Claves para ser feliz

La claridad de mente a nuestro alcance

Todos viajamos mucho y solemos recordar la gastronomía y otras cosas terrenales. Sin embargo, hay. veces que una experiencia transciende y convierte el momento en huella inolvidable. Estuve esta semana en Fuengirola y un buen amigo se ofreció a mostrarme Benalmádena. Pero no la zona de turismo, de chiringuito, de vendedores, de turistas alemanes, de vida nocturna y del fin del mundo. No. Me quede asombrado al contemplar en plena ladera del monte, con vistas al mar, nada menos que una Estupa. Una visión fascinante.

¿Qué es una estupa? No se vaya a consultarlo a google ni a la Inteligencia Artificial. Confieso que yo tampoco lo sabía hasta que me la mostraron y la denominaron así. Una Estupa es un monumento budista tibetano.

Aquí puedo percibir su curiosidad y asombro:¿un monumento tibetano en Málaga?, ¿existirá en contrapartida una plaza de toros en el Tibet?

Allí, en pleno epicentro de un sol de justicia, un horizonte marino inmenso y una ladera majestuosa, se alzaba la Estupa de la Iluminación de Benalmádena. Confieso que me quedé callado (pese a lo difícil que me resulta) y me paralicé de emoción (no es frecuente).

Un templo en la Sierra de Mijas. Expondré rápidamente las curiosidades que me asombraron:

  • Se inauguró en octubre de 2003 gracias al al gran Maestro Budista de Bután, Lopon Tsechu Rinpoche (pariente del rey de Bután).
  • Es el monumento budista más grande de Occidente: más de 30 metros de altura.
  • Su estructura la indico el mismo Buddha para facilitar el acceso de los fieles: base circular, una bóveda, un pilar central de madera (o árbol de la vida”.
  • Está coronado por un pináculo dorado que brilla magnéticamente (simboliza el “árbol de la vida”). En su interior se guardan reliquias y mensajes de buenos deseos.
  • En su frontal elevado se muestra una imagen del Buddha en postura del loto.
  • De la base del pináculo, como tentáculos, arrancan banderas tibetanas con símbolos que esparcen las bendiciones y buenos deseos.
  • Su forma simboliza los cuatro elementos del universo: tierra, agua, fuego, aire y conciencia. No sé a que parte del monumento corresponde cada uno, pero como la imaginación es libre e impune, me atrevó a interpretar que quizá la tierra es la base, el agua es el interior, el fuego es el dorado pináculo, y la conciencia es lo que a los visitantes nos despierta).
  • Tiene una sala de meditación interna, con austeridad y colorido de escenas de la vida de Budda, donde aguardan curiosos altares, con fotografías de lamas reencarnados, cestos de frutas, y pinturas de vivos colores. Algo tiene la sala de elevado techo que rezuma paz, lentitud y silencio.
  • Los visitantes avezados suelen dar vueltas en el sentido de las agujas del reloj y recitar algún mantra o formular deseos.

Lo que me encantó sobremanera, es que representa lo que tanto nos falta a los no budistas: paz, prosperidad y armonía. Y que simbolice la “iluminación del Buda”, o sea la mente despierta. La clarividencia que alcanzó Gautama Buda, y que le permitió ofrecer infinidad de enseñanzas para los casi quinientos millones de budistas en el mundo; me gusta la sencillez y valor de su afirmación, que resulta especialmente válida para los tiempos actuales, de que

Tres cosas no pueden ocultarse mucho tiempo: el sol, la luna y la verdad.

Viene muy bien este oasis en un mundo donde todo fluye a velocidad de vértigo, donde la indignación brota a flor de piel y en que la verdad parece que está en paradero desconocido.

De hecho, parece ser que el emplazamiento de la Estupa requirió la presencia durante un año largo de varios lamas alzando los ojos al cielo, orando y meditando para determinar si el lugar de alzado era un punto de confluencia de energía positiva.

No hace falta ser budista para captar la belleza del lugar, la fuerza de la vida, la presencia de la bondad y la armonía. Se siente uno mejor consigo mismo y se aleja de la tecnología, de las ambiciones, de los afanes consumistas…. Una maravilla.

