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Elegante maldición: la historia me absolverá

“La historia les juzgará antes de lo que creen y con más contundencia de la que imaginan”. Esta es la advertencia lanzada por el presidente del gobierno español a los grupos políticos que han rechazado la aprobación de los decretos de vivienda.

Al margen de connotaciones partidistas, es interesante detenerse en el uso de esta elegante maldición: “La historia te juzgará”, frase que habitualmente sirve como desahogo para quien sufre un daño y se siente víctima, frente a quien cree verdugo, sencillamente advirtiéndole que la cosa no quedará así, y que el dominante será castigado, como se demostrará algún día. La maldición encerrada en ese puñado de palabras es altamente efectiva porque encierra varios mensajes tácitos:

  • Comunica que la víctima está vencida pero no derrotada («derribado pero no destruido», variante bíblica).
  • Informa que «la venganza es un plato que se toma frío» (como enseñaron nuestros clásicos).
  • Advierte de un mal futuro, cuyo mensajero (el tiempo) no admite réplica, ni verificación experimental o desmentido. Nadie lo sabe.
  • Apela a una justicia poética, como el típico lamento contra el malvado de que “Dios da sin palo ni piedra”.
  • Es muy posible que al verdugo le importe un bledo, que solo le interese el presente. Incluso puede replicar que “La historia puede machacar más a la víctima” o acaso “Esa historia llegará tan tarde que ni verdugo ni víctima estén para comprobarlo”.

Lo cierto es que la frase puede funcionar y materializarse en algunos casos, pero no impide que, tras el juicio de la historia, deje malparado a alguien, o que exista una apelación silenciosa ante esa misma historia y que el tiempo vuelva a invertir la posición de víctimas o verdugos y así sucesivamente.

Hay casos que confirman la validez de este arbitraje del tiempo, como cuando se atribuye a Galileo su desahogo final ante la condena por afirmar que la tierra se mueve alrededor del sol: “Y sin embargo, se mueve”(pues finalmente la ciencia posterior lo confirmó).

También hay casos didácticos y menos honorables. Se dice que Fidel Castro fue quien acuñó la frase al defenderse en 1953 del asalto al cuartel Moncada, contra el régimen del dictador Fulgencio Batistas, concluyendo “Condénme, no importa, la historia me absolverá”. Sin embargo, realmente fue el maligno Adolf Hitler quien tras el fallido intento de golpe de Estado en la cervercería de Münich en 1923 afirmó vehementemente ante el tribunal que “Pueden condenarme hoy, pero la historia me absolverá” (fue más allá en su libro Mein Kampf -Mi lucha- con estilo más pomposo: “Los jueces de este Estado podrán hoy condenar nuestra acción, pero la historia, diosa de la verdad y de la ley, sonreirá cuando anule el veredicto»). Y ciertamente, la historia devolvió a Hitler los honores y deparó el máximo poder en Alemania (1933-1945), pero la misma historia justiciera se lo arrebató tras la segunda guerra mundial.

La pretenciosa frase “La historia me absolverá” (¡Cómo si importásemos para la Historia!) se manifiesta en su versión sencilla bajo la expresión “El tiempo me dará la razón”, que es muy útil para consolarnos cuando cometemos un error a ojos ajenos, y seguimos en nuestras trece, sin convencernos. Esta frase vale como perejil para todas las salsas y para expresar en voz alta que somos incomprendidos pero creemos estar en lo justo y que algún día se demostrará que los ignorantes o equivocados son los otros.

Que hemos perdido una partida o competición deportiva… El tiempo me dará la razón

Que hemos suspendido un examen o nos han rechazado para un puesto o cargo… El tiempo me dará la razón

Que nos da calabazas nuestro amor… El tiempo me dará la razón

Que nos rechaza la editorial la publicación de una novela… El tiempo me dará la razón

Que nos multan por aparcar mal… El tiempo me dará la razón

El problema del “tribunal del tiempo” es que nosotros podemos estar fuera del tiempo cuando llegue el veredicto. Me viene a la mente la conocida fábula con ecos en la obra Las Mil y una Noches, que versionaré del siguiente modo.

Un súbdito fue condenado a muerte por el rey, y como última palabra le planteó al rey: “si me perdona la vida ahora, me comprometo a enseñarle a hablar a su caballo en cinco años de entrenamiento”. La curiosidad del rey le lleva a aceptar el trato. Cuando otros presos le preguntan cómo pudo asumir un compromiso que jamás cumplirá, replicó: “en cinco años, o me muero yo, o se muere el rey, o derrocan al rey, o se muere el caballo. He ganado cinco años y multiplicado mis posibilidades de sobrevivir a ese plazo”.

O sea, no debemos nada por sentado, que el tiempo jugará sus cartas, sin que las maldiciones inclinen su balanza, ni a favor ni en contra. Nuevamente me viene a la cabeza uno de los pocos versos que aprendí en la adolescencia, de las Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre:

si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.

No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera

más que duró lo que vio,
pues que todo ha de pasar
por tal manera.

En fin, que no les gusta este artículo… Tranquilos, el tiempo me dará la razón 🙂


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1 comentario

  1. Resulta prudente desconfiar tanto de quienes aseguran que el tiempo les dará la razón como de quienes parecen disponer ya de la sentencia.

    Sobre todo cuando se trata de políticos y han demostrado una notable solvencia para faltar a la palabra, cambiar de opinión o eludir obligaciones institucionales tan elementales como presentar presupuestos, someterse a cuestiones de confianza o rendir cuentas con normalidad ante el Parlamento y la opinión pública. Conductas que difícilmente refuerzan la credibilidad y la autoridad moral desde las que pretenden impartir lecciones históricas.

    Lo llamativo de esta frase no es que invoque a la Historia como juez de los demás, sino la facilidad con la que algunos se presentan como sus intérpretes autorizados, como si la Historia les hubiera expedido una acreditación oficial para hablar en su nombre.

    Antes de repartir absoluciones y condenas convendría preguntarse de qué Historia forman parte y qué lugar ocupan en ella. No sería la primera vez que alguien se cree protagonista de una época y acaba convertido en una nota al pie de página o, con suerte, en un pie de foto. La Historia está llena de imprescindibles que resultaron ser fácilmente prescindibles.

    A ello se suma la creciente tendencia de estos pontífices de la verdad a confundir el aprendizaje del pasado con su reescritura para que encaje mejor en sus intereses y necesidades del presente. Una cosa es estudiar la Historia y otra muy distinta editarla.

    Por eso, cuando alguien proclama que la Historia juzgará a los demás, quizá la reacción más sensata sea preguntarse quién le ha filtrado antes la sentencia.

    Porque, aunque la Historia pueda juzgar, nadie la ha nombrado juez instructor imparcial ni portavoz oficial ni testigo privilegiado de sus deliberaciones. Y menos claro está aún por qué deberíamos aceptar que quien anuncia el veredicto habla en nombre de la Historia y no simplemente en defensa de sus propios intereses.

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