Reflexiones vigorizantes

Para qué sirve un domingo

Un domingo lluvioso en casa. No parece el mejor de los planes pero quizá es bueno para pensar para qué sirven los domingos.

Cuando era niño, el domingo tenía de bueno que no se iba al colegio, pero lo malo era que se aproximaba el lunes amenazador. Con doce años, los domingos suponían mi día de trabajo, pues los monaguillos teníamos obligación de acudir al templo, en mi caso, a la iglesia prerrománica de San Julián de los Prados y asistir al oficio que correspondiese (misa, funeral, bautizo o boda), con la consiguiente lección de disciplina y reflexión. No es fácil ponerse en lugar de un niño afrontando varias misas sucesivas cuando en el exterior aguardaba la sana haraganería, aunque el esfuerzo se hacía más llevadero con la pequeña paga del párroco y la divertida responsabilidad de tañer las campanas.

Con la mayoría de edad y la edad tardía, los domingos se ofrecían como el día para despertar sin prisa. O para dar un paseo por la ciudad y desembocar en un almuerzo fuera de casa. Personalmente, uno de mis pequeños placeres dominicales ha consistido en unir la lectura calmosa del periódico con un café y algo tan humilde como un pinchito de tortilla de patata (tan simple pero tan grandiosa).

Es curioso el contraste del domingo con los restantes días. El sábado suele rellenarse de actividades frenéticas, divertidas o de labores que siempre retrasamos (limpiar, ordenar, repasar, visitar, etcétera) mientras que los domingos experimentan una ralentización del tiempo, actuamos a cámara lenta y parece que nuestro rumbo está libre de presiones. El contraste es mayor con los días laborables, llenos de presiones de tiempo, compromisos inaplazables, atención a los niños, soportar jefes que no se soportan a sí mismos, las numerosas pequeñas gestiones que se indigestan, llamadas telefónicas que nos roban tiempo y correos que nos preocupan, etcétera. Ese contraste nos hace sentir vivos: sería terrible que todos los días fuesen laborales pero también que todos fuesen domingo.

Por eso los domingos tienen un encanto especial. Parece que a los humanos nos han programado para estar más relajados y felices en domingo. De hecho, tengo la sensación de que no suelo enfadarme los domingos mientras que los lunes están más cargados de intolerancia. Además, el domingo se ofrece como un cheque en blanco (para hacer lo que queramos) y como un seguro (pues es un gran pretexto para convencernos de no someternos ese día a dieta ni para acometer trabajos enojosos).

Pero este domingo, que es el día de la Constitución, efemérides de la norma jurídica que todos nos hemos dado para la convivencia, y además que se presenta en Oviedo como día lluvioso y gris, apropiado para un contexto en que el coronavirus sigue haciendo de las suyas, me parece una buena ocasión para tener presente la grandeza de la vida y lo maravilloso que es el mundo, aunque nos depare altibajos y sorpresas.

Gran cosa un domingo con el tiempo detenido, con serenidad para poder pensar y decidir dentro o fuera de casa, quién somos y qué hacemos. Y planear con sosiego. Y convencernos de no vivir el resto de los días con la escopeta cargada de quejas, con insatisfacción y malestar frente a los demás. Y pensar cómo no, que desgraciadamente, hay muchos ciudadanos que están en los hospitales, muchos que sufren al ver convertirse en domingo todos los días de la semana, por el despido o la crisis, y muchos más que no saben –o no sabemos– cuántos domingos nos quedan ni si llegaremos al próximo.

Por eso, porque hay incertidumbre en la vida, hay que disfrutar de la serenidad del domingo y a poder ser, hablar con los demás sin orden del día, o hablar con las páginas de un libro, o hablar desde nuestro interior con los que no están. Cada uno sabe en qué ocuparse sin preocuparse. No soy muy original, así que me resulta placentero derrumbarme en el sofá, con Netflix y buena compañía. O leer sin interrupciones ese relato, esa revista o libro que parece perseguirme desde la mesita o la estantería el resto de la semana, aguardando su hora de ser útil.

Frecuentemente solemos escudarnos en no tener tiempo para pensar más a fondo en cuestiones vitales, sobre los demás, o sobre lo que realmente queremos en la vida… Nunca hay tiempo para las cosas serias. Pues sí lo hay… para eso están los domingos… Para estar con nosotros mismos. Para pensar en las cosas que hemos perdido y las que hemos recobrado. En la risa pasada y emociones perdidas, y en las que nos aguardan. Para convertir nuestros instintos y prejuicios, siempre a quemarropa, en pensamientos a fuego lento.

Vienen al caso, los versos de una canción firmada por Rubén Blades:

 Que nadie rompa este momento,

es día de celebración,

hay que brindar por la alegría, afuera la mala energía,

porque, mañana lunes, se acabó.

Pero no seamos pesimistas. No debemos dejar que la inminencia del lunes arruine nuestro plácido domingo, pues también hay buenas razones para disfrutar los lunes. Somos nosotros los que decidimos cómo queremos sentirnos y vivir cada día, por mucho que tendemos a culpar a los demás o las circunstancias. Nosotros no debemos ajustarnos al calendario sino a la inversa.

 

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