Lobos disfrazados

Tiempos difíciles para la ética y la estética

Me entero de la sorprendente noticia de que un alumno de ingeniería informática de la Universidad de Salamanca consiguió falsificar sus notas durante cinco años en el doble grado en Matemáticas e Ingeniería Técnica Informática de Sistemas. Desde el primer curso, cuando tenía 18 años, el chico accedía a la Intranet y cambiaba sus calificaciones (concretamente siete asignaturas).

Cinco años después de su fraudulenta graduación, destapado el engaño, el joven afronta la imputación de los delitos de falsificación de documento oficial e intrusismo informático por el que la fiscalía pide cuatro años y medio de prisión.

Ante este joven aprendiz de Maquiavelo (“el fin justifica los medios”) que seguramente no lo ha leído, muchas preguntas o reflexiones se me abren y las comparto.

1. Veamos las duras preguntas y que cada cual saque sus respuestas.

¿Qué principios hemos alimentado en un joven de 18 años en que todo vale, y sucumbe con naturalidad al fraude?

¿Nadie le enseñó –colegio, familia, ejemplo de amigos– el valor del esfuerzo personal?

¿Cómo ha podido mirarse al espejo estos ocho años?, ¿Cómo un triunfador, un estafador, un miserable, un genio o todas esas cosas?

¿Estamos seguros de que, por el éxito conseguido, no ayudó o vendió sus servicios para aprobar o subir nota a otros compañeros o alumnos de la Universidad?. Podemos garantizar que en resto de su vida profesional fue honrado, sabiendo que el que roba una vez, lo hace un ciento?

¿Acaso ningún amigo, compañero o familiar, seguramente sorprendido o admirado de la confidencia del villano, se planteó recriminarle o desvelar la felonía?

¿Habrá tenido lugar ese engaño por otros desaprensivos en otras titulaciones con éxito e impunidad?, ¿acaso hemos confiado inocentemente en algún cirujano, arquitecto o abogado que no han demostrado conocer los secretos de su profesión?

¿Es de fiar esa persona en su relación laboral, con su pareja, con los que llama amigos? ¿O debería estar en libertad vigilada?

2. Me pregunto igualmente por las razones que le llevaron a engañar. ¿Por pereza?, ¿para reírse del sistema?, ¿por necesidad de superar una asignatura cuyo contenido le resultaba difícil?, ¿para proteger su reputación de buen estudiante?.

3. Me temo que el joven sabía que la nariz de quien miente solo crecía a Pinocho y se movía en un contexto juvenil en que los principios éticos están en baja. Casi todos en la infancia y adolescencia nos hemos sentido tentados, o incluso cometido, el pecadillo de la “chuleta” para copiar, o mirar el ejercicio del compañero para mejorar un examen. No es sano ni ético pero es un pecadillo venial. El problema es cuestión de grado o gravedad y contexto. Un joven en la Universidad, que pretende ofrecerse a la sociedad bajo una imagen de formación y capacitación acreditada, no ha vacilado nada menos que en aprobar siete asignaturas con fraude, sin estudiar y sin riesgo. Se engaña a sí mismo, engaña a su familia y engaña a la sociedad. Y lo hace para proseguir engañando en el futuro exhibiendo un título oficial adulterado.

4. Lo cierto es que tras su graduación se consolidó como un prestigioso experto informático, maestro del pirateo (hacker) y se producirán tres terribles paradojas.

La primera, si la misión de la Universidad era formar en esa titulación un experto informático, se cumplió con creces y como prueba de su aptitud, superó con éxito una especie de ejercicio práctico de entrar en los programas informáticos, sortear garantías y manipular sus notas.

La segunda, que tras destaparse el engaño, su cotización como profesional del hackeo ha subido y posiblemente sea codiciado para su contratación por empresas (con escrúpulos y sin ellos), que no sabían de su existencia y ahora ha recibido publicidad gratuita de su felonía y del éxito impune durante largo tiempo.

Y la tercera, que muchos jóvenes como él, le admirarán por haber burlado al sistema. O sea, de villano a héroe.

Más penoso aún es que ante este ejemplo de falta de ética, el culpable no se arrepiente ni siente pudor ante la ciudadanía, compañeros o personas que ha defraudado. Ni le importa la ética ni la estética. Ni a él ni a los que crucen en su camino que hasta alguno le mirará con envidia, o hasta le considerará un romántico pirata. Triste.

5. Pese a ello, no debemos creer que el fraude ha sido la norma. Ni que sea un ejemplo o atajo a seguir. Al contrario. Debemos confiar en el esfuerzo personal y la honestidad. No solo se educa en la escuela sino con el ejemplo y me temo que tendremos que revisar muchos planteamientos frívolos cuando los jóvenes buscan su camino y respuestas. Me refiero a los que califique de hijos del botellón y el WhatsApp.

No pienso en sermones religiosos, ni ideologías ni manipulación de la mente juvenil, pero confieso que cuando veo en programas televisivos (que son un excelente observatorio de las tendencias sociológicas) algunos jóvenes que demuestran sin rubor su ignorancia, su falta de valores, su mundo primario (Gran Hermano, First Dates, etc), o cuando a primera hora del domingo he visto grupos por las calles tambaleándose, gritando y asestando patadas a escaparates o farolas, o cuando veo que les cuesta una mínima cortesía para pedir o agradecer las cosas… entonces me invade una tremenda pena y sobre todo, impotencia. Porque sé que la mayoría de los jóvenes sabe aprovechar lo bueno de una sociedad avanzada que les da todo, pero existe una minoría que hace mas ruido, que es mas egoísta y que por desgracia, viaja en la misma nave que todos.

Lo que sucederá es que unos remarán y otros serán parásitos. Unos serán solidarios y otros egoístas. Unos podrán dormir tranquilos y otros envenenados. Solo queda lamentarnos y dentro de nuestro ámbito intentar predicar en el desierto con el ejemplo ante nuestros hijos.

2 comentarios

  1. Todas sus reflexiones y preguntas gravitan entorno a la idea común de conciencia. Ya sea entendida en su acepción de “los demás dentro de ti” (Pirandello). O en su sentido de centinela de uno mismo que “vale por mil testigos” (Quintiliano) o de juez que cada uno tiene dentro.

    Sucede que en una sociedad tan artificiosa y vacía como la actual, donde lo material manda por completo sobre lo humano y en la que prácticamente todo es susceptible de ser comprado y vendido, no parece ser muy práctico o “conveniente” tener mucha conciencia. Es como ir en bicicleta con los frenos puestos, mientras que otros, aprovechando que nadie les mira o vigila, van en coche. Perderemos la carrera y llegaremos retrasados y exhaustos a la meta. Incluso si, finalmente, los tramposos son descalificados.

    Lo anterior nos lleva a concluir que, si importante es desarrollar la mente (capacidad intelectual, emocional y de pensamiento) de nuestro hijos -por parte de los padres-, estudiantes -por parte de las escuelas y universidades- y ciudadanos -por parte de los medios de comunicación, intelectuales y artistas-, esencial resulta incrementar al máximo posible su nivel de conciencia, amén de para inmunizarles frente a tentaciones y atajos tramposos que pueden llevarles a despeñamientos y precipicios sin salida, para facilitarles que regeneren a la sociedad con valores básicos (honestidad, respeto, igualdad, solidaridad, libertad, responsabilidad, esfuerzo, humildad, generosidad, dignidad, amistad, etc.) que ésta desconoce, combate o no practica.

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