Siempre he leído como una bestia: atrapando, devorando y rumiando todos los libros que caían en mis manos desde que tuve “uso de leer”, o sea, pasé de la etapa del tebeo a la novelita y del “ojeo” al “hojeo” de libros en la biblioteca pública.
En aquellos juveniles tiempos, mientras me surtía semanalmente de varios libros de préstamo iba formando mi propio tesoro con adquisiciones en librerías de viejo.
Luego fui abandonando las visitas a la biblioteca y conforme aumentaba mi poder adquisitivo también aumentaban mis adquisiciones. Mas libros y más estanterías para alojarlos. Novelas, poesía, teatro. Todo caía bajo la “ley de la gravedad” de aprender, asombrarse y disfrutar. Bastaba con tener tiempo, asomarse a un libro y experimentar la magia de convertir letras en ronroneos de placentera lectura.
Tardes absorto en lectura, noches embarcado en pasar páginas y avivar el fuego imaginativo. En paralelo los estudios universitarios…
Ver la entrada original 1.606 palabras más