Claves para ser feliz

Las viejas melodías nos recuerdan lo vivo de aquellos días

Mi regalo de Reyes ha sido sencillo. He visto un anuncio en el periódico de reservas para asistir al espectáculo de Rod Stewart, en Madrid en julio de 2023.

Y digo un regalo, no porque vaya a ir, ya que es sabido que evito tumultos sino que me basta con evocar su recuerdo. Ni él ni yo somos los mismos de la época en que nos conocimos. No obstante, si el bueno de Rod se acerca por Oviedo, le haré un hueco en la agenda.

En efecto, para los que fuimos jóvenes atolondrados hace varias décadas (los setenta y ochenta), en tiempos en que apenas sabíamos balancearnos en las pistas de baile, en los que no solían verse especímenes con el pelo de colorines, ese cantante de voz rasgada (por cierto, igual que mi admirada Bonny Tyler) conseguía agitarnos cuerpos y mente. Sentirnos jóvenes. Captábamos sentido del ritmo. Nos aturdíamos tarareando melodías y estribillos.

Personalmente descubrí que no existían solamente los grupos de cantantes con que mi padre amenizaba los viajes en coche con casette de cinta que periódicamente se enredaba (Pekenikes, Los Panchos, Georgie Dann, etecétera).

  Además por entonces, yo chapurreaba lo que quería ser inglés (ahora, aunque parecía imposible, ni siquiera eso), e incluso me parecía admirable Tom Jones (por aquello de verle en Directísimo, de José María Iñigo, o en el programa televisivo de Nochevieja). Además picoteaba algo de los Beatles, e incluso de Elvis Presley, como quien descubre que existen tierras más allá del océano, pero lo de Rod Stewart me encandiló. Los Rolling Stone me quedaban grandes e incluso sobrecogían, pero lo de Rod Stewart se me hacía familiar. Un amigo “malote” y pillo que todos queríamos tener, y acompañarle en su danza tribal, en el desafío de su atuendo y estilo.

 Tampoco es que yo fuese un elegido, porque su éxito era universal. De hecho, cuenta con un récord mundial Guinness, pues en 1994, Rod Stewart tocó un concierto en Río de Janeiro para una audiencia de 3,5 millones de fanáticos. La multitud más grande que jamás haya asistido a un concierto musical.

 Rod me proporcionó una dosis de empatía y libertad, muy pequeña, pero suficiente para activar algunas neuronas y algunas hormonas. Ni me impulsó a drogas, ni a payasadas, ni a emularle en imagen, ni a colorearme el pelo o colocarme pantalones de leopardo ceñidos, pero reconozco que me lo pasaba en grande con su música de fondo.

Admito que aquel tipo que se movía por el escenario con su cabello puntiagudo, sonriente y ágil, me removía el deseo de vivir. No de vivir la noche, ni dede alistarme a la guerra, ni a la contracultura, ni de dedicarme a tocar por las calles, pero sí de vivir percibiendo la magia de los sonidos, la danza y el ritmo.

Afortunadamente el sarampión pasó. Fue muy fácil, ya que mi tribu de amigos eran tan duros de oído como blandos de garganta para libaciones etílicas, y yo no tuve educado el oído musical, ni tampoco sentía adoración por ningún cantante, ni fui capaz de tocar otro instrumento distinto de un buen libro. Mi mayor aproximación al género fue mi seducción por la serie televisiva Fame, cuyos personajes eran casi mi segunda familia.

 Pero ahora, cuando he visto que Rod Stewart sigue en los escenarios con 77 años, me he alegrado. Ambos llevamos compartiendo el mismo vehículo planetario girando más de cincuenta años. Ha sido como ver un viejo amigo, como volver la mirada al pasado y diciéndome para mis adentros: ¡Eh, tío, yo estuve ahí!,¡Te escuché y sintonizamos el mensaje!

Además ambos somos caballeros, yo a la española, y él a lo británico, pues recibió su título de caballero, uniéndose a contemporáneos como Paul McCartney y Mick Jagger.

 En todo caso, somos viejos amigos, más viejos que amigos, y no nos veremos, pero yo le escucharé de cu ando en cuando. De hecho, al hilo de esta noticia de su retorno, he escuchado su «Do you Think I,m Sexy», y aunque no había vuelto a oírla en decenas de años, me vinieron vívidos flashbacks de situaciones concretas de mi vida vinculadas a esa canción de fondo. Parece ser que la música implica redes neuronales que, cuando vuelve a escucharse la misma canción, se desata un tapiz vívido y evocador del momento que acompañaba. Como si nuestra autobiografía estuviese anclada en emociones y estas contasen con un fuerte pegamento, que son las canciones.

Aquí está la célebre «Do You Think I’m Sexy?». Un viaje al pasado… en el concierto dado a beneficio de UNICEF en 1979:

Claro que no todo era agitar el cuerpo, pues el alma juvenil también sentía el impacto de Imagine (John Lennon), otra canción icónica, quizá más valiosa que el cantante, y que siempre me hace sentir mejor, canción especialmente útil en el contexto bélico y de insolidaridad actual. Aquí se la ofrezco para tocarles la fibra sensible del corazón y de paso la de la mente, que estamos en fechas propicias para los sueños…

Y es que la vida de cada uno es una colección de retales, sensaciones, flores, chispazos, estampas y sucedidos, que aguardan en el desván de nuestra memoria, esperando ese «Lázaro, levántate y anda», para que volvamos a revivirlo. Ese es un buen regalo, porque quien recuerda algo bueno, lo vive dos veces.

3 comentarios

  1. Cuanto me alegro de que te guste Rod, uno de los cinco grandes de la mùsica para mi. Los Beatles, Pink Floyd, Deep Purple, David Bowie y Rod Stewart.. sin olvidar a King Crimson, Rolling, Triana, Ptetenders…En la actualidad, ademàs de los citados, poca cosa, Killers, Dream Theatre, Red Hot Chilis Peppers, Bert Hart….Es que mi segunda pasiòn es la mùsica…No se me dà mal la guitarra elèctrica. Los Reyes Magos, por mediaciòn de mi hija, me han traido un bajo Fender. Abrazo.:…:

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