía de llevar el móvil encendido en parajes bellos y naturales, en conversaciones con gente interesante o en un ámbito cultural atractivo (en estos momentos mágicos, la llamada, el guasap, o el mensaje, son secuestradores de atención y de tiempo).

O cuando decida aceptar un compromiso con alguien del que al cumplirlo se arrepentirá (mejor que un rápido»si, por supuesto», es un vago «si acaso», «no lo descarto», «ya te diré»…). Un poco de serenidad y determinación para controlar lo que realmente debemos y queremos hacer cuando pasa «nuestro tiempo».


Tiene vigencia la frase de Séneca (“De la brevedad de la vida”):

No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho”


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