Se comprende su denominación como “estupa de la iluminación”, que sugiere la liberación de las perturbaciones y el pleno desarrollo de las capacidades mentales. No creo que lo consigamos todos los visitantes pero basta con la serenidad que proyecta y el respeto que invade el corazón, para que todo el mundo incluya la visita a tan prodigioso lugar.

Esa misma tarde, tuve una segunda experiencia cuasimística, pues aproveché que mi hotel de Fuengirola estaba cerca de la playa para acudir a darme un chapuzón. No entendía que al atardecer nadie se bañase, y los pocos que estaban en la playa se dedicaban a mirar el horizonte. El mar estaba revuelto con olas potentes, pero no me amilané (es lo que tiene ser asturiano, madurito e imprudente). Avancé apenas tres metros y superada la línea de flotación de la cintura, aguardé a pie firme que la ola pasase, y realmente pasó: pasó por encima, pasó de lado y pasó de mi, pues me arrojó rebotando al suelo arenoso hecho un ovillo. Arrojado como madero sin amo a casi un metro de la arena de la playa, con la dignidad herida, intenté luchar con Poseidón, y volví a la carga. Avance nuevamente hasta superar la cintura, y decidí aplicar mi técnica de surfear sin tabla, o sea, usando mi propio cuerpo extendiéndolo cuando estaba a punto de romper la ola. Ahí si que experimenté la iluminación. En unos segundos fui zarandeado como si estuviese dentro de una lavadora, golpeado contra el suelo, rebozado con la arena y devuelto a la orilla. El cuerpo y la dignidad maltrechos.

No habría tercera. Apliqué la enseñanza budista, aquello de que no debemos responder con agresividad frente a los problemas. Creo que era el taoísta Lao Tsé el que explicaba lo que Bruce Lee difundía: el agua no lucha contra la roca, sino que fluye a su alrededor y la desgasta; en mi caso, mi cuerpo no debería luchar contra el agua, sino jugar con ella. Así que, superé las olas alejándome de la costa y estuve nadando un ratito en paralelo a la playa sin problemas.

La moraleja que aprendí fue triple. Primero, una cura de humildad pues la naturaleza es poderosa. Segunda, tener presente el consejo del sabio griego Solón: «conócete a tí mismo». Y tercera, que no debemos luchar contra la corriente, ni discutir con los ignorantes, ni enojarnos con lo que no controlamos. Debemos adaptarnos a la situación y aceptar las fuerzas que no controlamos. Recordemos la resistencia pacífica de Gandhi o la de Nelson Mandela frente al Apartheid. Buenos ejemplos de que la flexibilidad, la paciencia y la astucia pueden superar la fuerza bruta.

No hay como aprender de los viajes y de las experiencias. Una bonita manera de sentirse vivo y poder comprender algo el sentido de la vida.


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1 comentario

  1. Recientemente preguntaban al gran escritor Eduardo Mendoza cuál era su peor defecto. Respondió: «Tengo mal carácter». El entrevistador, sorprendido, le replicó que no lo parecía, pues siempre se mostraba cortés y de trato agradable. Mendoza sonrió y remató: «Mi segundo peor defecto es la hipocresía».

    Viene esto a colación de tu afirmación, José Ramón, de que la verdad, como el sol y la luna, no puede ocultarse durante mucho tiempo.

    Perteneces a una categoría especial, todavía no catalogada oficialmente: la de los grandes captadores y compartidores -de curiosidad, experiencia, enseñanzas y conocimiento-, en contraposición a la muy señalada y perseguida de los grandes tenedores.

    Tiene mérito que vengas a Málaga para participar en un congreso y acabes encontrando belleza, significado y aprendizaje en rincones perdidos de la provincia que incluso muchos malagueños ignoramos o damos por supuestos.

    Creo que la verdadera iluminación de la que hablas no está en la estupa, en el mar, en las olas revolconas ni en las casas encaladas de la zona, sino en esa capacidad de detenerse, observar, callar, escuchar y dejarse sorprender.

    Ahí debería empezar todo viaje -físico, intelectual, relacional o cultural- para que merezca la pena.

    Y acabe en descubrimiento.

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