Claves para ser feliz

Cuando toca la lotería sin jugar

Un buen amigo me regale un billete de lotería para Navidad. Le comentó que ya me ha  tocado la Lotería. Y le explico, que me ha tocado…

Porque no viajaba en los trenes colisionados en Urda (Toledo)

Porque no era pariente de ninguna de las víctimas

Porque no he tenido que asistir a los heridos entre el amasijo de hierros en un escenario de pesadilla imborrable

Porque no he sido responsable directo ni indirecto al no estar trabajando para las empresas ferroviarias ni gestoras.

Porque los problemas de salud acechan y atacan, pero no matan

Porque familiares y amigos se mantienen a flote ( y yo que los vea).

Porque la situación del mundo es desesperada, pero no grave, pues nos hacevalorar más los buenos momentos del presente.

Porque me he encallecido tanto, que veo que la vida sigue y el tren de mi vida tras haberse detenido, recupera la velocidad…

En este trance, me vienen a la mente dos reflexiones de película.

Me viene a la mente el monólogo del veterano capitán Quint, en la película Tiburón (1975), cuando en la bodega de la embarcación, confiesa su experiencia en el barco Indianápolis a fines de la segunda guerra mundial, en que tras entregar los componentes de la bomba atómica, fue hundido por un submarino japonés en 1945, dejando unos 1.200 hombres flotando en el agua, hasta que los supervivientes comenzaron a aparecer tiburones.

Así cuenta en la película el impactado capitán tan estremecedora experiencia (que se basa en hechos reales):

No vi el primer tiburón hasta pasadas una media hora. Un tiburón tigre… de unos cuatro metros. ¿Sabe cómo se calcula eso estando en el agua, jefe? Se mide mirando la distancia de la aleta dorsal a la cola.

Lo que no sabíamos era que nuestra misión con la bomba era tan secreta que no se había enviado ningún aviso de socorro. Ni siquiera nos echaron en falta hasta una semana después.

Con las primeras luces del día, jefe, los tiburones empezaron a merodear, así que nos agrupamos en círculos cerrados. Era como esas viejas formaciones de infantería que se ven en los calendarios, como en la Batalla de Waterloo. La idea era que si el tiburón se acercaba al hombre más próximo, este empezaba a patalear, a gritar y a armar jaleo; a veces el tiburón se marchaba… pero otras veces no quería marcharse.

A veces, ese tiburón te miraba fijamente. Directo a los ojos. Lo malo de los tiburones es que tienen unos ojos sin vida. Ojos negros, como los de una muñeca. Cuando se acerca a ti, no parece que esté vivo… hasta que te muerde. Es entonces cuando esos ojos negros se vuelven blancos y… ¡ah!… entonces se oye ese terrible grito agudo. El océano se tiñe de rojo y, a pesar de todos los golpes y los gritos, todos acuden y… te despedazan.

Sabe que, para el final de esa primera aurora, ya habíamos perdido a cien hombres. No sé cuántos tiburones habría, quizá un millar. Lo que sí sé es cuántos hombres caían: una media de seis por hora.

El jueves por la mañana, jefe, me tropecé con un amigo mío, Herbie Robinson, de Cleveland. Jugador de béisbol, contramaestre. Pensé que estaba dormido; me estiré para despertarlo. Flotaba arriba y abajo en el agua, como una especie de peonza, boca abajo. Bueno… lo habían partido en dos por debajo de la cintura.

A mediodía del quinto día, un Lockheed Ventura voló bajo y nos divisó. Era un piloto joven, mucho más joven que el señor Hooper de aquí; el caso es que nos vio y, pocas horas después, un gran y viejo hidroavión PBY bajó y empezó a recogernos.

Y así parece ser la vida…Viajamos plácidamente hasta que sufrimos contratiempos e incluso algunos graves nos dejan “flotando en la incertidumbre” y no siempre todo va bien.

También me viene a la mente lo que los psicólogos llaman “efecto sliding doors”(efecto de las puertas giratorias) que se refiere a como una decisión menor, un retraso, un cambio de planes, puede cambiarte la vida. En la película «Dos vidas en un instante» (Sliding Doors,1998) la trama muestra las dos vidas alternativas y muy distintas, que aguardan a la protagonista -Gwyneth Paltrow- según llegue a tiempo o no, para tomar su tren de metro. Es así que, pese al tiempo que empleamos en planificar grandes decisiones (buen trabajo, viajes largos, adquirir lo soñado, atesorar fondos, etcétera), la gran decisión sobre lo que somos y nos importa, la toma el azar en forma de microdecisiones o incidencias fuera de nuestro control. Así que si usted pierde un tren o una reunión, o si se ve en un atasco, o sencillamente si se le derrama el café, quizá el inmediato fastidio se convierta en un potencial regalo del destino ( y a la inversa, claro, algo aparentemente bueno puede ser una ironía del destino).

Sin embargo, como enseñan los estoicos griegos, no hay que sufrir, lamentarse o responsabilizarse de problemas o situaciones que no podemos controlar.

Además, no hay que olvidar como dice la frase de la canción “Pacto entre Caballeros” de Joaquín Sabina, “a veces el diablo va y se pone de su parte”.

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